El Forjista

La Revolución según Mariano Moreno 

Capítulo 7 – Los sucesos en el Río de la Plata

 

En julio de 1808 llegó a Buenos Aires el enviado de Napoleón, el marqués de Sassenay, tenía por misión hacer conocer la abdicación de los reyes españoles, la instalación en el trono de José I°  y además, hacer jurar lealtad al nuevo monarca. Liniers consultó con la Audiencia y el Cabildo, instituciones que decidieron rechazar de plano las exigencias francesas, y como para que no quedara ninguna duda sobre sus opiniones, optaron por quemar los pliegos que traía el enviado y otorgaron a Sassenay un breve plazo para abandonar la ciudad. El delegado de Napoleón cruzó el río rumbo a Montevideo, donde fue encarcelado por el gobernador De Elío.

Aún no se conocían las noticias del levantamiento del pueblo español, esta información llegó a Montevideo traída por el nefasto José Manuel de Goyeneche, que llegó a estas tierras enviado por la Junta de Sevilla, a pesar de haber colaborado con Godoy y los franceses.

La situación de Liniers se tornaba cada día más delicada, pues su actuación como virrey interino levantaba resistencias. El hecho de ser francés de nacimiento, haber recibido a solas a Sassenay, luego que el Cabildo y la Audiencia habían rechazado sus pliegos, lo convirtieron en sospechoso, a los ojos de muchos, de simpatizar con el régimen que se había instalado por la fuerza en España.

Todo se agravó cuando el virrey hizo conocer una proclama con fecha del 15 de agosto, expresando su opinión sobre los acontecimientos en la península, en ese documento trataba con mesura a los invasores. Lo que más revuelo generó fue referirse a la actitud, que a su entender, deberían tener las colonias con respecto al conflicto que asolaba a España. Liniers recomendaba esperar la suerte de la metrópoli “para obedecer a la autoridad que ocupe la soberanía”.

En el mejor de los casos, la actitud de Liniers podía calificarse como de oportunista, pues aconsejaba el inmovilismo hasta la resolución militar del conflicto. Tanto españoles como criollos eran hostiles hacia los franceses, especialmente a partir que se conoció el heroico levantamiento popular para resistir la invasión.

El Cabildo no tardó en reaccionar ante las maniobras dubitativas de Liniers, se reunió para jurar lealtad a Fernando VII, y al día siguiente dio a conocer una proclama que era una verdadera advertencia para el virrey, se decía “Habéis jurado un rey... No se reconocerá relaciones distintas a la que os unen a su persona”.

 

El Carlotismo

Desde principios de 1808, en que se instaló la Corte portuguesa en el Brasil, la tensión entre las colonias españolas y portuguesas fue en aumento. El regente Juan fue sólo un títere manejado por los ingleses, las ambiciones de Portugal hacia la Banda Oriental fue una constante en su política exterior. Los ingleses no hicieron nada para frenar este deseo portugués, incluso por momentos alentaron las disputas en torno a la parte oriental del Río de la Plata, pero al conocerse que España había sido invadida, los acontecimientos derivaron en la alianza española-británica, estos últimos frenaron momentáneamente los intentos de agresión armada hacia el Virreinato del Río de la Plata.

El Brasil ya se había convertido en un lugar invadido por las manufacturas inglesas. La preocupación central de los británicos en América era conseguir nuevos mercados, a la vez que debían evitar que los criollos se embarcaran en revoluciones que no pudieran ser controladas con facilidad. Extorsionando a España con su ayuda, por la que ingresaban al mercado americano, por lo que se encontraron con una situación que les era conveniente, cualquier convulsión política podía poner en peligro el desarrollo del comercio.

La situación en el Río de la Plata era propicia para todo tipo de intrigas, en lo que los ingleses eran verdaderos maestros. Desde Río de Janeiro surgió la decisión de imponer a la infanta Carlota Joaquina al frente del Virreinato. Carlota era esposa del regente del Portugal y hermana de Fernando VII. Este proyecto fue alentado por Sydney Smith, jefe de la escuadra inglesa en el Atlántico Sur, era a la vez consejero y amante de la princesa, que no mantenía buenas relaciones, ni conyugales, ni políticas con su esposo. Souza Coutinho, ministro de Relaciones Exteriores y de Guerra del Brasil, también participó en un principio del proyecto, además contó con la morada benevolente de lord Strangford, embajador inglés en Río de Janeiro.

