El Forjista

Sarmiento, el prócer de la oligarquía

 

Capítulo 14 – La distorsión de la historia

 

El Facundo constituyó uno de los primeros intentos deliberados por imponer una versión colonialista de nuestra historia, ahí se comenzó con la desfiguración de uno de los más importantes protagonistas de nuestra Independencia, convertido en forajido y extranjero, José Gervasio Artigas luchó a la par de indígenas, negros y gauchos contra los Imperios Español y Portugués y se enfrentó a la prepotencia de las oligarquías de Buenos Aires y Montevideo. El oriental fue excluido de nuestra historia por “extranjero” o ubicado en el lugar de los bandidos junto a los demás caudillos populares.

Decía en el Facundo: “Un día Artigas con sus gauchos se separó del general Rondeau y empezó a hacerle la guerra” “La única diferencia consistía en que Artigas era enemigo de los patriotas y de los realistas a la vez”. Esto era mentira, Artigas, como todos los caudillos del Interior, no estaban  dispuestos a someterse a la dictadura de los comerciantes porteños pero fue uno de los más consecuentes luchadores de nuestra independencia.

Pero quedaba claro que su descalificación la realizaba desde su concepción europeizante: “Este era el elemento que el célebre Artigas ponía en movimiento; instrumento ciego, pero lleno de vida, de instintos hostiles a la civilización europea y a toda organización regular, adverso a la monarquía como a la república, porque ambas venían de la ciudad, y traían aparejado un orden y la consagración de la autoridad”.

Mostraba un desenfrenado impulso por desprestigiar todo lo que tuviera algo que ver con los sectores populares de quién Artigas era un auténtico y respetado representante: “La montonera, tal como apareció en los primeros días de la República bajo las órdenes de Artigas, presentó ya ese carácter de ferocidad brutal, y ese espíritu terrorista que al inmortal bandido, al estanciero de Buenos Aires, estaba reservado convertir en un sistema de legislación aplicado a la sociedad culta, y presentarlo en nombre de la América avergonzada, a la contemplación de la Europa. Rosas no ha inventado nada; su talento ha consistido sólo en plagiar a sus antecesores, y a hacer de los instintos brutales de las masas ignorantes un sistema meditado y coordinado fríamente.”

Mentía descaradamente al presentar a los caudillos como salvajes personajes incapaces de algún sentimiento noble: “La correa de cuero sacada al coronel Maciel y de que Rosas se hecho una manera que han visto agentes extranjeros, tiene sus antecedentes en Artigas y en los demás caudillos bárbaros, tártaros. La montonera de  Artigas enchalecaba a sus enemigos; esto es, los cosía dentro de un retobo de cuero fresco, y los dejaba así abandonados en los campos. El lector suplirá todos los horrores de esta muerte lenta. El año 36 se ha repetido este horrible castigo con un coronel del ejército. El ejecutar con el cuchillo, degollando y no fusilando, es un instinto carnicero que Rosas ha sabido aprovechar para dar todavía a la muerte formas gauchas, y al asesino placeres horribles…”.

Posiblemente donde se denota su intención de comenzar a construir una historia liberal, reaccionaria y extranjerizante fue con su exaltación desproporcionada de la figura de Rivadavia: “Que le quede pues a ese hombre ya inútil para su patria, la gloria de haber representado la civilización europea en sus más nobles aspiraciones, y que sus adversarios cobren la suya de mostrar la barbarie americana en sus formas más odiosas y repugnantes; porque Rosas y Rivadavia son los dos extremos de la República Argentina, que se liga a los salvajes por la pampa y a la Europa por el Plata”.

Y para que no quedaran ningún tipo de dudas decía en el Facundo: “No es el elogio sino la apoteosis la que hago de Rivadavia y de su partido que han muerto para la República Argentina como elemento político, no obstante que Rosas se obstine suspicazmente en llamar unitarios a sus actuales enemigos. El antiguo partido unitario, como el de la Gironda, sucumbió hace años. Pero en medio de sus desaciertos y sus ilusiones fantásticas, tenía tanto de noble y de grande, que la generación que le sucede le debe los más pomposos honores fúnebres”.

