El Forjista

Las razones de Eva Perón

Capítulo 38 - El miedo de la oligarquía

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

En reemplazo del oficial trastornado, Aramburu designó al coronel Héctor Cabanillas que contará en su foja de servicio la de haber atentado en tres oportunidades contra la vida de Perón, lo había intentado en 1945, en 1956 en Paraguay y en 1957 en Caracas, como podemos apreciar el camino para hacer carrera en las Fuerzas Armadas por aquellos años requería ciertas condiciones psicológicas muy particulares.

Cabanillas testimonió lo siguiente: “El coronel Moori-Koenig había cometido unas fallas muy graves, irresponsables y muy imprudentes y hasta anticristianas con respecto al cadáver. Lo conocía del Colegio Militar, siempre fue un hombre perfectamente normal pero a partir del momento que tuvo el cadáver en sus manos enloqueció aparte con alcohol. El tipo tomaba mucho y se enloquecía. Él decía ‘que esa mujer era de él, que le pertenecía a él’”.

Vemos que Cabanillas no cuestionaba la profanación del cuerpo de Eva, según su criterio eso no era anticristiano, sólo lo era llegar al nivel de locura de Moori-Koenig.    

Por cierto que resultan muy dudosos los parámetros de normalidad que utilizaba este coronel que continuaba diciendo: “Yo me levantaba muy temprano, porque tenía que dar cuenta a los ministros de las actividades y me encontraba que frente a las puertas donde estaban los restos de esta señora había velas encendidas y flores, lo que era una señal evidente de que había gente que conocía perfectamente bien que el cadáver estaba ahí”.

Según Cabanillas se barajaron las ideas más tétricas y desquiciadas en cuanto a lo que debía realizarse con el cadáver, se llegó a pensar en destrozar el cuerpo y arrojarlo al mar, alguien llegó a proponer volar el edificio de Viamonte y Callao para que el cuerpo desapareciera en el siniestro. Crecía el temor de que un comando peronista pudiera recuperar el cuerpo y se convirtiera en un fuerte símbolo de la resistencia al régimen, eso motivó que Cabanillas le propusiera a Aramburu sacar el cuerpo del país, en ese proyecto colaboró activamente la Iglesia para enviar el cadáver a Italia, incluso en aquél país intervino un delegado del Papa para allanar el camino y que el traslado no sufriera contratiempos, un sacerdote viajó para organizar todos los detalles. 

El cuerpo fue trasladado desde Viamonte y Callao hasta el cine Rialto ubicado en  Córdoba y Lavalleja, siendo escondido detrás de la pantalla, de allí fue conducido a una casa de seguridad donde permaneció dos noches, a continuación procedieron a embarcar el cuerpo en el vapor Conte Biancamano con destino a Génova bajo el falso nombre de María Maggi de Magistris, nacida en Italia y fallecida en Rosario en un accidente automovilístico, la misión oficial estaba conformada por el oficial Hamilton Díaz, bajo la identidad falsa de Giorgio Demagistris que era el viudo, y el suboficial Manuel Sorolla.

El barco partió el 23 de abril de 1957, los dos militares que acompañaban el ataúd fueron recibidos por el sacerdote Giovanni Penco, Eva fue sepultada el 23 de mayo en el cementerio Mayor de Milán, se le encomendó a una señora llamada Giusepina Airoldi para que le llevara flores a lo largo de 14 años, sin que nunca supiera la verdadera identidad de quién estaba enterrada en esa tumba.

Además de quienes intervinieron en el traslado y Cabanillas, sólo estaban enterados Aramburu, Lanusse y su confesor el sacerdote Rotger que fue el encargado de hacer el contacto con Penco que era su superior en la orden.

Aramburu depositó un sobre lacrado en una escribanía de Buenos Aires con la información sobre el operativo y el lugar del entierro, estableciendo la condición que la apertura del sobre se realizara un año después de su muerte.

Luego del traslado a Italia el servicio de Inteligencia de la Armada se dedicó a plantar pistas falsas, con esa finalidad se le enviaban cartas a dirigentes peronistas informándole sobre supuestas pistas para encontrar el cuerpo, uno de esos inventos fue que el cuerpo había sido incinerado en el cementerio de la Chacarita y otro que había sido arrojado al mar.

En 1970 los Montoneros secuestraron a Aramburu, una de las exigencias era la restitución del cuerpo de Eva. Cuando fue interrogado se le preguntó sobre el destino del cadáver, Aramburu les dijo que se encontraba en Italia y que toda la documentación se encontraba en una caja de seguridad, también explicó que Cabanillas tenía la documentación y que si lo liberaban haría los trámites para que el cuerpo fuera restituido, pero los Montoneros no aceptaron llevar a cabo ninguna negociación.

