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El Forjista

El general Ángel Vicente Peñaloza

 

Capítulo 9 - Mártir de la Causa Federal

 

 

  

Oficialmente la acción de Irrazábal no fue aprobada por el Ministerio de Guerra, el asesino se sintió el chivo expiatorio y pidió la baja, pero todo era una actuación para el público, los gobernantes y responsables del crimen no querían aparecer como partidarios de métodos de tamaña crueldad que en realidad habían promovido para escarmentar a los rebeldes.

Pero en 1868 estallaron las diferencias políticas entre Sarmiento y Mitre, lo que provocó que los responsables e instigadores del asesinato del Chacho intentaran descargar la responsabilidad hacia otra lado.

En 1875 el diario La Tribuna defensor de Sarmiento acusó a Arredondo de la muerte del Chacho, también Vera fue acusado del crimen, los verdaderos responsables intentaron varias veces encontrar a alguien a quien culpar para liberar al presidente Mitre, al director de Guerra Sarmiento y al Inspector General de Armas Wenceslao Paunero.

Pero el diario La Tribuna al informar la muerte de Peñaloza había dejado escapar su odio al desear: “séale la tierra pesada” y Sarmiento llegó a la extrema inhumanidad de hacer barrer la plaza de San Juan a la viuda del Chacho, Victoria Romero, atada a una cadena de presidiario.

El 8 de julio de 1875 Guillermo Rawson estaba discutiendo con Sarmiento en el Senado Nacional y al referirse a la exhibición de la cabeza de Peñaloza en una pica en la Plaza de Olta dijo: “Como era conocido por todos hasta por las plantas que lo rodeaban, lo pusieron para terror y espanto de los demás montoneros”.

Al parecer Sarmiento había adoptado ese método que conoció en su viaje por Europa porque era utilizado por los franceses contra los argelinos y sus caudillos, enarbolando las cabezas de sus enemigos para escarmiento de las masas.

Irrazábal, el asesino del Chacho, había pedido su retiro pero Gelly y Obes y Paunero se lo negaron y a continuación fue ascendido a teniente coronel, también fue agasajado por la legislatura de San Juan que le regaló una espada de honor, el 16 de noviembre de 1865 Mitre ya tenía preparado el ascenso a coronel para Irrazábal.

Ricardo Vera publica una carta el 1° de septiembre de 1875 para responder a algunas acusaciones realizadas por Sarmiento, decía ahí: “El Sr. Sarmiento perdiéndome de vista quizá en los sucesos por la humildad de mi posición, ha creído que podría devorar en silencio la  gratuita injuria que me infiere; pero a mi vez, con la verdad de los hechos, que aun ha de repercutir en la buena memoria del educacionista Sanjuanino, debo recordarle un incidente ocurrido entre los dos, a propósito de la muerte del Chacho, tomado por mí en Olta y entregado a sus matadores. Debe recordar aun, que el Coronel Irrazabal me mandó a San Juan llevando el parte oficial de haber sido muerto por él el infortunado Peñaloza, cuya cabeza fue puesta sobre un palo. No debe tampoco haber olvidado el Sr. Sarmiento, que yo le daba el parte en el despacho de Gobierno de San Juan; y que, cuando le referí, a su pedido, las circunstancias de su captura y las formas horribles de su muerte, él, Gobernador de San Juan entonces, Presidente de la República, después y Senador ahora entusiasmado con el suceso, me dio un fuerte abrazo, mostrando verdadero gozo en el triste fin de aquel desgraciado”.

Después de la muerte de Peñaloza siguieron las desgracias para su familia porque aparecieron supuestos acreedores que buscaron quedarse con sus bienes, Natal Luna un liberal al que le obsequiaron una de las orejas del Chacho, pidió que se le entregaran ciertas prendas personales como indemnización por supuestos daños provocados por las tropas montoneras, se le entregaron un par de espuelas, un par de estribos, un freno, un pretal, una onza de oro.

Visto el éxito de Luna aparecieron otros buitres que consiguieron que la casa de Guaja fuera saqueada incluyendo bienes de su esposa, en febrero de 1864 habían logrado que se rematara su casa y un campo adjunto, cuando apareció otro supuesto acreedor ya no había nada más por repartir.

La noticia de la muerte del Chacho llegó a Paraná, Entre Ríos, entre el 24 y 25 de noviembre de 1863, de inmediato José Hernández comenzó a publicar la biografía de Peñaloza, en su diario El Argentino, se titulaba “Rasgos biográficos del general Ángel Vicente Peñaloza” cuya segunda edición apareció en Paraná el 1° de diciembre en forma de folleto, en lo que sería la primera reivindicación póstuma del Chacho. En 1875 aparece la tercera edición de este trabajo, pero sin el prólogo de 1863.

Dijo Hernández en ese trabajo: “El general Peñaloza contaba setenta años de edad; encanecido en la carrera militar, jamás tiñó sus manos en sangre y la mitad del partido unitario no tendrá que acusarle de un solo acto que venga a empañar el valor de sus hechos, la magnanimidad de sus rasgos, la grandeza de su alma, la generosidad de sus sentimientos y la abnegación de sus sacrificios”.

Hernández recalcaba el hilo conductor de los crímenes de los unitarios: “El asesinato del general Peñaloza es obra de los salvajes unitarios; es la prosecución de los crímenes que van señalando sus pasos desde Dorrego hasta hoy”.

