El Forjista

Sarmiento, el prócer de la oligarquía

 

Capítulo 23 – Fervor por el capital extranjero

 

En 1861 al inaugurar las obras del Ferrocarril Sud como gobernador de Buenos Aires, Mitre afirmaba: “Démonos cuenta de este triunfo pacífico, busquemos el nervio motor de estos progresos y veamos cual es la fuerza inicial que lo pone en movimiento ¿Cuál es la fuerza que impulsa este progreso? Señores: es el capital ingles”.

El trazado de la red ferroviaria que desembocaba en Buenos Aires, servía para transportar las carnes y cereales producidas en esa provincia y en el Litoral, a la vez que permitía el ingreso de productos importados que liquidaban a la producción nacional, sobre esta red se delineó la dependencia del país. Este sistema ferroviario consolidó la alianza entre los terratenientes y la burguesía británica. 

Explicaba Jorge Abelardo Ramos que: “Es precisamente en la presidencia de Mitre que comienza la historia de nuestra ‘pampa gringa’ es decir, la transformación de nuestro litoral en un área cultivable destinada a alimentar la población de Europa. Los criollos son rechazados hacia atrás, aniquilados por el ejército de línea, agotados en la guerra contra el indio o sometidos al ‘estatus’ de paria –proceso desgarrador que ‘Martín Fierro’ describirá en su poema épico-. El gaucho que no se somete será destruido”.

Una empresa británica que construyó varias líneas ferroviarias fue premiada por Mitre con 3 millones de hectáreas. En 1857 comienza la construcción del Ferrocarril Oeste, en 1862 el del Norte, en 1863 el de Ensenada, el Ferrocarril Sud tiende sus líneas dos años más tarde y en 1866 le toca el turno al Ferrocarril Central Argentino.

Ramos desarrollaba la siguiente idea: “Ahogada la resistencia militar con sus tropas, Mitre abrió de par en par las puertas del interior y comenzó la ruina de nuestra economía artesanal. Todo este viejo sistema que daba de vivir a centenares de miles de argentinos se derrumbó. Por obra del ferrocarril, desaparecieron los millares de carretas con que los troperos, arrieros y boyeros criollos mantenían las comunicaciones comerciales del interior. Con la importación en masa de productos elaborados en Europa, dejaron de existir el telar, los artesanos, las pequeñas fábricas, los talleres manufactureros”.

Tal vez una de las ideas que le haya asegurado a Sarmiento un lugar destacadísimo en el firmamento de la historia liberal haya sido su apoyo incondicional al capital extranjero. Cuando se discutió la construcción del ferrocarril a la Boca defendió la idea que ese ferrocarril sería mucho más eficiente si el capital era extranjero.

Durante la  presidencia de Sarmiento hubo una clara actitud contraria al capital nacional mientras impulsó los negocios del capital extranjero. Una muestra de esto fue lo ocurrido con el ferrocarril Oeste que se había inaugurado en 1857 como un emprendimiento privado que llegaba hasta Floresta, en 1863 se hizo cargo la provincia de Buenos Aires y extendió su tendido hasta Lujan, en 1869 en la presidencia de Sarmiento era una empresa sólida que planeaba extender su tendido hasta Mendoza, pero las compañías británicas que ya controlaban varios ramales en el país no querían que este ferrocarril adquiriera un alcance nacional saliendo de la provincia.

El Ferrocarril Oeste necesitaba financiamiento para poder extender su recorrido pero el gobierno nacional se lo negó a pesar de haber recibido un empréstito en 1872 de 30 millones de pesos, ese mismo año acordó con una compañía extranjera la construcción de una línea que uniera Buenos Aires con Mendoza, ese acuerdo fue firmado por el ministro del Interior Uladislau Frías que años más tarde se convirtió en director del Ferrocarril del Pacífico.

El Ferrocarril Oeste fue condenado a no salir de la provincia mientras Sarmiento apoyaba sin disimulo a las empresas extranjeras, creando una línea que sofocaba el ferrocarril nacional, pocos días después se autorizó la construcción de la línea que unía Córdoba con Tucumán, en dicho emprendimiento se presentaron dos compañías nacionales pero el gobierno optó por una extranjera.