En uno de los comunicados emitidos por el grupo armado durante el secuestro informaron que Aramburu había reconocido su responsabilidad en la profanación y posterior desaparición del cuerpo.

Cabanillas por su parte comentó que al enterarse del secuestro de Aramburu se comunicó con Lanusse y le ofreció toda la documentación secreta que se encontraba en su poder.

Cuando al régimen militar no tuvo más remedio que legalizar la actividad política ante la creciente resistencia popular, Lanusse que era el presidente de la Nación decidió restituir el cuerpo, por lo cual le solicitó al sacerdote Rotger que viajara a Milán y obtuviera la autorización para exhumar el cadáver, Cabanillas y Sorolla en calidad de supuestos familiares viajaron a Italia y el 1° de septiembre de 1971 se produjo la exhumación.

La dupla Cabanillas-Sorolla encargados de regresar el cuerpo de su esposa al general Perón, fue la misma que tiempo antes habían intentado asesinarlo el 25 de mayo de 1957 en Caracas, el primero había sido el organizador desde Buenos Aires y el segundo fue el que colocó una bomba bajo el auto de Perón ante quién se había presentado como miembro de la Resistencia Peronista.

La comisión enviada por el gobierno llegó a la residencia de Perón en España integrada por el embajador argentino Rojas Silveira, acompañado por tres sacerdotes y Cabanillas, fueron recibidos por Perón, su esposa Isabel, López Rega y Jorge Daniel Paladino.

Según el embajador, Perón se largó a llorar cuando vio el cuerpo y dijo: “Yo he sido con esta mujer muchos más feliz de lo que todo el mundo cree”.

Lo que no dijo el embajador fue que Perón exclamó con rabia: “¡Miserables!” al comprobar los vejámenes de los profanadores.

Erminda Duarte por su parte escribió: “Tu frente continúa siendo serena pese a que muestra un puntazo en la sien derecha y la señal de cuatro golpes. Veo un gran tajo en tu mejilla derecha y lo que queda de tu nariz destrozada, casi completamente destrozada. Es que tu sacrificio fue más allá de tu último día de vida porque ningún verdadero sacrificio termina jamás”.

El general le pidió a Ara que realizara un informe, éste indicó que el deterioro era producto del paso de tiempo, pero las hermanas de Eva no estuvieron de acuerdo con ese dictamen y señalaron en detalle los actos salvajes sufridos por el cuerpo:
Varias cuchilladas en la sien y cuatro en la frente, gran tajo en la mejilla y otro en el brazo, la nariz hundida con fractura del tabique, cuello prácticamente seccionado, un dedo cortado, rótulas fracturadas, pecho acuchillado en varias partes, plantas de los pies cubiertas con una capa de alquitrán, la tapa de zinc del ataúd tenía  tres perforaciones intencionales, el ataúd por dentro se encontraba mojado y el cuerpo había sido cubierto por cal y algunas parte mostraban quemadura producto de la cal.

El Dr. Telechea que estuvo a cargo de la restauración del cuerpo en 1974 indicó que lo encontró muy deteriorado.

Cuando Perón regresó a Buenos Aires, el cuerpo de Eva quedó en Madrid, el 25 de octubre de 1974 luego de la muerte de Perón, Montoneros secuestró el cuerpo de Aramburu y exigieron la repatriación de Eva. Isabel Perón, presidenta de la Nación accedió al intercambio y el cuerpo fue depositado junto al de Perón en la quinta de Olivos, se dispuso también que el público pudiera visitar el lugar.

Al producirse el golpe de estado de 1976, Videla se negó a mudarse a la Residencia Presidencial hasta que trasladaran los restos de Perón y Eva.

El 9 de octubre de 1976 se decidió entregar el cuerpo a sus hermanas, a pesar que hubo una propuesta de Massera de arrojar el cuerpo al mar, el 24 de octubre Eva descansó por fin en la bóveda de la familia Duarte en la Recoleta, en el traslado el chofer de la ambulancia sufrió un infarto muriendo a las pocas horas en el Hospital Militar.

Preguntado un alto jefe militar porque los urgía más trasladar el cadáver de Eva que el de Perón, el represor contestó: “Tal vez porque a ella es a la única que siempre, aún después de muerta, le tuvimos miedo”.

 

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