El Forjista

Las razones de Eva Perón

Capítulo 28 - La razón de mi vida

 

 

 

 

 

 

 

 


 

El 15 de octubre de 1951 la Editorial Peuser publicó el libro “La razón de mi vida”, Eva se lo dictó al periodista español Manuel Penella de Silva, la primera edición fue, de nada menos, que 300.000 ejemplares en tres diferentes formatos, uno económico, otro de tapa dura y una edición de lujo destinada a ser regalada a visitantes ilustres y miembros del cuerpo diplomático, su estado de salud no le permitió estar presente en la presentación del libro pero sí estuvo en la Plaza de Mayo dos días después para el acto del 17 de octubre. 

En este libro quedaba claramente expresada su sensibilidad social que se despertó en ella a una muy temprana edad: “He hallado en mi corazón, un sentimiento fundamental que domina desde allí, en forma total, mi espíritu y mi vida: ese sentimiento es mi indignación frente a la injusticia”.

La diferencia entre pobres y ricos nunca le fue indiferente: “Me faltaba conocer todavía la tercera dimensión de la injusticia. Hasta los once años creí que había pobres como había pasto y que había ricos como había árboles. Un día oí por primera vez de labios de un hombre de trabajo que había pobres porque los ricos eran demasiado ricos; y aquella revelación me produjo una impresión muy fuerte”.

La Fundación fue la concreción de esa lucha a favor de los humildes y la forma de aminorar sus padecimientos: “En mis ‘hogares’  ningún descamisado debe sentirse pobre. Por eso no hay uniformes denigrantes. Todo debe ser familiar, hogareño, amable: los patios, los comedores, los dormitorios…He suprimido las mesas corridas y largas, las paredes frías y desnudas, la vajilla de mendigos… todas estas cosas tienen el mismo color y la misma forma que en una casa de familia que vive cómodamente. Las mesas del comedor tienen manteles alegres y cordiales, y no pueden faltar las flores; que nunca faltan en cualquier hogar donde haya una madre, o una esposa más o menos cariñosa con los suyos”.

En esta obra también explicó con bastante detalle la función que Perón le asignó y que ella ejerció con una inmensa dedicación: “Yo elegí ser ‘Evita’… para que por mi intermedio el pueblo y sobre todo los trabajadores, encontrasen siempre libre el camino de su líder”.

Eva decidió seguir un camino no trillado, pudo ser la “primera dama” como todas las demás, dedicada a realizar una vida social frívola, si hubiese actuado de esa manera no hubiese recibido la agresión de las clases acomodadas, pero seguramente nadie la recordaría, transcribimos un texto bastante largo pero creemos  que muestra con total claridad el papel jugado durante el gobierno peronista: “Pude ser una mujer de Presidente como lo fueron otras. Es un papel sencillo y agradable: trabajo de los días de fiesta, trabajo de recibir honores, de ‘engalanarse’ para representar según un protocolo que es casi lo mismo que pude hacer antes, y creo que más o menos bien, en el teatro o en el cine. En cuanto a la hostilidad oligárquica no puedo menos que sonreírme. Y me pregunto: ¿por qué hubiese podido rechazarme la oligarquía? ¿Por mi origen humilde? ¿Por mi actividad artística? ¿Pero acaso alguna vez esa clase de gente tuvo en cuenta aquí, o en cualquier parte del mundo, estas cosas, tratándose de la mujer del Presidente? Nunca la oligarquía fue hostil con nadie que pudiera serle útil. El poder y el dinero no tuvieron malos antecedentes para un oligarca genuino. La verdad es otra: yo, que había aprendido de Perón a elegir caminos poco frecuentados, no quise seguir el antiguo modelo de esposa de Presidente. Además, quien me conozca un poco, no digo de ahora sino desde antes, desde que yo era una simple ‘chica’ argentina, sabe que no hubiese podido jamás representar la fría comedia de los salones oligarcas”.

