El Forjista

Sarmiento, el prócer de la oligarquía

 

Capítulo 21 – Chupandinos y pandilleros

 

En 1856 ingresó en la masonería argentina en la Logia Madre Unión del Plata, para marzo fue elegido miembro del Consejo Municipal, el 7 de junio jefe del Departamento de Escuelas y al poco tiempo presidente de la Sociedad del teatro Colón, como puede verse la ciudad supo recompensar con cargos públicos a quién la sirvió consecuentemente, desde ese momento no dejó de ocupar cargos por muchos años ininterrumpidamente, esto significó que nunca debió pasar necesidades e incluso por momentos logró una posición económica holgada aunque algunos de sus epígonos intentaron mostrar algo diferente. Menos de un año después también fue elegido senador, además tenía el cargo militar ya mencionado.

El 1° de diciembre de 1856 apareció el diario “La reforma pacífica” dirigido por Nicolás Calvo con la propuesta de unificar a los dos bandos en que se encontraba dividido el país, conformaron un nuevo partido político que sus adversarios le colocaron el mote de “chupandinos” porque se reunían en pulperías y almacenes a hablar de política y a “chupar”, es decir a beber, éstos  a su vez denominaron “pandilleros” a sus rivales porque conformaban patotas para atacar a sus adversarios.

Sarmiento produjo uno de sus habituales vuelcos, llegó a Buenos Aires haciendo gala de un  interés en acercar a las partes y al poco tiempo se convirtió en un furioso enemigo de los “chupandinos” porque en torno a ellos se congregaban urquicistas, simpatizantes del federalismo e incluso algunos viejos adherentes al rosismo.

Desde “La reforma pacífica” se cuestionó al sanjuanino del que se decía que no se lo podía considerar argentino sino chileno, justificando la afirmación en que: “Este aturdido regalaba entonces territorios argentinos a Chile, por adular a aquel gobierno”.

En 1857 comenzó a profundizar su relación con Aurelia Vélez, hija de su amigo Dalmacio Vélez Sarfield, la había conocido en Montevideo, cuando ella tenía 21 años y se encontraba casada con un primo. En Argentina la trataba frecuentemente cuando concurría a la quinta de su padre a la que iba con asiduidad, Aurelia no tardó en separarse de su esposo y comenzó a mostrar su admiración por el amigo de su padre.

Cuando discutía con sus rivales políticos no ahorraba epítetos, en uno de esos encontronazos no dudó en definir a su adversario como el perro “más pulguiento, el más flaco y el más sarnoso…”, también recurría frecuentemente a términos como “pajarraco” o “estafador” para descalificarlos, no hay que olvidar que ocupaba el cargo de Director de Escuelas dando a los alumnos y maestros un insólito ejemplo de intemperancia, falta de control y violencia verbal.

Pero muchas veces la cuestión no sólo quedaba en palabras y escalaba al punto de dirimir la discusión a trompadas, fueron estas reacciones la que le hicieron ganar con justicia el mote de “loco”.

Llegó a atacar en la calle a un redactor de “La reforma pacífica” y como este también optó por defenderse de igual forma, ambos concluyeron en una comisaría. En su furia llegó al punto de ofender el honor de las mujeres de sus adversarios, uno de ellos de apellido Mur llegó a enviarle una carta a la esposa de Sarmiento intimándola a que convenza a su esposo de retirar una injuria bajo amenaza de hacer público asuntos privados de Sarmiento.

Lucio Mansilla desde las páginas del “El Nacional Argentino” de Paraná puso en evidencia una tendencia del futuro prócer: “Cuando un escritor trunca o falsifica todo lo que cita, desnaturalizando su sentido, un hombre de honor no debe contestarle” y agrega “hasta entre aquellos que él llama de su partido, pasa por un bufón”.

Ante los continuos enfrentamientos y con una vida agitada, cada tanto necesitaba de un respiro, en la Isla de Carapachay buscaba un refugio para escapar del vértigo, en la tranquilidad de lugar aprovechaba para escribir, actividad que parecía desplegar como un impulso irrefrenable.

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