En su libro “Conflictos y armonías de las razas de América” declaró su admiración por Inglaterra, cuestionando  aquella gesta heroica que se conoció como las Invasiones Inglesas ocurridas en 1806 y 1807, hubiera preferido que se recibiera a los invasores con los brazos abiertos mostrando una detestable sumisión ante las potencias coloniales, explicaba que quienes resistieron a los ingleses “no conocían las instituciones inglesas ni tenían idea de la libertad, pues aseguraban el dominio de España”.

Se lamentaba que no nos dejáramos dominar pues según su criterio “se habrían anticipado, bajo el dominio británico, de cincuenta años, los beneficios de la civilización inglesa, las ventajas del comercio y de seguro, el privilegio de tener asambleas efectivas”.

Según su colonizado pensamiento, Inglaterra nos hubiera concedido lo mismo que Canadá y Australia, no sabemos porqué no nombraba a la India o China expoliadas por ese imperio, sometiéndolas a los más espantosos abusos, condenando al hambre y a la pobreza más extrema a la inmensa mayoría de la población.

El historiador Ernesto Palacio dijo sobre esa tendencia extranjerizante del prócer: “No sólo se concedió a empresas británicas la construcción y explotación de los 1.331 Km. de líneas férreas que se construyeron bajo su presidencia, sino que se las ayudó incluso con dinero oficial, aparte de otras franquicias. Y como si esto no fuese suficiente, y con el objeto de suprimir el escándalo de una compañía de ferrocarriles de capital nacional, se persiguió al F.C.O con toda clase de restricciones y se le impuso una competencia desleal, a fin de obligar a sus propietarios a desprenderse de una carga que se había hecho onerosa y que iría a caer a los pocos años en manos del consorcio extranjero, en la que inmediatamente volvió a dar utilidades. De este modo contribuía el gobierno ‘progresista’ de Sarmiento al enfeudamiento del país a la economía británica por medio de los transportes”.

Para Sarmiento no era importante si un gobernante era un dictador lo que realmente le interesaba era que se cometiera sumisamente al europeo: “Mehemet-Alí, dueño del Egipto por los mismos medios que Facundo, se entrega a la rapacidad sin ejemplo aún en la Turquía, constituye el monopolio en todos los ramos, y lo explota en su beneficio; pero Mehemet-Alí sale del seno de una nación bárbara, y se eleva hasta desear la civilización europea e injertarla en la venas del pueblo que oprime. Facundo, por el contrario, rechaza todos los medios civilizados que ya son conocidos, los destruye y desmoraliza…”.

Referido a los gobiernos de Mitre y Sarmiento, dijo Ernesto Palacio: “Era natural que ese repudio de lo nuestro, de lo tradicional, de lo nacional, que caracterizó a la generación organizadora, se reflejará en su obra. Nos organizarían, sin duda, pero con la forma, las modalidades y la mentalidad de una colonia del extranjero”.

Continuando con la opinión de Palacio: “La mentalidad del país ha de conformarse muy pronto a los intereses de la clase dominante, constituida alrededor del connubio de la Sociedad Rural con el comercio británico de importación y exportación, cuyo dominio se simboliza en la líneas del ferrocarril inglés que se extiende por todo el territorio como una garra, articulada en Buenos Aires pero manejada en Londres”.

Así describía Palacio la situación de ese país oligárquico: “Con las vacas criollas y el comercio inglés, todos nuestros problemas estaban resueltos. Los miembros de  la clase dirigente, que sobrasen en las tareas  de la administración rural, tendrían un derivativo para su actividad en los puestos rentados de las empresas británicas que se reservaban para los criollos. La situación de abogado de esas empresas sería la más codiciada de todas y la que confería mayor prestigio social: llave segura para obtener matrimonios encumbrados y éxito político, noviciado indispensable para llegar incluso a la presidencia de la República”.

Para finalizar con la opinión de Palacio: “Este había sido- se decía- el precio del orden constitucional. Pero la verdad es que la población criolla no sentía los beneficios de ese orden, cuyo sistema de declaraciones, derechos y garantías sólo era válido para el extranjero, mientras que aquélla estaba librada a la arbitrariedad de los comisarios y jueces de campaña, nombrados para someterla y despojarla. No había garantías ni derechos contra las ‘levas’ para el servicio de frontera, ni consideración personal para el desposeído”.

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