Y continuaba con su pluma implacable mostrando la saña criminal de los unitarios: “Los salvajes unitarios están de fiesta. Celebran en estos momentos la muerte de uno de los caudillos más prestigiosos, más generosos y valientes que ha tenido la República Argentina. El partido Federal tiene un nuevo mártir. El partido Unitario tiene un crimen más que escribir en la página de sus horrendos crímenes. El general Peñaloza ha sido degollado. El hombre ennoblecido por su inagotable patriotismo, fuerte por la santidad de su causa, el Viriato Argentino, ante cuyo prestigio se estrellaban las huestes conquistadoras, acaba de ser cosido a puñaladas en su propio lecho, degollado, y su cabeza ha sido conducida como prueba del buen desempeño del asesino, al bárbaro Sarmiento”.

No era cierto que la cabeza fuera entregada a Sarmiento, pero todo lo demás era estrictamente verdadero, la inmediatez del escrito de Hernández no le permitió conocer con certeza todos los sucesos de la muerte de Peñaloza.

Hernández no dejaba afuera la responsabilidad de Urquiza y su traición a la causa federal: “Puede esquivar si quiere a la lucha su responsabilidad personal, entregándose como inofensivo cordero al puñal de los asesinos, que espían el momento de darle el golpe de muerte; pero no puede impedir que la venganza se cumpla, pero no puede continuar por más tiempo conteniendo el torrente de indignación que se escapa del corazón de los pueblos”.

El poeta Olegario V. Andrade publicó su “Oda al general Ángel Vicente Peñaloza” que se publicó en El Argentino de Paraná y unos años después en El entrerriano de Gualeguaychú, pero el periodista liberal Héctor F. Varela la publicó en el diario La Tribuna de Buenos Aires como una oda dedicada general Lavalle, sin que Andrade se queje por esta estafa, es que poeta había cambiado de bando y dejó sus simpatías por el partido Federal para apoyar a los liberales.

Martiniano Leguizamón escribió sobre Peñaloza: “Era bueno, manso y leal en la amistad; vivió casi siempre en Guaja con su esposa y compañera de infortunios, doña Victoria Romero, de quien tuvo una sola hija, Anita, y un hijo adoptivo, Indalecio Peñaloza, que casó con doña Eudosia Flores Vera, parienta cercana del capitán don Ricardo Vera, a quien se entregó el general Peñaloza en el caserío de Olta el 12 de noviembre de 1863”.

En 1875 la esposa del coronel Ricardo Vera, Teodosia Fernández de Vera le cuenta al historiador César Reyes que Sarmiento le había dado la orden a su esposo de asesinar a Peñaloza.

Este mismo historiador escribió después de recorrer los pueblos transitados por el Chacho: “Me han referido varios ancianos en Los Llanos que conocieron al Chacho, durante mi viaje a esos parajes, que cuando se supo la noticia de la muerte, las mujeres y hasta hombres sin ser parientes lloraban a gritos, apretándose la cabeza con las manos, como cuando les ocurre una muy gran desgracia. Y en efecto el cacique riojano era un benefactor de esas gentes, un verdadero patriarca, que amparaba al pobre, y al débil, llegando por este mismo sentimiento de humanismo exagerado, a ignorar los preceptos más civilizados del derecho y la moral superior, hasta amparaba a los bandoleros”.

Otro que conoció al Chacho pero que no simpatizaba con él le contó a Reyes: “Cuando él se bajaba, en una casa cualquiera (digo bajar porque nunca andaba a pie ni una cuadra) no transcurría una hora cuando a esa casa se la veía rodeada de gauchada. Eran recelos de que le pasara algo, pues, la chusma sospechaba la repugnancia que la clase distinguida tenía por el caudillo y lo cuidaba como ellos entendían acudiendo solícitamente al alcance de él donde pudieran serle útil oportunamente en cualquier conflicto. Así es que la sociedad de clase vivía tan oprimida con este caudillo, que hasta de sus propios sirvientes tenían que excusar sus censuras a los hechos brutales de él porque rápidamente llegaba a su conocimiento… A la vez tenía acentuado desdén por la clase distinguida” Sarmiento escribió en 1867 “El Chacho, el último caudillo de la montonera de Los Llanos”; Alberdi publicó una refutación del escrito de Sarmiento por considerarlo “una prosecución de la guerra civil, un acto de guerra civil contra un cadáver”.

Juan Bautista Alberdi escribió sobre la responsabilidad de Sarmiento en el asesinato: “Después de residir tres años en los Estados Unidos, ese era el fruto de sus estudios en el gran país. La aplicación célebre que hizo de esas máximas en 1863, con la decapitación del general Peñaloza, vivirá ligada eternamente al nombre del gobernador de San Juan, con todos los recursos del gobierno de San Juan y del gobierno Nacional, Sarmiento no pudo vencer al héroe popular de La Rioja, cuyo poder consistía únicamente en la adhesión libre y absoluta de su pueblo, y de temor Sarmiento lo hizo asesinar… Sarmiento se ha jactado de esa hazaña y ha hecho ascender en su grado militar al asesino. Para justificar ese crimen Sarmiento ha calumniado al Chacho, hasta presentarlo como un simple bandido calamitoso. Valía más que él, como carácter. Dígalo Chile que conoció a los dos”.

Más adelante agrega: “Es curioso el paralelo a que se prestan Sarmiento y Peñaloza. El Chacho era general de la república con despachos irreprochables, como no son los de mero teniente coronel de Sarmiento grado honorario que le regaló Urquiza por un acto de poder personal, ¿Mereció el Chacho su grado? Mejor que Sarmiento el suyo…”.

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