Cabe destacar que la idolatría por Rivadavia fue algo común a Mitre y Sarmiento, de igual manera que los unía su odio hacia el gauchaje del interior, por eso no debe confundir algunas momentáneas diferencias entre estos dos representantes de la oligarquía.

Así como le atribuyó asesinatos inexistentes a Facundo, cuando se trató de un acto criminal como el fusilamiento de Dorrego, al ser el responsable una persona de su partido trató de justificarlo de todas formas: “Si Lavalle, en lugar de Dorrego, hubiese fusilado a Rosas, habría quizá ahorrado al mundo un espantoso escándalo, a la humanidad un oprobio, y a la República mucha sangre y muchas lágrimas; pero aún fusilando a Rosas, la campaña no habría carecido de representantes, y no se habría hecho más que cambiar un cuadro histórico por otro. Pero lo que hoy se afecta ignorar, es que, no obstante la responsabilidad puramente personal que del acto se le atribuye a Lavalle, la muerte de Dorrego era una consecuencia necesaria de las ideas dominantes entonces, y que dando cima a esta empresa, el soldado intrépido hasta desafiar el fallo de la historia, no hacía más que realizar el voto confesado y proclamado del ciudadano”.

Como se puede advertir el prócer no rechazaba el asesinato como un recurso para solucionar los conflictos políticos, sólo los cuestionaba cuando el muerto era de su partido: “Lavalle fusilando a Dorrego, como se proponía fusilar a Bustos, López, Facundo y los demás caudillos, respondía a una exigencia de su  época y su partido”.

Seguía con su justificación: “¡No! lo que Lavalle hizo, fue dar con la espada un corte al nudo gordiano en que había venido a enredarse toda la sociabilidad argentina; dando una sangría, quiso evitar el cáncer lento, la estagnación; poniendo fuego a la mecha, hizo que reventase la mina por la mano de unitarios y federales preparada de mucho tiempo atrás”.

Aquí procederemos a insertar un suceso que no está vinculado con el Facundo pero que además de mostrar la personalidad de Sarmiento también evidencia el papel que  la prensa jugó en ese proceso que falseó nuestro pasado inventando próceres y villanos. 

José S. Alvarez escribía con el seudónimo Fray Mocho y llegó a adquirir notoriedad, en 1874 Sarmiento  visitó la escuela entrerriana donde el escritor estudiaba suscitándose un incidente que el escritor plasmó en un artículo que tituló “El clac de Sarmiento”.

Al ingresar Sarmiento a la escuela tenía un sombrero que se denominaba clac y que era una extraña prenda para esa provincia donde nadie la utilizaba. Los chicos se mostraron extrañados por el sombrero de Sarmiento, como el sol estaba muy fuerte el presidente tocó el resorte que abría el mismo y tal acto produjo una carcajada generalizada, así lo relató Fray Mocho:

“Aquello era tremendo: el rector estaba pálido. Sarmiento, indignado nos dirigió una alocución en que nos dijo que éramos unos bárbaros dignos hijos de una provincia que degollaba a sus gobernantes…”

“Alguien ensayó una silba, fue la señal. El Presidente y su comitiva traspusieron la pesada puerta en medio de una rechifla sin igual, que horas más tarde –durante la manifestación que el gobernador Echagüe y su ministro Febre le había cuidadosamente preparado— se repitió habiéndonos mezclado nosotros a la manifestación…”

“Pasaron los días, y algunos diarios de Buenos Aires fueron al colegio. Era de ver como nos pintaban, cómo nos ponían. ¡Nos calificaban de ‘horda salvaje que obedecía al látigo del caudillo Jordán’ y de ‘lobeznos que se alimentan de sangre’. Y esto era lo de menos!”.

“Se atribuía un móvil político, a lo que era sólo producto de un clac presidencial; lo cierto es que este hecho nos enseñó a saber, por experiencia, cómo se escribe la historia!”.

ir al próximo capítulo

Volver al índice