El Forjista

Aproximación a Vaccarezza

Juan Carlos Jara

Placeholder image

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Placeholder image

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Placeholder image

El 1º de abril de 1886 nace en Buenos Aires Alberto Vaccarezza, un grande de la escena nacional, que también lo fue del tango, aunque en menor medida, dado que casi toda su obra como letrista deriva de su pasión mayor: el teatro. Según quienes lo conocieron, Vaccarezza  fue un hombre de espíritu alegre, optimista y sobre todo propietario de una imaginación y un talento desbordantes. Todo eso lo volcó en el género chico criollo, del que fue sin dudas el cultor más prolífico y exitoso. Acerca de lo primero son claras sus palabras en un reportaje de 1929:

“Antes de volcar mis amarguras en la obra que escribo, prefiero volcar mis alegrías, de suerte que mi intención de escritor podría concretarse en la vieja cuarteta criolla:
unas árganas van llenas 
y las otras van vacías, 
al que derrama alegrías 
sólo le quedan las penas”.

Ese talante jovial, de hombre cristalino y campechano –como todos sus contemporáneos con unanimidad lo caracterizan- se manifiesta también en esta copla de su drama de 1938 “San Antonio de los Cobres”:

“El día que yo me muera
no uses de luto el vestío,
ponete el chal de colores 
que te tejió mi cariño”.

Julián Centeya, que lo conoció de cerca, solía decir que Vaccarezza era el hombre más bueno y talentoso del mundo: “Tanto –decía Centeya- que cuando fue rico nunca dejó de ser pobre…”.

En verdad, don Alberto nunca estuvo atado a la tiranía del dinero. “Sobre las mesas de juego –reconocía-, dejé mucho de lo que gané en las mesas de trabajo”. Pero con esa esencia criolla que lo distinguía nunca se lamentó de lo perdido. Su tango “Otario que andás penando” es muy representativo de su propio modo de ser y de pensar: “Si tras la noche más oscura sale el sol / y de la vida hay que reírse igual que yo…”.  Se dice que este tango de 1931 lo escribió como réplica a “Yira Yira”, de Enrique Santos Discépolo. Recordemos que allí el genial Discepolín afirmaba: “Verás que todo es mentira, verás que nada es amor”. Alberto Vaccarezza le contestará: “Otario, que andás penando / sin un motivo mayor, / ¿quién te dijo que en la vida/ todo es mentira, todo es dolor?”. Lo que dicho sea de paso, demuestra que el tango, no bien hurgamos un poco en él, nos ofrece una cosmovisión menos unívoca y unilateral de lo que suele suponerse. Para decirlo sintéticamente, Discépolo veía la mitad vacía de la botella de la vida y Vaccarezza, por el contrario, el medio lleno. Tal vez la mayor popularidad del autor de “Cambalache”  tenga que ver con el contenido de ese metafórico recipiente, más veces vacío que lleno, lamentablemente.

Pero según decíamos más arriba, otra de las cualidades de Vaccarezza fue su extraordinaria facundia autoral. Lily Franco, en su biografía de nuestro autor (“Alberto Vaccarezza”, Ediciones Culturales Argentinas, 1975), trae un apéndice con la nómina de sus piezas estrenadas entre 1911 y 1947, las que superan cómodamente el centenar, y algunas de ellas, como “El conventillo de la Paloma”, con más de mil representaciones en su momento. Por aquellos años, es bueno recordarlo, era lo más común que los sainetes no duraran demasiado en cartel; a veces una semana. Un mes ya era un suceso.

Pero a pesar de su popularidad y de su éxito, Vaccarezza fue muy controvertido en su tiempo. En otro lugar (AAVV, “Los malditos”, Tomo II, Ediciones de las Madres de Plaza de Mayo”, 2005) decíamos que Vaccarezza debió sobrellevar dos maldiciones en su vida. Una, que en rigor lo ha sobrevivido, se refiere a sus críticos culteranos que, salvo unas pocas excepciones, lo siguen considerando, como en su época, un autor menor, reidero y pintoresquista, con tendencia a repetirse y a buscar, con recursos caricaturescos, la risa fácil y el mero éxito de taquilla. Alguna vez, inclusive, el periodista Manuel Sofovich llegó a culpabilizarlo de la supuesta “corrupción del idioma castellano en buena parte de la población argentina”. De ése y otros detractores se defendía Vaccarezza con su proverbial jovialidad: “Vienen a ver ‘Tu cuna fue un conventillo’ y pretenden que les ofrezca ‘Las alegres comadres de Windsor’. Los acompaño en el sentimiento”. Para colmo de males, a partir de 1945 va a adherir sin ambigüedades – tal cual era su costumbre- al movimiento político liderado por el coronel Perón, lo que influyó para que, a partir del golpe de 1955, su nombre cayera en un inmerecido cono de sombras. Fue otro de los “poetas depuestos” de que hablara Leopoldo Marechal. Sin embargo, ni las dificultades ni la enfermedad que lo llevaría a la tumba el 6 de agosto de 1959, lograron mellar su sentido del humor. Hay una anécdota, un tanto discepoliana, que lo pinta de cuerpo entero. Cuando un amigo lo va a visitar, ya en su lecho de muerte y le pregunta por su salud, Vaccarezza replica: “Aquí me ves, ensayando pa’ finao”.

La obra de Vaccarezza, que hizo las delicias de varias generaciones de argentinos, hoy es testimonio de época, tal vez el más valioso de una etapa en que Buenos Aires, como dice Scalabrini Ortiz, hizo la gigantesca digestión de la avalancha inmigratoria volcada sobre estas playas en las primeras décadas del siglo XX. Por eso su temática predilecta fue el barrio, y dentro de él, el patio del conventillo, donde hirvió el crisol idiomático que él tan bien supo reproducir, todo con un trasfondo de poesía criolla, ámbito entre cuyas flores y yuyos, como diría Nicolás Olivari, “todavía deben andar vagando las almas sencillas, primitivas y dignamente corajudas de los últimos malevos, en los entreveros de las romerías, desfondados a puñaladas y en la frente una greña aceitada”.

 

Volver a la Página Principal