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El Forjista

El general Ángel Vicente Peñaloza

 

Capítulo 8 - Partido de asesinos

 

 

  

Peñaloza se dirige a Olta donde vive su amigo Pablo Oros, y queda a la espera de la respuesta de Paunero a su propuesta pacificadora, pero Sarmiento había dado la orden para que las tropas unitarias fueran a capturar al caudillo riojano.

El 10 de noviembre de 1863, Irrazábal llegaba a Malanzán ubicada a 50 km. de Olta, Peñaloza le escribe una carta a Urquiza en lo que se dio en llamar el testamento político del Chacho, le pide que conteste concretamente si se pondrá o no al frente del partido Federal.

Señala la situación en la que se encuentra “Después de repetidas veces que me he dirigido a V. E. oficial y particularmente, no he conseguido contestación alguna, mientras tanto he continuado yo con los valientes que me acompañan luchando con la mayor decisión y patriotismo contra el poder del Gobierno de Buenos Aires, y en cien luchas sucesivas le he probado a ese Gobierno que si bien algunas veces no he triunfado por la inmensa desventaja de la posición y circunstancias, no por eso ha sufrido menos su Ejército, que ha perdido la mitad de sus mejores jefes y de su tropa de línea”.

Para después reclamarle a Urquiza: “que VE me dirija una contestación terminante y pronta, que será la que en adelante me servirá para mi resolución, en la inteligencia que si en ella se negase a los que hemos propuesto, tomaré el partido de abandonar la situación retirándome con todo mi ejército fuera de nuestro querido suelo Argentino, pues estos me dicen diariamente que si VE se negase, con gusto irán conmigo a mendigar el pan del Extranjero antes que poner la garganta en la cuchilla del enemigo”.

Dos días después el Chacho es asesinado, dejemos que lo cuente quien fuera su captor, el comandante Ricardo Vera jefe de la vanguardia de la división de Irrazábal que relató lo ocurrido ese 12 de noviembre: “Yo mismo, que llegué de los primeros, fui quien personalmente intimé rendición al general Peñaloza, que a la sazón se encontraba sentado en un catre y con un mate en la mano. El general ni los suyos hicieron resistencia alguna, entregándose presos en el acto, con excepción de los pocos que pudieron huir por las huertas y en dirección al monte”.

Más adelante continuaba diciendo: “Una hora después el mayor Irrazábal llegaba de galope a la casa donde yo mantenía preso al legendario caudillo de las montoneras riojanas. Llegar preguntar por el preso y pasarlo de un lanzazo, fue obra de un segundo, dando orden a los soldados que lo custodiaban que concluyeran con el herido, como en efecto lo verificaron con una descarga de carabina que le hicieron”.

Otro testigo de los sucesos como el primo del Chacho, Nicolás Peñaloza, describe lo siguiente en carta que le envío a Vera el 11 de junio de 1885: “…siendo yo ayudante de dicho General y además ligándome vínculos de parentesco, estando en el Departamento de Olta el día doce de Noviembre de 1863, por la mañana, en casa de don Felipe Oros, apareció repentinamente una fuerza armada al mando del Coronel Vera(Capitán entonces), rodeó la casa donde se encontraba el General Peñaloza con cinco o seis hombres poco más o menos, y haciendo algunos disparos de fusil pero que felizmente ninguna desgracia se sufrió en los que nos encontrábamos acompañando a dicho General. Inmediatamente el General Peñaloza pidió no hicieran fuego que estaba rendido; a lo que ordenó el Coronel Vera lo desarmaran poniéndole un centinela. Acto continuo llegó el Sargento Mayor don Pablo Irrazábal, con el resto de la división y preguntando cual era Chacho mandó lo atasen dándole que sus propias manos una lanzada, y estando en el suelo a consecuencia de esta herida mandó lo hicieran fuego. Es cuanto puede informar en obsequio de la verdad”.

El odio hacia el caudillo riojano también se trasladó hacia su cadáver, el teniente Juan Junt le hizo cortar una oreja al cadáver y la envió de regalo en un sobre a Natal Luna, después le cortaron la cabeza y la colocaron en un poste en la plaza de Olta.

Hay distintas versiones relacionadas con la forma en que Peñaloza fue sorprendido mientras estaba en Olta, una de ellas indica que su secretario Agenor Pacheco, estaba encargado de hacer guardia y descuidó el puesto yéndose a una fiesta lo que permitió que Vera y sus soldados llegaran sin ser advertidos.

