El Forjista

Sarmiento, el prócer de la oligarquía

 

Capítulo 39 –Un  final como conquistador

 

En julio de 1887 partió con rumbo al Paraguay llegó el día 31 donde fue recibido por unas 3000 personas, pronunció un discurso donde señaló: “Cuando dentro de cien años se descubra una tumba y se encuentre un cadáver envuelto con las banderas paraguaya, argentina, chilena, oriental y norteamericana, esa tumba será la mía, pues en las horas extremas de mi vida pronunciaré con cariño el nombre paraguayo, recordando esta manifestación”.

Llama la atención que estas palabras hayan sido pronunciadas por quién había sido uno de los responsable de la destrucción y el genocidio al que había sido condenado ese país por intentar un camino soberano. El comportamiento de Sarmiento en ese país bien podría ser definido como el de un conquistador.

El 20 de septiembre al cumplirse un aniversario de la muerte del Dr. Francia publicó un artículo donde afirmaba que la maldición de los tiranos llegaba hasta sus hijos, un ministro de apellido Cañete que era sobrino segundo de Francia se sintió ofendido y  respondió, Sarmiento contestó que sólo se refería a los hijos, pero Cañete no se tranquilizó y lo desafió a un duelo pero intervinieron otras autoridades para evitarlo, Cañete renunció  a su cargo y el conquistador recibió un terreno como regalo.

En esta propiedad decidió construir una casa, el 4 de septiembre de 1888 logró que brotara agua en la perforación que había realizado en el terreno, por la noche comenzó a sentirse fatigado y con un malestar general. El día 6 sufre un síncope, falleciendo el 11 de septiembre a las 2:15 horas.

El presidente Juarez Celman dispuso honores propios de un primer magistrado, el entierro se produjo el día 21 en Buenos Aires con una gran concurrencia.

Como señala Gálvez el proceso de glorificarlo comenzó el mismo día de su muerte, en sus exequias se pronunciaron 30 discursos, Carlos Pellegrini vicepresidente de la República lo llamó “figura colosal”, Paul Groussac que en otro tiempo lo había criticado lo llamó el “nuevo Campeador”, es decir el que ganaba las batallas después de muerto.

Manuel Gálvez escribió en su biografía la siguiente definición sobre su personalidad: “su ambición y vanidad fueron sus límites: que su actividad se producía en forma de impulsos instantáneos e irrefrenables; que era tumultuoso, explosivo, atropellador, volcánico, apocalíptico, excitable y exaltado hasta el exceso; que no vigilaba sus actos y palabras; que tenía viarazas, extravagancias y puerilidades; que en él dominaban, sobre la vida del espíritu, las preocupaciones del progreso, de la cultura popular y de la acción; que le impulsaba una gran acción civilizadora y había en su ser un fondo de primitividad y aún de barbarie; que predicaba la tolerancia, y era, en sus ideas del momento, el más fanático de los sectarios pues no toleraba la contradicción…”.

También fue una persona honrada y desinteresada en cuanto al dinero, sabía ser simpático cuando se lo proponía, amigo de los niños y defensor de las mujeres y en ciertas ocasiones no guardó rencor, pero también calumnió, ridiculizó, ofendió y como vimos reiteradamente, podía alegrarse y festejar la muerte de sus adversarios.

Algunos lo consideran el padre del liberalismo, pero como ocurrió históricamente con nuestros liberales, apoyó a gobiernos autoritarios tanto aquí como en Chile y su gobierno también fue autoritario.

Era contrario al voto universal y quería prohibir el voto de analfabetos, indios y negros. Durante su gobierno fueron fusiladas 30 personas, clausuró varios diarios, puso precio a la cabeza de López Jordán y consideraba necesaria la aplicación de castigos corporales en las escuelas. Era partidario de gobernar con los métodos más rígidos, llamaba chusma a los sectores populares a quienes despreciaba, era contrario al derecho de huelga de los trabajadores y también destruyó las autonomías provincias, pero en materia religiosa fue tolerante.

Amaba a los Estados Unidos a la vez que odiaba todo lo relacionado con la tradición y el gauchaje, tenía como sueño reemplazar la población autóctona por europeos y norteamericanos, Gálvez escribió acertadamente que: “Lo malo no era que odiase a España y adorase a los Estados Unidos, sino el quiere desespañolizarnos y convertirlos en yanquis” y también “Si Sarmiento hubiese sido un verdadero estadista se habría esforzado por engrandecer a la patria conservándole su alma y su carácter, es decir creando la grandeza argentina dentro de la misma Argentina, con los elementos que existían y trayendo otros de Europa”.

Cuando escribió en la prensa ejerció un terrorismo que provocó que muchos no se animaran a enfrentarlo, no se limitaba a uno o dos artículos injuriantes, podía seguirla por semanas o meses, ese era el riesgo de contrariarlo que incluso podía incluir aspectos de la vida privada de la víctima.

20 años después de su muerte ya se encontraba instalado en el altar de la historia oficial pero para lograr ese cometido fue necesario silenciar y esconder aspectos de su vida como su ignominiosa posición en la zona de Magallanes contraria al país o su participación como instigador en el alevoso asesinato de El Chacho Peñaloza.

Varios historiadores revisionistas construyeron otra visión del “prócer” pues consideraron el interés nacional y tuvieron más respeto por los sucesos históricos, en ese contexto Jorge Abelardo Ramos escribió sobre Sarmiento:  “Sanjuanino aporteñado, talentoso instrumento de la oligarquía porteña, puño implacable de Mitre en las extirpación de los caudillos y el gauchaje, español antiespañol, como todos los españoles, admirador de los anglosajones y de su idioma y fundador, con Hernández, de nuestra literatura, Sarmiento no ofrece el espectáculo mediocre de Mitre. Estamos frente a un hombre, contradictorio, vital, creador y provinciano al fin”.

Y estableciendo un paralelo entre Alberdi y Sarmiento decía: “Alberdi y Sarmiento fueron los dos intelectuales más notables producidos por el interior; la diferencia entre ambos radica en que Sarmiento transigió sistemáticamente con la oligarquía porteña para poder vivir y expresarse; Alberdi, por el contrario, a partir de su colaboración con Urquiza y la Confederación, fue extirpado del mapa político del país, donde se le rehusó todo”.

Ernesto Palacio por su parte explicaba esa tendencia del sanjuanino a copiar incondicionalmente todo aquello que provenía del extranjero: “No advertía  que, al pretender transformarnos en un calco de los Estados Unidos, nos llevaba a hacer precisamente lo contrario de lo que hacían los yanquis, cuya fuerza se cifraba ante todo en la estricta fidelidad a su tradición propia”.

Y continuaba: “La manía extranjerizante de Sarmiento llegaba a extremos increíbles y fue ella principalmente la que le valió de sus contemporáneos el calificativo de ‘loco’. Como la guerra del Paraguay se prolongaba demasiado, pensó en serio- y lo dijo- contratar un general norteamericano para darle fin. Proyectaba también hacer del Chaco un territorio poblado por inmigrantes de habla inglesa, con un estatuto especial, a la manera de un plantel de reproductores de la raza elegida para mejorar la nuestra. De ésta hablaba con un desprecio olímpico”.

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