El Forjista

Las razones de Eva Perón

Capítulo 37 - Los profanadores

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

Luego del golpe de estado sus hermanas le solicitaron al presidente de facto Eduardo Lonardi que le entregara el cuerpo, en una reunión de gabinete se discutió la cuestión, en donde se llegaron a plantear distintas opciones que variaban entre darle cristiana sepultura o cremar el cuerpo,  incluso hubo quienes propusieron que el cuerpo fuera disuelto con ácido.

Esta discusión mostraba hasta que punto Eva atemorizaba a los dictadores, Lonardi decidió darle sepultura pero hacerlo más adelante, no tuvo tiempo porque fue depuesto por militares aún mas reaccionarios, encabezados por Aramburu y Rojas, por lo tanto la solicitud de sus hermanas no obtuvo respuesta alguna.

Con el golpe de Aramburu se intervino la CGT y se lanzó una implacable represión que incluía a todos los integrantes del Movimiento Nacional, se produjo una gran cantidad de asesinatos, detenciones y torturas.

Los dictadores se ensañaron con el cadáver de Eva, temían que fuera un motivo de culto y veneración, se le encomendó al desquiciado teniente coronel Carlos Eugenio Moori-Koenig del Servicio de Informaciones del Ejército (SIE) la misión de trasladar el cuerpo de Eva hasta un lugar secreto.

A las 22 horas del 23 de noviembre de 1955, apenas tres días después de haber derrocado a Lonardi, Moori-Koenig y el mayor Eduardo Antonio Arandía le ordenaron a los militares a cargo de la custodia de la CGT que abandonasen sus puestos, luego ingresó un grupo de 20 personas que tenía el objetivo de secuestrar el cadáver de Eva.

Arandía le ordenó al Dr. Ara que entregara la documentación y las fotografías con la intención de quemar todo y no dejar ningún tipo de rastro, el médico atinó a negociar con los militares que le permitieran quedarse con algunos documentos a cambio de acondicionar el cuerpo para su traslado, también se le daría un recibo por todo lo que entregara.

En 1961 entrevistado por un periodista Moori-Koenig declaró: “Lo sacamos de la CGT, y fuimos con él hasta la calle Sucre. Cuando yo la vi, por primera vez en aquella noche, no parecía muerta. ¡Al contrario! Estaba como cuando vivía”.

También contó algunos aspectos aún más siniestros como que la sumergieron en una bañadera con agua para comprobar si el cadáver podía resistir, luego estos psicópatas brindaron con whisky: “Desde entonces llevo padeciendo. Intentaron matarme en tres oportunidades; y, cuando duermo o ando por la calle, una metralleta descansa  debajo de la almohada o se esconde en los pliegues del abrigo cuando voy por las calles…”.

Este militar profanador sometió al cuerpo a paseos por la ciudad, incluso intentó depositarlo en un regimiento, pero el jefe del mismo decidió no permitirlo. El camión con el cadáver permaneció estacionado en distintas esquinas de Buenos Aires, luego se lo trasladó a una casa del Servicio de Inteligencia del Ejército en la calle Sucre 1835, finalmente reposó en el altillo de la casa del mayor Arandía.

César Villaurrutia fue un militante de la Resistencia Peronista que relató lo siguiente sobre un grupo de jóvenes peronistas que intentó  recuperar el cuerpo de Eva: “…alrededor de las tres de la mañana vimos salir a los cuatro hombres con mucha dificultad, con un cajón alargado. Entonces no dudamos de que, efectivamente, retiraban el cuerpo de Eva Perón…Seguimos al camión cuando se puso en marcha. Al principio se metió por algunas calles céntricas. Pero después retomó la Avenida del Libertador, y a gran velocidad, tomó la dirección de Belgrano. Cuando pasamos por las barrancas, doblaron a la izquierda y continuaron por la calle Juramento. Nosotros les seguíamos lo más cerca posible. Pero, como no queríamos ser descubiertos íbamos a menos velocidad que ellos. Así fue como, en una de vueltas, los perdimos de vista. Desesperados, ‘inspeccionamos’ el barrio casi calle por calle. Al fin, como a las cinco de la mañana, encontramos el camión azul. Estaba detenido en la calle Sucre, cerca del río, ante una casa de aspecto lujoso. Con todas las precauciones nos acercamos al lugar: había luz en la casa y ésta se asomaba a trasvés de las ventanas. Arrastrándose, pegado a la pared, uno de los nuestros llegó hasta el camión y consiguió abrir sus puertas posteriores. ¡El cajón ya no estaba allí…!”.

Por donde pasaba el cuerpo, al rato aparecían flores y velas encendidas mostrando que estaban siguiendo la pista, los militares encargados de custodiar y esconder el cuerpo estaban obsesionados ante la posibilidad de sufrir un ataque de algún grupo peronista.

La locura en aquellas mentes llegó a tal extremo que una noche el mayor Arandía sintió un ruido en su casa donde estaba escondido el cuerpo, creyendo que se trataba de un comando peronista que intentaba recuperar el cadáver disparó y mató a su mujer que se había levantado por la noche.

El teniente coronel Moori- Koening intentó llevar el cuerpo a su casa pero su esposa se opuso, entonces lo trasladó  al cuarto piso de Viamonte y Callao donde tenía su oficina, el militar mostraba el cadáver a los visitantes como si se tratara de un trofeo. La directora María Luisa Bemberg fue una de las visitantes y se lo contó al marino y luego político Francisco Manrique, éste a su vez se lo comunicó al presidente Aramburu, quién al comprobar la extraña conducta del oficial decidió relevarlo de su misión y lo trasladó a Comodoro Rivadavia.

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