El Forjista

La reconstrucción de Hispanoamérica

III - El material humano

 

Los gobiernos surgidos del movimiento separatista se encontraron, unos más, otros menos, frente a situaciones confusas desde el punto de vista racial. El material humano era disímil, aunque no discordante, puesto que coincidía en el idioma, en los sentimientos, en la comunión que es base inequívoca de toda nacionalidad.

Pero por encima de las de desigualdades sociales y por encima de las palabras “libertad” y “república”, que inspiraron la independencia y constituyeron, en general, la preocupación del siglo XIX, se superponía, en nuestra América, al salir de la era colonial, la división entre conquistadores y conquistados. Por un lado los blancos, continuadores de la dominación y por otro la descendencia del primer ocupante, con las mezclas derivadas.

Como en la América Española el conquistador se había aliado abundantemente con los grupos considerados inferiores, la oposición teórica entre las clases privilegiadas y el estado llano, entre aristócratas y plebeyos, que en Europa apasionaba a publicistas y dirigentes, cobraba en el Nuevo Mundo otras formas y se diversificaba en matices inesperados. Si el problema de época giraba en el resto del mundo alrededor de la igualdad de los ciudadanos, en Iberoamérica, a esa cuestión se añadía o superponía una cuestión racial.

El mayor obstáculo para situar en forma categórica los fenómenos sociales de Iberoamérica ha consistido en la peculiaridad de la conquista, que mantuvo mentalmente, una jerarquía frente las diferencias étnicas, después de haberla desmentido por la cohabitación en las costumbres.
A ello hay que añadir, para que las ideas sean claras, la desproporción numérica; dado que el grupo europeo fue siempre limitado y el indígena enorme. Con el agravante, hay que señalarlo también, de que este último cooperó ampliamente en las luchas de la independencia con la esperanza de alcanzar vida más cómoda y se vio invariablemente burlado.

Una de las causas que encontraron y multiplicaron las revueltas, tan abundantes en los comienzos de nuestra vida independiente, fue el descontento indeterminado, la inquietud borrosa, del sector insatisfecho, que no hallaba ubicación en el terreno social, ni en el terreno político.

Tan vasto es el tema y tan jugoso, que el capítulo se escaparía del libro y se transformaría en otro libro, si nos dejamos llevar a esclarecer ciertos aspectos. Hemos de limitarnos, pues a lo esencial.

De tal manera se planteó en términos nebulosos esta cuestión, que muchos no alcanzaron a discernir, al considerar, más tarde, el proceso de evolución si la circunstancia de no haber exterminado como se hico en los Estados Unidos, a los indígenas constituía una superioridad, o una inferioridad. En todo caso fue un hecho; y a ese hecho tuvieron todos que atenerse. A ese hecho tienen que ajustar su acción los gobernantes de hoy.

Siendo imposible volver hacia los orígenes para disponer las cosas diferentemente, buena o mala, agradable o enojosa, la realidad debe ser tratada, sea con elementos de sociología, para sacar el mejor provecho del material humano existente, sea con inspiraciones de ganadería, importando otro material humano, considerado superior, para renovar el plantel.

Si parece ardua la primera solución, la segunda no deja de tener inconvenientes graves.

En tesis general los que tienen la responsabilidad de dirigir un Estado no han recibido de Dios la misión de crear, como si administrasen una granja, mediante la adquisición de reproductores o con ayuda de selecciones prolijas, un tipo humano prefecto. Básicamente, su función, su deber, consiste en asegurar la duración, el bienestar y la elevación de sus administrados, en hacer la felicidad de los suyos, sean como sean, y no la felicidad de los extraños, aunque estos parezcan superiores.

Podemos adelantar la afirmación antes de examinar el caso porque esta afirmación no será consecuencia, sino punto de partida; dado que expresa un axioma elemental de todos los siglos y en todas las latitudes.

En realidad, ningún gobierno iberoamericano afrontó sensatamente el problema de la dualidad o la confusión de razas. Frente a la dificultad, cada vez más acusada y concreta, cundió la incertidumbre. No hubo decisión. Al azar de las contingencias, cada una evolucionó sin brújula. Y como los jefes cerraban los ojos y dejaban hacer, asomaron corrientes contradictorias.