Pero otra versión señala la existencia de una traición que fue la más popular entre los riojanos, en 1921 Estanislao Díaz contaba lo siguiente: “Chacho tenía entre el gentío que le pertenecía un hombre de toda su confianza, llamado por todos por el apodo de Pancho, el minero. Habiéndolo puesto un día de espía, para que anunciara la llegada del enemigo, que andaba en persecución del Chacho, el minero lo traicionó y llevó la comisión encabezada por Irrazábal a casa del caudillo. Allí lo tomaron de sorpresa, porque al verlo, a Pancho el minero delante del grupo, Peñaloza creyó que eran de los suyos y se dejó estar tranquilo esperando que le comunicaran las noticias que pudieran traerle de Vera”.

Varios festejaron el asesinato del Chacho e incluso la forma cruel y traicionera en que se consumó, Sarmiento fue tal vez el más eufórico, ya que según Paunero: “temblaba de sólo el nombre del Chacho”.

El mismo día del asesinato Irrazábal le escribe a Sarmiento, mostrando ante quién respondía y le dice: “Pongo en conocimiento de V.E. que hoy en la madrugada sorprendí al bandido Peñaloza, el cual fue inmediatamente pasado por las armas, haciéndole también algunos muertos que despavoridos huían: también tengo prisionera a la mujer y un hijo adoptivo, tomándome gran interés en salvarlo”.

Y a su vez Sarmiento le escribe a Paunero Inspector General de Armas el 16 de noviembre: “El comandante D. Ricardo Vera, conductor del parte, ha sido el jefe que con sólo treinta hombres se desprendió del grueso de las fuerzas y logró, favorecido por la lluvia copiosa, entrar en Olta, sin que hubiese sido visto, a las 9 de la mañana… El infrascripto aprovecha esta ocasión de felicitar a V.E. por este nuevo triunfo, que promete poner término a la guerra del vandalaje”.

Sarmiento festejó el asesinato: “… he aplaudido la medida, precisamente por su forma. Sin cortarle la cabeza a aquel inveterado pícaro y ponerla en expectación, las chusmas no se habrían aquietado en seis meses”.

A raíz de la campaña del diario mitrista La Nación contra Sarmiento haciéndolo responsable exclusivo de la muerte de Peñaloza, Ignacio Rivas escribe una carta tratando de exculpar a Sarmiento y transmitiendo la responsabilidad hacia Mitre, sin embargo cuando se produjo el asesinato del Peñaloza el director de guerra no era Rivas sino Sarmiento.

Decía esa carta de Rivas fechada el 4 de diciembre de 1868: “En contestación a las tres preguntas que me hace V.E. en su estimada carta del 25 ppdo., y en honor de la verdad, debo decir, 1° que fui yo y no el gobernador de San Juan el que dio instrucciones al Coronel Sandes para que pasase por las armas a los cabecillas que se hallaban con las armas en la mano al servicio del Chacho, después de pacificada toda la República, y así lo efectuó el coronel Sandes con ocho individuos titulados jefes y oficiales en el lugar denominado Salinas de Moreno, 2° que esas instrucciones fueron redactadas por mi secretario, sin que de esto tuviese conocimiento ninguno el gobernador de San Juan hasta después que tuvieron lugar los sucesos”.

“Por otra parte, no veo la conveniencia que haya en que los mismos amigos políticos del coronel Sandes traten de insultarlo después de muerto, pues si eso hacen sus amigos no sé los que harán sus enemigos, la verdad es que Sandes pudo cometer algunos errores pero no podemos negar, porque sería una injusticia, que Sandes prestó muy buenos servicios, y que si su vida no fue ejemplar fue al menos disculpable por los frutos que se recogieron con la pacificación y conclusión de la montonera”.

Fermín Chávez señala que: “Este documento confirma que la filosofía de genocidio predicada por nuestros iluministas era compartida sin titubeos, por casi todos los jefes liberales de la década de 1860-70”.

Y Chávez tampoco tiene duda sobre la responsabilidad directa de Sarmiento en el asesinado de Peñaloza: “El que proclamaba que ‘las ideas no se matan’, ordenaba el exterminio de quienes las encarnaban. Y aún, más allá de la muerte, proseguía el quehacer guerrero ‘contra un cadáver, contra una tumba’, como escribió cáusticamente Juan Bautista Alberdi”.

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