El Forjista

Las razones de Eva Perón

Capítulo 32 - Mi mensaje

 

 

 

 

 

 

 

 


 

Eva quiso dejar un mensaje donde intentaba prevenir los peligros que debía afrontar el gobierno popular, especialmente por la actividad subrepticia de dos  sectores: las fuerzas armadas y la Iglesia. Ella misma redactaba los apuntes pero desde junio de 1952 cuando tenía la certeza que el final se aproximaba, convocó para que colaborara con ella al  militante gremial docente de 23 años, Juan Jiménez Domínguez a quién le dictó sus ideas.

Este trabajo tuvo el título “Mi mensaje”, recién fue publicado en 1994, hubo dudas sobre su veracidad pero Jiménez certificó que él había mecanografiado lo que Eva le había dictado.

En este libro cuestionó duramente a los sectores más conservadores y reaccionarios, Perón consideró que su publicación en ese momento podía provocar malestar entre los militares y con la cúpula eclesial, conflicto que no obstante estalló con toda fuerza dos años después.

Ana Macri que había sido una de las fundadoras del Partido Peronista Femenino explicó que: “La vi dos meses antes de su muerte. Me dijo: ‘Peti, estoy escribiendo Mi mensaje, lástima que Perón no me lo quiere editar porque dice que es muy fuerte lo que digo sobre la jerarquía eclesiástica y militar…’”.

Como ya había efectuado en otros escritos Eva realizó un elogio del fanatismo,  remarcando que la transformación del país requería de militantes firmemente convencidos de sostener su accionar constante para mejorar la situación  de los sectores más humildes dejando de lado el egocentrismo y el burocratismo: “Los enemigos del pueblo fueron y siguen siendo los enemigos de Perón. Yo los he visto llegar hasta él con todas las formas de la maldad y la mentira. Quiero denunciarlos definitivamente… Solamente los fanáticos – que son idealistas y son sectarios- no se entregan. Los fríos, los indiferentes, no deben servir al pueblo… Para servir al pueblo hay que estar dispuesto a todo, incluso a morir. Los fríos no mueren por una causa sino de casualidad…”.

También incursionó en este libro en un tema crucial cual es el papel del imperialismo y su alianza con la oligarquía local: “Existen en el mundo naciones explotadoras y naciones explotadas… Los imperialismos han sido y son la causa de las más grandes desgracias… pero todos los enemigos de la humanidad tienen las horas contadas, también los imperialismos… Pero más abominables aún que los imperialistas son los hombres de las oligarquías nacionales que se entregan vendiendo, a veces regalando, por monedas o por sonrisa, la felicidad de los pueblos… Declaro que pertenezco ineludiblemente y para siempre a la ‘ignominiosa raza de los pueblos’. De mí no se dirá jamás que traicioné a mi pueblo, mareada por las alturas del poder y de la gloria. Eso lo saben todos los pobres y todos los ricos de mi tierra, por eso me quieren los descamisados y los otros me odian y me calumnian”.

Otra transcendental advertencia consistía en señalar que el poder de la oligarquía aún estaba intacto: “Pero mientras tanto, lo fundamental es que los hombres del pueblo, los de la clase que trabaja, no se entreguen a la raza oligarca de los explotadores. Todo explotador es enemigo del pueblo. ¡La justicia exige que sea derrotado!”.

Pero como dijimos el centro del trabajo estaba colocado en cuestionar el papel de aquellos jerarcas de la Iglesia que se oponían a la acción social desarrollada por el peronismo: “Yo no comprendo…por qué, en nombre de la religión y en nombre de Dios, puede predicarse la resignación frente a la injusticia. Ni por qué no pueden en cambio reclamarse, en nombre de Dios y en nombre de la religión, esos supremos derechos de todos a la justicia y a la libertad”.

En este cuestionamiento implacable de los jerarcas eclesiales seguía diciendo: “No les reprocho haberlo combatido sordamente a Perón, desde sus conciliábulos con la oligarquía. No les reprocho haber sido ingratos con Perón que les dio de su corazón cristiano lo mejor de su buena voluntad y de su fe. Les reprocho haber abandonado a los pobres; a los humildes, a los descamisados… a los enfermos… y haber preferido en cambio la gloria y los honores de la oligarquía. Les reprocho haber traicionado a Cristo que tuvo misericordia de las turbas…olvidándose del pueblo… y les reprocho haber hecho todo lo posible para ocultar el nombre y la figura de Cristo tras la cortina de humo con que inciensan…”.


Y remataba su exposición sobre la Iglesia: “Yo soy y me siento cristiana…porque soy católica… pero no comprendo que la religión de Cristo sea compatible con la oligarquía y el privilegio”.

Eva tenía una clara idea de lo que estaba ocurriendo en el país, y sobre todos la actividad de todos esos sectores que tenían una clara actitud golpista y de desprecio por los sectores populares: “No soy antimilitarista ni anticlerical en el sentido en que quieren hacerme aparecer mis enemigos… Los pueblos deben cuidar que sus fuerzas militares no se conviertan en cadenas o instrumentos de su propia opresión. Nosotros, el pueblo, tenemos que ganar las altas jerarquías de las Fuerzas Armadas… Entre los hombres fríos de mi tiempo señalo a las jerarquías eclesiales cuya inmensa mayoría padece de una inconcebible indiferencia frente a la realidad sufriente de los pueblos….”.

El mensaje también estaba destinado al interior del peronismo y aquellos oportunistas que se acercaban al poder para beneficio personal: “Enemigos del pueblo son también los ambiciosos. Muchas veces los he visto llegar hasta Perón, primero como amigos mansos y leales y yo misma me engañé con ellos, que proclaman una lealtad –que después tuve que desmentir-; los ambiciosos son fríos como culebras… La sed de riqueza es fácil de ver. Es lo primero que aparece a la vista de todos. Sobre todo a los dirigentes sindicales hay que cuidarlos mucho. Se marean también ellos y no hay que olvidar que cuando un político se deja dominar por la ambición es nada más que un ambicioso, pero cuando un dirigente sindical se entrega al deseo de dinero, del poder o de los honores es un traidor y merece ser castigado como un traidor…”.

Como Perón decidió no publicar este escrito, durante un tiempo se pensó que estaba perdido, pero en 1987 aparecieron 79 carillas mecanografiadas con las iniciales E.P. manuscritas.

Luego del golpe de 1955 el documento quedó en manos del escribano de la Nación, Jorge Garrido, cuando éste murió su familia decidió rematarlo en 1987. El historiador Fermín Chavez lo hizo conocer, cuando en 1994 se realizó otra publicación  editada por la Editorial Futuro, las hermanas de Eva decidieron iniciar un juicio porque lo consideraban apócrifo, el litigio duró varios años, durante el juicio Juan Jiménez Domínguez  reconoció que había tomado las notas que Eva les había dictado y las había mecanografiado y que en cada una de los originales Eva había colocado una E y una P.

También se le solicitó la opinión a Fermín Chávez que confirmó la autenticidad de los documentos, además en un discurso realizado por Perón el 17 de octubre de 1952 repitió parte del capítulo 29 que ella tituló “Mi voluntad suprema” y que se conoció como el testamento de Eva Perón.

En noviembre de 2006 el juez Alejandro César Verdaguer sentenció que María Eva Duarte de Perón era la autora de “Mi mensaje”.

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