Algunas repúblicas, como México y Brasil prolongaron las tendencias coloniales favoreciendo la fusión de los diversos elementos.

Otras decidieron ignorar el problema; y siguieron coexistiendo dos naciones dentro de la nación.
Otras como las del Río de la Plata parecieron optar durante cierto período por la suplantación del autóctono, importando sistemáticamente nuevos habitantes.

De esta última inclinación nació la avalancha de inmigrantes, que es uno de los sucesos más decisivos de la vida independiente de Iberoamérica y que no fue sin embargo, tampoco, en ningún momento, objeto de estudio adecuado, ni de previsiones administrativas.

En los Estados Unidos se dosifica cuidadosamente el número de inmigrantes autorizados a entrar, escalonando la cifra según la procedencia y las posibilidades de asimilación. La raza, el idioma, las afinidades en general, regulan la dosis, así como el tiempo exigido para naturalizarse. En Iberoamérica y especialmente en la República Argentina, el Uruguay y Brasil, que son las zonas que aceptaron inmigración más copiosa, reinó la casualidad, aunque saltaba a los ojos que todos lo inmigrantes no eran de la misma esencia, ni traían un aporte idéntico.

Desde el punto de vista de su acción sobre el cuerpo nacional podrían ser clasificados en dos planos:

A) el de la armonía social y

B) el del mantenimiento de las distintivas nacionales.

En el plano A de la armonía social, que sólo afecta al orden político interior, se abren dos subdivisiones, si se atiende a la conducta y la ideología.

1) La del hombre sencillo y trabajador que sólo aspira a mejorar su suerte. Bienvenido sea en todo momento. A él deben algunas regiones de nuestra América su extraordinaria prosperidad.

2) La del politiquero. Contribución menos deseable.

Con la naturalización en masa y el acceso inmediato de los recién llegados a elevadas situaciones, se estableció en cierto modo, desde el punto de vista internacional, una prima a la deserción, porque muchos que se vieron frustrados en el país de origen encontraban posibilidad de hacer carrera en tierra lejana. Desarrollando generalmente una obra disociadora por ser ajenos a los antecedentes que mantienen la ilación de un pueblo en medio de las transformaciones impuestas por el tiempo y la vida.

Como bagaje inicial solían traer los rencores inspirados por la situación que los llevó a expatriarse y como finalidad una sociología de revancha que no coincide con nuestra etapa de juventud pletórica. Así pretendieron a veces realizar en cuerpo ajeno el ensayo que no les dejaron hacer en la tierra natal, convirtiéndonos en campo de experiencias o tierra de nadie.

De esta suerte vimos actuar a los extranjeros que construyen y a los que obstaculizan la construcción. Los primeros trajeron el ímpetu sano, la capacidad de crear. Contribución valiosa. Los segundos, el virus disolvente.

Si se ha de conservar en un país en formación la nacionalidad, no sólo en su expresión política, sino en sus modalidades y en la esencia de su espíritu, el inmigrante debe venir hacia el grupo constituido y no imaginar que el núcleo constituido pueda ir hacia él. Así lo entendieron los Estados Unidos desde los comienzos.

Las atmósfera, demasiado atenta a captar fórmulas librescas, en que se desarrolla la política de ciertas regiones iberoamericanas, dio margen a graves errores. Invocando vida moderna y renovación, se jugaron empíricas partidas de ajedrez con fichas importadas sobre un tablero de inducciones que los hechos se negaban a corroborar. La adopción automática de sistemas, palabras y fórmulas que no corresponden a circunstancias reales dentro de la vida local, desvió los derroteros. Porque el más elemental instinto de conservación aconseja conciliar el pasado, acaso escueto, pero lleno de savia del terruño, con el porvenir entrevisto, salvando los riesgos de una substitución que desvirtúa sus fermentos sanos al resistir el enlace con el genio autóctono y la primitiva inspiración.