Strangford cambió de actitud cuando recibió órdenes de Canning, canciller inglés, de no impulsar ningún cambio en la forma de gobierno de las colonias españolas. El 2 de septiembre de 1808, Canning escribió a Strangford que en esos momentos no se podía “fomentar ningún proyecto hostil a la Paz e Independencia de los dominios españoles en América del Sur”.

El 25 de septiembre se instaló en Aranjuez la Suprema Junta Central con el apoyo del ministro británico, marqués Wellesley. Sydney Smith recibió la orden de abandonar su plan de instalar a la princesa Carlota en Buenos Aires.

Varios patriotas se vieron seducidos por la posibilidad de establecer una monarquía moderada, donde los criollos tuvieran participación en el gobierno. Entre los simpatizantes de ese proyecto se encontraban Belgrano, Castelli, Nicolás Rodríguez Peña, Vieytes, Berutti y otros; todos los cuales tuvieron una destacada actuación en la Revolución de 1810. Estos no tardaron en darse cuenta de lo difícil que podía ser luchar por la independencia de su patria, cuando potencias extranjeras se entrometían en los asuntos internos.

Los políticos ingleses temieron que la participación de elementos revolucionarios en este plan desatara un movimiento que no pudieran controlar por lo que prefirieron poner fin al proyecto de encumbrar a la infanta.

Saturnino Rodríguez Peña, desde el Brasil participaba de la aventura, de acuerdo con Smith decidieron enviar a Paroissen al Río de la Plata, con el objeto de entrevistarse con alguno de los amigos de Rodríguez Peña, para ponerlos al tanto de las maquinaciones de Carlota y sus seguidores.

Mientras esto ocurría. José Presas, secretario de la infanta, la convence de que su nombre era utilizado con fines revolucionarios, esto causó verdadero pánico en la conservadora princesa, que no tuvo mejor idea que enviar, en el mismo barco en que viajó Paroissen, a otro emisario con un mensaje para Liniers donde delataba a sus partidarios. Al llegar al Río de la Plata, Paroissen fue arrestado, de esta forma la princesa Carlota entregaba a quienes querían coronarla. Fue así como los patriotas tomaron conciencia de que no había que esperar demasiado de los extranjeros para llevar a cabo sus planes de emancipación.

Los ingleses, la infanta y su amante, también inglés, temían que cualquier intento por modificar el gobierno en Buenos Aires pudiera transformarse en un proceso de consecuencias imprevisibles. El gobierno británico decidió cortar por lo sano y reemplazar a Sydney Smith, el que mostraba mayor entusiasmo con el plan.

Algunos historiadores vuelven a esforzarse para tratar de salvar la participación del gobierno británico en esta nueva intriga, sintomáticamente la responsabilidad vuelve a caer sobre la cabeza de un aventurero. En las invasiones fue Popham, aquí la culpabilidad recayó en Smith.

Los hechos demostraron que en el comienzo del proyecto, tanto Strangford como Souza Coutinho apoyaron el plan carlotista, y recordemos que difícilmente los portugueses pudieran realizar algo sin el consentimiento de los ingleses. Por otra parte, Saturnino Rodríguez Peña quien también actuó en los acontecimientos que estamos siguiendo, estaba a sueldo de los británicos desde que había ayudado a escapar a Beresford. Para nuestra sorpresa existen historiadores argentinos que no dudan de calificar de patriota a este empleado a este empleado de la corona británica, tal vez lo fuera desde el punto de vista inglés.

Los auténticos patriotas que cometieron el error de participar de esta aventura no tardaron en rectificar el rumbo, otros como Moreno, desconfiaron de la infanta y sus amigos ingleses, optando por permanecer al margen de los sucesos.

 

La Junta de Montevideo

El ejemplo que dio el pueblo español en su lucha de emancipación nacional causó admiración entre criollos y españoles que habitaban América, los que siguieron con gran expectación las noticias que arribaban de la península. Las juntas populares que surgieron como hongos en el suelo español, constituyeron una nueva forma de organización, que contó en el Río de la Plata con muchos simpatizantes de aquella estructura que generaba el pueblo en lucha.

Las juntas tenían el sentido que sus componentes les dieran, en España las hubo las que se destacaron por su empuje revolucionario, pero otras intentaron frenar la participación popular. Fue por eso que los españoles respondieron de distinta manera a las juntas que se fueron conformando desde 1808 en territorio americano, algunas fueron duramente reprimidas por los absolutistas, mientras que otras, como la de Montevideo surgida el 21 de septiembre, fue aceptada por la Junta Central. La explicación es sencilla pues la de Montevideo estaba formada en su totalidad por españoles, dóciles a las directivas de metrópoli.

