El Forjista

Sarmiento, el prócer de la oligarquía

 

Capítulo 5 – La gestión de Rivadavia

 

El gobierno de Rivadavia significó un intento de implantar el espíritu europeo en nuestra América, mostró su desprecio por todo lo surgido en el país por eso le dio la espalda a la campaña libertadora de San Martín e intentó vanamente comprometerlo en la represión a los caudillos del Interior, también significó el comienzo de la expoliación de nuestra riqueza con la  firma de convenio con la Banca Baring Brothers muy conveniente para la empresa inglesa y sumamente desventajosa para el país, como también intentó entregar las riquezas mineras de La Rioja.

Rivadavia, Mitre y Sarmiento conformaron una trilogía de políticos al servicio de la oligarquía y el imperio inglés, siendo colocados como ejemplo de progreso y modernidad, cuando en realidad fueron las llaves para que el capital extranjero se constituyera en amo y señor en estas tierras.
El primero en someterse al capital inglés fue Rivadavia por eso Mitre y Sarmiento lo ubicaron en lo más alto de la consideración en las páginas de la historia oficial, Mitre lo calificó como “el más grande hombre civil de la tierra de los argentinos”.

El sanjuanino en tanto decía: “Rivadavia era la encarnación viva de ese espíritu poético, grandioso, que dominaba la sociedad entera. Rivadavia, pues, continuaba la obra de Las Heras en el ancho molde en que debía vaciarse un grande Estado americano, una república. Traía sabios europeos para la prensa y las cátedras, colonias para los desiertos, naves para los ríos, intereses y libertad para todas las creencias, crédito y Banco nacional para impulsar la industria; todas las grandes teorías sociales de la época para modelar su gobierno; la Europa, en fin, a vaciarla de golpe en la América y realizar en diez años la obra que antes necesitara el transcursos de siglos”.

El historiador Ernesto Palacio nos expuso a un Rivadavia muy distinto al exaltado por Sarmiento y Mitre: “Es evidente – y así lo juzgaron todos sus contemporáneos sin excepción- que don Bernardino carecía en alto grado de sentido de la realidad, que es lo peor que le puede ocurrir a un político” “Sus apologistas zanjan la cuestión calificándolo de visionario y afirmando que se adelantaba a su tiempo”.

Rivadavia tuvo por ministro a uno de los personajes más siniestros de nuestra historia Manuel J. García, esto decía Palacio: “Pero fue también García el ministro que contrató, para remediar la escasez de metálico y sin ninguna necesidad urgente, el empréstito de Baring, de un millón de libras esterlinas valor nominal, de las que sólo se recibieron 560.000 en letras y que se terminaría de pagar en 1904, ‘después de haberlo abonado- dice un autor- ocho veces el importe recibido’. El cumplimiento se garantizó con hipoteca de todas las tierras del Estado: tal es el origen de la famosa enfiteusis, reforma económico-social que enmascara un simple expediente para movilizar el valor de bienes públicos inenajenables”.

Pero aquí no terminaba las capitulación de los rivadavianos, seguía Palacio: “¿Y qué decir de la concesión a la Casa Hullet Bross & Co. De la explotación del mineral de Famatina sin tener jurisdicción sobre las minas de La Rioja? ¿Y de la constitución posterior en Londres de la River Plate Mining Association, de la que participaría más tarde Rivadavia como accionista y director, a pesar de que los bienes de referencia estaban ya concedidos, por el gobierno de la provincia en que se hallaban situados, a una compañía criolla? Eso era para él la civilización: hacer negocios con europeos y mejor si eran ingleses. Endeudarse con ellos y traer gringos a trabajar aquí, con privilegios que nunca se concederían al compatriota desheredado, a quién se imponía –otro decreto- la papeleta de conchavo, sin cuya obtención podía ser apresado por vago y mandado a un contingente de la frontera”.

Entre 1826 y 1827 el país estuvo en guerra con Brasil, cuando el triunfo de las armas argentinas era inminente pues el ejército enemigo se encontraba destruido, Rivadavia se apresuró a proponer la paz enviando a Manuel García que firmó un tratado vergonzoso cumplimentando sumisamente las recomendaciones del ministro inglés Lord Ponsonby por el cual nuestro país concedió la independencia de la Banda Oriental, procediendo de esa manera para complacer un viejo anhelo británico.

El acuerdo provocó una reacción popular por lo que Rivadavia trató de deslindar responsabilidades argumentando que García se había extralimitado en sus funciones, sin embargo aquél debió renunciar cubierto de vergüenza, no obstante esto no invalidó que la oligarquía lo colocara en un pedestal.
El partido unitario liderado por la burguesía porteña sólo quería mantener sus negocios y a su más importante comprador, el Imperio Inglés, en su política de patria chica la tenía sin cuidado el territorio nacional y el destino de las provincias.

Dorrego fue elegido gobernador de Buenos Aires el 3 de agosto de 1827, pero el 1° de diciembre de 1828  Lavalle al mando del ejército que regresaba del Brasil lo derroca y procede en fusilarlo en uno de los actos más injustos y despreciables de nuestra historia, a continuación Lavalle asumió la gobernación.

Este asesinato marcará la tendencia del Partido Unitario a eliminar físicamente a sus rivales políticos, por cierto que los federales también han cometido actos repudiables, pero nunca alcanzaron el salvajismo de sus adversarios, quienes tenían la costumbre de no tomar prisioneros.

Mientras tanto en San Juan Sarmiento es designado subteniente por el gobernador Quiroga del Carril, pero renuncia al poco tiempo, lo que provoca que el gobernador lo cite para que explique los motivos de su decisión, la reunión concluyó con la detención del renunciante, según explicara él mismo, por negarse a sacarse el sombrero frente al gobernador, además remarcó que le sostuvo la mirada al gobernador y que su actitud derivó en la detención, también explicó que el gobierno lo dejó en libertad y abandonó la causa, lo que nunca dijo fue que tuvo que disculparse para poder recuperar su libertad.

Tiempo después del incidente salió a la luz una carta que Sarmiento le dirigió al gobernador donde decía: “le queda el recurso de suplicar a V.E se digne dispensarme el paso dado y excusar las providencias a que por él ha dado lugar” “hecho cargo a su súplica, se sirva sobreseer en su causa, que es gracia y que espera conseguir”.

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