El Forjista

Sarmiento, el prócer de la oligarquía

 

Capítulo 12 – El Facundo

 

La publicación del Facundo comenzó en la forma de folletos en “El Progreso” el 2 de mayo de 1845, apareciendo durante dos meses, el libro en tanto se editó el 28 de julio. Manuel Gálvez dijo sobre este libro: “Desde el punto de vista literario, el Facundo, aunque desordenado y mal construido, es un notable libro. Es viviente, humano, apasionante, cargado de color y de ideas y está escrito en una prosa densa, vigorosa, cálida, animada, hasta no poderlo ser más y rica de imágenes y de formas estilísticas”. “Como obra de historia, el Facundo nada vale, salvo en la reconstrucción de ciertos momentos y en la veracidad de algunos retratos. Facundo es una colección de embustes”.

Jorge Abelardo Ramos opinó sobre el libro con los siguientes conceptos: “El ‘Facundo’ es una hermosa mentira, cuyo esplendor artístico perdura en la historia de nuestra literatura. Pero el personaje demoníaco que nos presenta Sarmiento no existió nunca. Sarmiento no escribió ninguna obra que sustente su fama de pensador, aunque en casi todas sus páginas revelan un escritor prodigioso. ‘Facundo’ es un relato novelesco; describe la pampa antes de haberla conocido; su héroe, que el autor señala como figura sangrienta y siniestra, era profundamente amado en su tiempo por gran parte del pueblo argentino. Las anécdotas del libro son inventadas ‘a designio’, confiesa Sarmiento en carta al general Paz”.

En otra carta a Valentín Alsina le comenta sobre el libro: “Ensayo y revelación para mí mismo de mis ideas, el Facundo adoleció de los defectos de todo fruto de la inspiración del momento, sin el auxilio de documentos a la mano, y ejecutada no bien era concebida, lejos del teatro de los sucesos, y con propósitos de acción inmediata y militante”.

El mismo Sarmiento reconoció que todo fue fruto de su invención y que su intención era defenestrar en la historia a quién cuando se conoció el libro ya había muerto, en la misma carta decía: “Facundo murió corporalmente en Barranca Yaco; pero su nombre en la historia podía escaparse y sobrevivir algunos años, sin castigo ejemplar como era merecido. La justicia de la Historia ha caído ya sobre él, y el reposo de su tumba guárdanlo  la supresión de su nombre y el desprecio de los pueblos. Sería agraviar a la historia escribir la vida de Rosas, y humillar a nuestra patria recordarla, después de rehabilitada, las degradaciones por que ha pasado”.

Confesaba que: “Imagínese usted, mi caro amigo, si codiciando para mí este tesoro, prestaré grande atención a los defectos e inexactitudes de la vida de Juan Facundo Quiroga, ni de nada de cuanto he abandonado a la publicidad”.

Según la opinión de Gálvez, Sarmiento nunca tuvo el objetivo de escribir un libro de historia, lo consideraba un libelo político con el objetivo central de desprestigiar al gobierno argentino, así lo reconoció el autor: “no tiene otra importancia que la de ser uno de tantos medios tocados para ayudar a destruir un gobierno absurdo y preparar el camino a otro nuevo”.

Gálvez no responsabiliza a Sarmiento sino a sus epígonos, que construyeron la versión liberal de la historia, por presentarla como una obra con intenciones históricas: “La culpa es de los inescrupulosos que ha falsificado nuestra historia”.

En este punto no coincidimos con Gálvez, Sarmiento también fue responsable de  falsear de manera deliberada la historia argentina, si bien los revisionistas responsabilizan a Mitre como principal distorsionador de nuestra historia para imponer su visión colonizada, creemos que no hay que desconocer la participación de Sarmiento que antes que Mitre intentó con el Facundo imponer su visión reaccionaria sobre nuestro pasado.
Obviamente Sarmiento tuvo por finalidad desacreditar a Rosas pero también intentó presentar a los enemigos de la oligarquía como salvajes irracionales a los cuales sólo cabía destruirlos.

Manuel Gálvez efectuó una minuciosa, aunque incompleta, enunciación de las mentiras del Facundo, mentía al decir que Laprida había sido asesinado por Aldao, él mismo se encargó de desmentirlo en sus memorias. También faltó a la verdad al señalar que Rivadavia nunca hizo fusilar a nadie, en 1812 mandó fusilar y ahorcar a 45 personas en la Plaza de la Victoria, de igual forma procedió con un grupo de indígenas a los que acusó de haber participado en un levantamiento en 1823. Era una patraña que cuando Lavalle asesinó a Dorrego muchos querían que adoptara esa decisión. Tampoco era cierto que en la época de Rosas se expusieron en el mercado pirámides de cabezas humanas. O que en Tucumán Facundo hizo pisotear por los caballos los cañaverales. Que Rosas odiaba a los extranjeros ya que en las tertulias que organizaba Manuelita era habitual la presencia de franceses e ingleses que visitaban el país. También mintió al decir que por culpa de Rosas se despobló el campo y que era contrario a la inmigración.

Algunas de las mentiras sarmientinas buscaban instalar la idea que Rosas no fomentó el comercio y la industria, sin embargo la Ley de Aduanas de 1835 produjo un importante desarrollo que permitió la instalación de las primeras máquinas a vapor con la consecuencia que las exportaciones superaran a las importaciones. Buenos Aires llegó a tener 106 fábricas, 743 talleres y miles de telares.   

Sin embargo la idea central que intentó imponer el autor del Facundo fue esa dicotomía entre civilización y barbarie, las ciudades eran el ámbito natural para la primera, mientras que el campo era el hábitat en que predominaba la barbarie, era aquí donde residían los caudillos y el gauchaje que tanto detestaba el sanjuanino.

Al publicarse el libro no tiene repercusión alguna ni en Chile ni en la Argentina, donde sí tiene un resonante eco fue en la Banda Oriental, que era el centro de la conspiración antirrosista financiada por Francia.

En el Facundo cuestionó el papel de Buenos Aires y su control de la Aduana, pero esto sólo lo realizó mientras Rosas era el gobernante, luego de eso nunca dijo una palabra sobre esta cuestión precisamente  por haber defendido los intereses de la burguesía comercial porteña, dijo sobre la ciudad en su libro: “Ella sola, en la vasta extensión argentina, está en contacto con las naciones europeas, ella sola explota las ventajas del comercio extranjero, ella sola tiene poder y rentas. En vano le han pedido las provincias que les deje pasar un poco de civilización, de industria y de población europea, una política estúpida y colonial se hizo sorda a esos clamores. Pero las provincias se vengaron, mandándole en Rosas mucho y demasiado de la barbarie que a ellas les sobraba”.

Continuaba diciendo que: “He señalado esta circunstancia de la posición monopolizadora de Buenos Aires, para mostrar que hay una organización del suelo, tan central y unitaria en aquel país, que aunque Rosas hubiera gritado de buena fe ¡federación o muerte! Habría concluido por el sistema unitario que hoy ha establecido”.

Nunca más volvió a denunciar estas circunstancias cuando el mitrismo se apoderó del poder y del puerto de la ciudad e impuso sus condiciones al resto del país a sangre y fuego.   

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