El Forjista

Las razones de Eva Perón

Capítulo 19 - Para los pobres los mejor

 

 

 

 

 

 

 

 


 

Eva se autoimpuso un ritmo agotador de trabajo, apenas si descansaba, era como si quisiera concluir con la injusticia social en lo inmediato, se propuso una actividad que superaba las fuerzas de su cuerpo. Sin embargo se permitió una distracción semanal cuando se juntaba con un grupo de escritores peronistas a la medianoche en el Hogar de la Empleada, alguien bautizó esos encuentros como “La peña de Eva Perón”, se reunían conversar o recitar poemas, entre ellos estaban: Claudio Martínez Payva, Luis Horacio Velazquez, José María Castiñeira de Dios, Juan Oscar Ponferrada, María Granata, Gregorio Santos Hernando, José María Fernández Unsain, la poetisa Julia Prilutzky Farny y el joven historiador Fermín Chávez.

Eva también fue amiga de Enrique Santos Discépolo que ya cultivaba una amistad con Perón a quién conoció en Chile a mediado de los años treinta, junto a Tania la compañera de Discépolo, festejaban los años nuevos en la residencia presidencial.

Eva atendía largas horas en la Fundación no dejando ningún detalle librado al azar, se ocupaba que aquellos que la iban a visitar tuvieran el dinero suficiente para regresar a sus hogares, en otras oportunidades disponía de los coches oficiales o de los funcionarios para que los llevaran de regreso, esto provocaba que en algunas ocasiones no tuviera un vehículo disponible para retornar a la residencia.

Así relató en “La razón de mi vida” su actividad en la Fundación: “Termino siempre tarde mi trabajo en estos días de ayuda social. Muchas veces ya no circulan subterráneos, ni trenes, ni ciertas líneas de tranvías o de ómnibus. Entonces las familias que he atendido y que viven lejos de la Secretaría tendrían serios inconvenientes para retirarse a sus domicilios si no contase yo con los coches de mis ayudantes”.

Seguía explicando que: “Lo gracioso es que a veces se terminan todos los coches y entonces deben utilizar también el mío y más de una vez he tenido que tomar un taxímetro para volver a la Residencia. No vaya a creerse que esto me resulta un gran sacrificio. No. Creo que lo hago con cierto espíritu de aventura que llevo en el alma. Me encanta ver la sorpresa del taximetrista cuando me reconoce. Si es peronista se alegra mucho. Y si no los es – (bueno, creo que esto nunca me ha pasado)-, por lo menos, no podrá decir que es mentira eso de que trabajo hasta tan tarde”.

Preocuparse por los más mínimos detalles era una demostración que todo lo que hacía se basaba en un sentimiento profundo, no había en esa actitud ningún tipo de especulación: “Los niños en mis hogares no usan ninguna clase de uniformes… No he querido que los pibes de los hogares se aíslen del mundo. Por eso los chicos van a las escuelas oficiales, como todos los demás; y mezclados con los niños que tienen padres, y hogar, nadie podrá ya distinguirlos. ¡A no ser que se los distinga por estar mejor vestidos y alimentados que los otros!”. 

Contó las dificultades que al comienzo tuvo que afrontar porque algunos colaboradores no entendían cual el objetivo de su obra: “Sobre todo al principio me costaba hacerles entender que los hogares de la Fundación no eran asilos… que los Hospitales no eran antesalas de la muerte sino antesalas de la vida… que las viviendas no debían ser lugares para dormir sino para vivir alegremente”.

En el primer congreso de Medicina de Trabajo efectuado el 5 de diciembre de de 1949 explicaba: “En los hospitales de la Fundación, ya metropolitanos como rurales, se ha tratado de hacer desaparecer el aspecto de hospital, suprimiendo todo aquello  que traduzca pesimismo y desgracia. Demasiada desgracia tiene el ciudadano y demasiada tristeza también al caer enfermo para que le presenten un camastro blanco rodeado de paredes frías. La Fundación ha de alegrar los institutos de asistencia para poner en ellos un sello de humanidad y de alegría que ahora les falta”.

