El Forjista

Sarmiento, el prócer de la oligarquía

 

Capitulo 31 – La presidencia

 

El 29 de septiembre de 1868 la masonería homenajeó a los dos presidentes, el saliente y el entrante, Mitre y Sarmiento, éste procedió a renunciar a la sociedad mientras ocupó la presidencia, la que asumió el 12 de octubre.

Aún ocupando la presidencia de la Nación no dejó de protagonizar escándalos, uno de los primeros fue cuando cesanteó a empleados identificados con partidos rivales, incluso llegó a correr a un joven que lo increpó por ser uno de los perjudicados con la decisión.

Luis Piedrabuena fue un marino argentino que mostró una preocupación constante por el resguardo de la soberanía nacional en la zona patagónica, para concretar dicho anhelo propiciaba la radicación de pobladores en esa región, muy especialmente en la zona magallánica reclamada por Chile.

Al asumir Sarmiento, Piedrabuena le solicitó una entrevista para hacerle conocer su proyecto de recuperar la zona magallánica ocupada por Chile, en las memorias del marino se conoció la respuesta del presidente, que le dijo “que no teníamos marina, que costaba mucho mantener un buque de guerra; que estábamos muy pobres y que ese territorio más bien les convenía a los chilenos por ser el paso para el Pacífico, y que si poblaba con la guardia proyectada tendría que vivir como perros y gatos con los chilenos; y por último, que no había gente que darme. No me dijo ni que fuera ni que me quedara, pero que procediera con prudencia con las autoridades chilenas”.

Al poco tiempo de asumir el presidente ya era bastante impopular, así lo reconoció él mismo cuando le dijo a un amigo: “Soy el tirano más espantoso que después de Rosas quiere apoderarse del poder arbitrario” “y esto es aplaudido por una inmensa barra”.

Desde su asunción se propuso combatir a los caudillos de Santiago del Estero, los hermanos Taboada, Manuel y Saturnino, quienes eran leales a Mitre y muy diferentes a los líderes del interior que tanto odiaba Sarmiento, ellos usaban galera y levita, que según el sanjuanino eran símbolos de distinción, tal vez por eso y por los apoyos que recibían, no se animó a intervenir esa provincia.

Para aplastar cualquier intento de rebelión que pudiera surgir en las provincias recurrió a dos de los más sanguinarios oficiales de Mitre: Arredondo y Sandes.

En la provincia de Tucumán el presidente intentó imponer a un hombre de su confianza pero los Taboada consideraban que esa era una zona de su influencia y se quejaron ante Mitre, también le escribieron a Sarmiento para denunciar los atropellos cometidos por Roca en Salta y por la actuación de Rivas en Tucumán.

En su respuesta mostró todo el desprecio que sentía por los caudillos santiagueños y los amenaza con acusarlos por desacato, sin embargo seguía sin animarse a intervenir Santiago del Estero.

A fines de noviembre el diario La Nación Argentina denunciaba las ejecuciones efectuadas por Sandes que degollaba a los prisioneros, así mismo lo acusaba de actuar de acuerdo a órdenes impartidas por Sarmiento.

La situación económica era muy delicada fundamentalmente por los gastos ocasionados por la guerra del Paraguay y la represión interna al federalismo que tenía por principales protagonistas a Felipe Varela y Santos Guyana, también debía hacer frente a incursiones indígenas cuya protección también implicaba invertir dinero.

En su primer año de gestión había favorecido la educación primaria y había fundado cinco colegios nacionales, a algunos se les anexó una escuela normal donde se preparaban a los futuros maestros.

También mostró una preocupación por proveer de útiles y textos los establecimientos educativos nacionales, se crea la Inspección de Enseñanza Secundaria y se insta a los gobiernos provinciales a que cedan edificios para instalar escuelas y colegios.

Todo ese impulso a la educación respondió a la iniciativa del ministro Avellaneda, que en una alocución explicó tiempo después: “El nombre del señor Sarmiento al frente del Gobierno era por sí sólo una dirección dada a las ideas y a la opinión a favor de la educación popular. Su firma, al pie de los decretos, era una autoridad que daba prestigio a mis actos. Su intervención se redujo sin embargo, a esta acción moral. Supo el señor Sarmiento que había bibliotecas populares y una ley nacional que las fundaba cuando habían aparecido los dos primeros volúmenes del Boletín de las Bibliotecas y éstas convirtiéndose en una pasión pública. El señor Sarmiento no se dio cuenta  de la ley de subvenciones y de su mecanismo sino en los últimos meses de su gobierno. Esto es todo, y es verdad”.

En tanto, otro ministro, Velez Sarfield fue el encargado de impulsar el uso del telégrafo en gran parte del territorio nacional, además fue el responsable de la construcción de caminos y puentes, se dictaron decretos para la navegación de ríos, se estudió la construcción de ferrocarriles  y se desarrolló en 1869 el primer censo nacional.

Pero señalar las virtudes de estos dos ministros no implica desconocer el mérito del presidente por alentar el desarrollo de la educación y el progreso de las comunicaciones, y también por la decisión de rodearse de colaboradores eficientes, sin embargo el progreso que impulsaba Sarmiento era excluyente, no incorporaba a la mayoría de los argentinos al usufructo del mismo.

Alberdi ya alertaba sobre este tipo de progreso que se proponían Sarmiento y los suyos: “La civilización no es el gas, no es el vapor, no es la electricidad, como piensan los que no ven sino la epidermis”. 

Y disparaba este concepto: “Lo que es nuevo y magnífico es matar, empobrecer y desolar países florecientes como Entre Ríos y el Paraguay en el nombre de la civilización y el progreso”.

El tucumano escribió una de las páginas más lúcidas sobre la concepción del liberalismo que defendían alguno de nuestros próceres: “Los liberales argentinos son amantes platónicos de una deidad que no han visto, ni conocen. Ser libre, para ellos no consiste en gobernarse a sí mismos, sino de gobernar a los otros. La posesión del gobierno: he ahí toda la libertad. El monopolio del gobierno: he ahí todo su liberalismo. A fuerza de tomar y amar el gobierno, como libertad, no quieren dividirlo, y en toda participación de él dada a los otros ven un adulterio”. “La libertad de los otros, dicen ellos, es el despotismo; el gobierno es nuestro poder, es la verdadera libertad”. “El liberalismo ordinario en Sud América, consiste en el amor a la libertad, no en la práctica de la libertad. Es un mero platonismo de libertad, que no excluye ni la tiranía, ni el servilismo en la práctica de la vida política”.

Este Alberdi antiliberal será uno de los ocultamientos más notorios de la historia oficial, por eso Fermín Chávez afirmó con precisión: “Quien se tome la tarea de leer la Obras Completas y los Escritos Póstumos del ilustre tucumano, advertirá inmediatamente que un ochenta por ciento de sus escritos es antisarmientista y antimitrista, y además, que sus dos libros clásicos (Las Bases y El crimen de la guerra) no son tales sino en la medida en que significan una parcialización efectuada ex profeso, con fines escolares, por quienes han mantenido hasta hoy el monopolio de nuestra cultura”.

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