En Buenos Aires, tanto Alzaga, jefe del Cabildo, como Moreno, eran partidarios del sistema de juntas, incluso Alzaga mantuvo una muy fluida relación con el gobernador de Montevideo y cabeza de la Junta, a los dos los unía su enemistad con el virrey Liniers. Moreno sostenía la necesidad de que los criollos tuvieran una participación destaca en las juntas, a diferencia de Alzaga, que sólo pensaba en una junta formada exclusivamente por españoles, al igual que la de Montevideo.

Los patriotas americanos, salvo Moreno, no vislumbraban en un primer momento la importancia política y organizativa del sistema de juntas. Ellos pensaban que tales juntas podían servir para continuar con el dominio despótico, pero con el transcurrir del tiempo, todos los revolucionarios vieron que el camino del pueblo español podía ser seguido en estas tierras.

Como ya señaláramos, las relaciones entre Alzaga y el virrey empeoraban progresivamente. También aumentaba la tensión entre el gobernador de Montevideo y Liniers, la conducta de éste levantó sospechas entre los españoles. Sassenay, el enviado francés que había sido recibido atentamente por Liniers, fue a parar a prisión ni bien pisó Montevideo

De Elío, el gobernador de Montevideo, no dudó en acusar de traidor a Liniers, este para desmentir la acusación, tomó la iniciativa de declararle la guerra a Napoleón, luego de varias vacilaciones. A su vez designó a Michelena como reemplazante de Francisco Javier de Elío, pero el hombre de Liniers no tenía las fuerzas suficientes para entrar a Montevideo. De Elío respondió formando la junta que desconoció la autoridad de Liniers. Esta Junta fue reconocida por la de Sevilla, a la que se envió el pedido de reemplazo del virrey.

El nuevo organismo tuvo un carácter más bien conservador y duró hasta que la Junta Central nombró a otro virrey, eso fue el 30 de junio de 1809, cuando Cisneros llegó a Montevideo. El espíritu revolucionario de la primera junta del Río de la Plata brillaba por su ausencia, pero no faltaba mucho tiempo para que nuevas juntas surgieran y conmocionaran todo el andamiaje del colonialismo español.

 

La llegada de Cisneros

El enfrentamiento entre el sector de Alzaga y el de Liniers tuvo su mayor expresión en el levantamiento del 1° de enero de 1809, estos hechos desencadenaron el reemplazo de Liniers por parte de la Junta Central a pesar de haber derrotado la conspiración.

Según la opinión de Manuel Moreno, las instrucciones de Cisneros eran las siguientes: mantener el más rígido espionaje, apresar y remitir a España a los partidarios de Liniers, controlar a los criollos que se destacaban y llegado el caso enviarlos a la metrópoli.

Al llegar a la Banda Oriental, Cisneros envió al general Nieto con instrucciones a Buenos Aires para que Liniers, la Audiencia y los jefes militares se presentaran en Colonia. Constituía una forma de comprobar si podía asumir el mando sin ningún tipo de rebeldías. Algunos criollos, entre los que encontraban Belgrano y Pueyrredón aconsejaron a Liniers que resistiera la llegada de Cisneros, pero era una solicitud excesiva para un espíritu tan conservador como Liniers. El 2 de agosto, Cisneros entró en Buenos Aires con toda tranquilidad.

Uno de los temas que más ocupó al nuevo virrey fue el de tratar de modificar el poder del ejército, formado en su mayoría por criollos, que habían sido leales a Liniers en la revuelta del 1° de enero. Con la intención de reducir la incidencia de los criollos en el ejército, Cisneros envió a las mejores tropas criollas al Alto Perú a sofocar una rebelión, también optó por no reclutar a nueva gente. Pero Cisneros no contó con el tiempo suficiente para desmontar esta estructura.

El envío de tropas al Alto Perú para aplastar un levantamiento patriótico, convirtieron a Cisneros, en poco tiempo, en enemigo de todos los patriotas, que a esta altura habían comenzado a actuar con cierta coordinación, luego de haber desechado algunos proyectos iniciales cargados de utopías, habituales en toda revolución.

Otra medida de Cisneros fue la de abrir el comercio con los ingleses para paliar el costo de los ejércitos y por la falta de relación comercial con la metrópoli que se encontraba en guerra.

Con la designación del nuevo virrey, Moreno fue vigilado pues se sospechaba de sus ideas, incluso se le llegó a ofrecer un cargo en España como oidor de algún tribunal, pero rechazó la proposición, que buscaba sacarse de encima a un molesto enjuiciador del sistema colonial.

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