Miembros de las clases altas y medias se irritaban porque Eva no reparaba en gastos para brindar algún bienestar a los olvidados de siempre: “Porque yo pretendo, al menos, que ningún hijo de oligarca, aun cuando vaya al mejor colegio y pague lo que pague, sea atendido ni con más cariño que los hijos de nuestros obreros en los hogares escuelas de la Fundación… Por eso, también, ningún oligarca, por más dinero que pague, podrá ser mejor atendido en ningún sanatorio del país, ni tendrá más comodidad ni más cariño que los enfermos del Policlínico de la Fundación”.

Así lo decía taxativamente: “...la Fundación tiene algo de profundo sentido de reparación de la injusticia. Por eso yo no tengo ningún escrúpulo en hacer las obras que construye la Fundación, inclusive con lujo”.

Les gustara o no, ella tenía un argumento irrebatible: “La razón de mi actitud es muy sencilla: ¡Hay que reparar un siglo de injusticia!”.

Al inaugurar un Hogar de Tránsito el 19 de junio de 1948 explicaba “Hemos puesto tanto entusiasmo y cariño en construir este hogar como si se tratara del nuestro, como si nosotros fuéramos a vivir en él”. Precisamente por esto es que mencionamos la palabra empatía en un capítulo anterior.

Otro aspecto central de la obra era que no se limitaba a la Capital Federal y el Gran Buenos Aires, tenía un claro sentido federal que llegaba a todos los rincones del país: “En otras épocas se creaban institutos en la Capital federal, mal organizados, mal administrados y sin ningún criterio de humanidad; hoy, la Ayuda Social extiende también su beneficio al norte argentino, instalando hogares en Catamarca, La Rioja, Corrientes, Jujuy, Santiago del Estero y Tucumán”

Una de las personas que cumplió una función fundamental en la Fundación fue Atilio Renzi a quién Hernán Benítez definió de la siguiente manera: “Renzi es el hombre más meritorio del peronismo de cuantos conozco. Vive en noble pobreza. Por sus manos pasaron miles de concesiones de autos, a precio de lista o inmunes de impuestos arancelarios. Y el hombre honrado a carta cabal jamás se ensució con prebendas, ni lo sedujeron los cohechos. Rara avis. Si algún día, la hoy avenida 9 de julio cambiara su nombre por Atilio Renzi, se honraría más ella que él”.

La Ciudad Infantil semejaba a una ciudad en miniatura que albergaba entre 100 y 300 chicos de ambos sexos provenientes de hogares carenciados o en situación de abandono.
En su inauguración el 14 de julio de 1949 Eva dijo: “Inauguramos hoy una Ciudad Infantil que simboliza, ante el país y ante el mundo, el inmenso caudal de ternura que hay en el espíritu de esta nueva Argentina, por las generaciones que han de seguirnos en el noble empeño de multiplicar la felicidad del pueblo y consolidar la grandeza de la Nación. Dije en cierta oportunidad que el país que olvida a sus niños renuncia a su porvenir, y la Ciudad Infantil que abre hoy sus puertas a la esperanza de la niñez económicamente menos favorecida de la Patria, proclama hacia los cuatro puntos cardinales que nosotros no olvidamos a la niñez, no renunciamos a nuestro porvenir…”.

Eva puso particular atención en la protección de las madres solteras, se crearon hogares de tránsito para mujeres solas con hijos, a las que se las albergaba hasta que consiguieran un trabajo y vivienda o hasta que se recuperaran de una enfermedad. El Hogar de Tránsito Número 2 ubicado en Lafinur 2988 en el barrio porteño de Palermo fue uno de los pocos edificios que no fueron destruidos por la reacción gorila, actualmente funciona el Museo Eva Perón.

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