Se explayó también sobre los cuestionamientos que recibía por su obra en la Fundación: “Yo, con todo gusto, dejaría que mis eternos críticos leyeran  alguna vez toda esa enorme cantidad de angustiosos llamados que son las cartas de los humildes. Únicamente así tal vez comprenderían- si es que les queda algo de inteligencia y un poco de alma- todo el daño que han hecho al país cien años de opresión oligárquica y capitalista.  Únicamente así tal vez entenderían que la ayuda social es indispensable y es urgente. Y tal vez únicamente así me perdonarían – aunque no aspiro a que jamás me perdonen- las palabras con que los he condenado, los condeno y los seguiré condenando cada vez que sea necesario, porque ellos estuvieron presentes, como causantes o por lo menos como testigos silenciosos, de la explotación opresora que regla como ley a  la Argentina que Perón está curando de sus viejas y dolorosas heridas”.

También  trató de aclarar el significado de lo que ella llamaba ayuda social: “Pero  me causa gracia la discusión, cuando no se ponen de acuerdo ni siquiera en el nombre del trabajo que yo hago. No. No es filantropía, ni es caridad, ni es limosna, ni es solidaridad social, ni es beneficencia. Ni siquiera es ayuda social, aunque por darle un  nombre aproximado yo le he puesto ése. Para mí, es estrictamente justicia. Lo que más me indignaba al principio de la ayuda”.

No creía estar realizando otra cosa que un acto de justicia, aún en la actualidad hay muchos argentinos que se ofenden cuando un gobierno popular realiza ayuda social para los más necesitados, para ella debía ser algo absolutamente normal y cotidiano, porque simplemente se estaba poniendo fin a largos años de injusticia: “Que nadie se sienta menos de lo que es, recibiendo la ayuda que le presto. Que todos se vayan contentos sin tener que humillarse dándome las gracias. Por eso inventé un argumento que me resultó felizmente bien: - Si lo que yo doy no es mío ¿por qué me lo agradecen?. Lo que yo doy es de los mismos que se lo llevan. Yo no hago otra cosa que devolver a los pobres lo que todos los demás les debemos, porque se lo habíamos quitado injustamente. Yo soy nada más que un  camino que eligió la justicia para cumplirse como debe cumplirse: inexorablemente… Por eso cuando doy cualquier cosa, por más pequeña que sea, siento que estoy pagando no sólo una deuda social… o una deuda de la Patria para con sus hijos más humildes. ¡Siento que estoy pagando una deuda de cariño!”.

Ella estaba convencida que no había que ahorrar a la hora de dispensar la atención que los humildes merecían: “Por eso mis ‘hogares’ son generosamente ricos…más aún, quiero excederme en esto. Quiero que sean lujosos. Precisamente porque un siglo de asilos miserables no se puede borrar sino con otro siglo de hogares ‘excesivamente lujosos’. Sí. Excesivamente lujosos. No me importa que algunas ‘visitas de compromiso’ se rasguen las vestiduras y aun con buenas palabras me digan: -¿Por qué tanto lujo? O me pregunten casi ingenuamente: ¿No tiene miedo de que al salir estos ‘descamisados’ se conviertan en ‘inadaptados sociales’? ¿No tiene miedo de que se acostumbren a vivir como ricos? No, No tengo miedo. Por el contrario; yo deseo que se acostumbren a vivir como ricos… que se sientan dignos de vivir con la mayor riqueza…. al fin de cuentas  todos tienen derecho a ser ricos en esta tierra argentina… y en cualquier parte del mundo”.

Pero Eva sabía con certeza que por más ayuda social que pudiera acercar a los que sufrían la pobreza, la solución definitiva sólo podía llegar cuando se instaurara un sistema que impulsara la justicia social, objetivo hacia el que marchaba la gestión peronista: “Yo sé que mi trabajo de ayuda social no es una solución definitiva de ningún problema. La solución será solamente la justicia social. Cuando cada uno tenga lo que en justicia le corresponde entonces la ayuda social no será necesaria. Mi mayor aspiración es que algún día nadie me necesite…”.

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