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El Forjista

Juana Azurduy, generala de Bolivia y Argentina

 

Capítulo 18 - Manuel Ascencio Padilla

 

 

Miguel Tacón fue uno de los militares realistas enviados a combatir a Padilla, este oficial tenía como costumbre incendiar indefensas poblaciones pasando a cuchillo a sus habitantes y colocando la cabeza en sus bayonetas como forma de aterrorizar a los rebeldes.

Sus espías le informaron a Padilla que Tacón con 2000 soldados había partido de Chuquisaca en una acción combinada con Francisco Javier de Aguilera con otros 700 hombres avanzaba desde Vallegrande con la idea de atacar a los Padilla por dos frentes.

Padilla le ordenó a los montoneros de Yamparáez y Tarabuco que salieran al encuentro de las fuerzas de Tacón, él se iba atrincherar en La Laguna para cortar el avance de Aguilera.

Pero otra vez una traición, esta vez de Mariano Ovando que se pasó al bando contrario le mostró a Aguilera como llegar hasta La Laguna y adelantarse a Padilla.

Hay que entender la disparidad de fuerzas mientras que los realistas habían llegado a conformar una fuerza cercana a los 3000 combatiente con dos cañones, se enfrentaban a guerrilleros sin preparación militar armados con palos, piedras, unas pocas espadas y con alguna arma de fuego que habían podido arrebatar al enemigo.

El combate cuerpo a cuerpo duró varias horas hasta que la superioridad de las tropas españolas logró imponerse a la resistencia de los guerrilleros que se vieron obligados a retirarse desordenadamente, aunque la caballería al mando de Jacinto Cueto pudo proteger la retirada.

Eso ocurrió el 13 de septiembre de 1816, al día siguiente Padilla ingresó a El Villar con las tropas que le quedaban donde acamparon, pero desconocían que fueron seguidos por las fuerzas de Aguilera al mando de una columna de caballería que cayó por sorpresa sobre los guerrilleros que no tuvieron tiempo de responder.

Juana volvió a dar muestras de su inmenso valor recibiendo un proyectil en la pierna y luego otro en el pecho, pero disimulando el dolor siguió combatiendo.

El historiador Joaquín Gantier cuenta que después de que todos huyeran: “Solos ya los esposos Padilla, fueron los últimos en abandonar el teatro póstumo de sus heroicas hazañas. Padilla, seguido del padre Mariano Polanco y una mujer que acompañaba a doña Juana, que iba en último término, se alejaban precipitadamente, pero tarde… Un grupo de caballería a cuya cabeza se precipitaba Aguilera estaba a punto de apresar a doña Juana, lo cual notando el valeroso y ejemplar esposo tornó bridas para salvar a su amada compañera, descargó sus pistolas logrando derribar a uno de los oficiales, entretanto, ganaba distancia doña Juana”

Seguía su relato: “Cargando con el arrojo del que no mide el peligro y hace abnegación de su vida, sable en mano se lanzó contra sus enemigos, pero pronto una bala hirió de muerte al indomable caudillo que desplomado cayó para dar reposo a su fatigado organismo y la ascensión triunfal a su generosa alma”.

Aguilera decapitó ahí mismo a Padilla, y luego alzó la cabeza de los pelos en señal de victoria mostrándosela a sus tropas que irrumpieron en víctores, también procedió a decapitar a la mujer que estaba al lado del cuerpo de Padilla suponiendo que se trataba de su esposa, ambas cabezas fueron colocadas sobre picas y expuestas en la plaza de El Villar para aterrorizar a la población.

Existe otra versión dada por el traidor Ovando que dice que éste lo siguió a Padilla en la huida y le disparó dos tiros, luego Ovando bajó del caballo y él mismo cortó la cabeza del caudillo, entregándosela a Aguilera.

Mientras tanto Juana pudo huir acompañada de unos pocos guerrilleros, perdiendo mucha sangre por las heridas recibidas, no tardó en enterarse de la muerte de su esposo.

Aguilera no se conformó con haber decapitado a Padilla y la mujer integrante de las Amazonas de Juana Azurduy se dedicó a ejecutar a todos los patriotas que había tomado prisionero durante la batalla.

El general español Ramírez le escribía al virrey del Perú el 13 de octubre de 1816: "La fortuna había acompañado a aquel caudillo (Padilla) desde poco después de las primeras convulsiones políticas de estas provincias. En más de cinco años de sedición y todo género de hostilidades, había adquirido un riesgoso ascendiente en los naturales de ellas, y no pocos recursos para conservarlos insurrectos. En distintas ocasiones tuvo la audacia de invadir la ciudad de La Plata (Chuquisaca), hallándose ésta con respetable guarnición, y la mantuvo en asedio por algunos meses. Su mujer, con despecho y ánimo superior a su sexo, se ha presentado frente de sus huestes insurgentes en muchas acciones".

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