En lo que se refiere al plano B, es decir al mantenimiento de la esencia y las distintivas nacionales, la inmigración adquiere un significado más hondo y puede ser clasificada, ateniéndonos a su filiación , procedencia y distintivas, en cuatro grupo:

1) el grupo coincidente;

2) el grupo neutral;

3) el grupo divergente;

4) el grupo captador.

Trataremos de definir lo que estas clasificaciones contienen.

1) El grupo coincidente es el que por la sangre, la ideología y los antecedentes históricos se hermana con la composición y el ambiente espiritual de Iberoamérica. Me refiero al hablar así a la influencia benéfica que ejerció la inmigración de procedencia española, italiana, en general, afín, ajustada a la realidad local. Paralelismo en la sensibilidad y en las inspiraciones facilitaron la rápida fusión, sin alterar el contenido o la savia primitiva.

Emanaba esa corriente, en el momento en que fue más fecunda y copiosa (1890-1910), de regiones roídas por la política parasitaria, donde los gobiernos, indiferentes a la miseria de los hombres y al porvenir de la nación, asistían impasibles al éxodo de masas numerosas que pudieron ser elevadas y utilizadas con poco esfuerzo, dentro de las propias fronteras.

Abandonados por sus jefes responsables, esos hombres se anexaban por agradecimientos a la tierra que los acogía. Mejoraban su situación en breve plazo. Juiciosamente se abstenían de intervenir en luchas lugareñas. Una adhesión definitiva los arraigaba. Y la masa nacional los hacía suyos en forma definitiva por acción combinada del origen y del renunciamiento virtual a la nacionalidad anterior. Su identificación resultó en muchos casos tan completa como la de los mismos iberoamericanos que al pasar de una república a otra, saltando por sobre la frontera convencional, quedan siempre, de hecho, dentro del propio ambiente.

2) El grupo que llamaremos neutral, para expresar su equidistancia, fue integrado por alemanes, yugoeslavos, franceses, etc. Si no coincidía con los antecedentes nacionales, no los contrariaba tampoco. Dejó en Iberoamérica honradamente el fruto tesonero de su labor, sin pretender gravitar sobre las distintivas nacionales. Fue factor de saludable renovación porque creó industrias prósperas, y fundó familia en el país con cuyo destino se identificó.

3) Aunque toda la emigración tuvo para la América Latina su faceta benéfica y creadora, hemos de referirnos al grupo, cuyos antecedentes, y evolución giraban en otras órbitas: Diferencia de gustos, intenciones, idioma, religión, etc., los llevaban a discrepar contra su propio deseo acaso, haciendo difícil la amalgama. En realidad, respondían siempre al punto de partida, sobreponiéndolo a la nacionalidad recién pintada y, pese a la naturalización, ávidamente conseguida, los sucesos de la vida internacional seguían repercutiendo en ellos con la nota invariable de la filiación anterior. El lazo que los ataba a la tierra nueva era la prosperidad adquirida, el salto logrado en el escalafón social. Pero, no alcanzaban resonancia en ellos los nombres de Cervantes, Pizarro, Atahualpa o Bolívar. Ni en la historia de la raza conquistadora, ni en los antecedentes de la América primitiva, ni en la estructura general de la civilización del Mediterráneo, hallaban puntos de enlace o conjunción. Tenían que ser fuerzas divergentes que remaban en otras direcciones, aún en los casos en que prestaban acatamiento al medio.

Así llegaron hasta pretender erigirse en casta superior, como lo declaró uno de ellos en cierto estudio con pretensiones científicas:

“…hay que matar la consciencia y el espíritu anacrónico, regresivos y bárbaros del viejo ideario indo-hispánico, que pretenden asignarnos los que no se resignan a la ley fatal de la supervivencia de los más aptos.

“Los hijos de extranjeros que numéricamente constituyen hoy la mayoría de la población argentina, y que prácticamente, por el impulso de su mayor capacidad, actividad, eficacia y aptitudes físicas forman, en realidad, la totalidad actuante del país, no tiene nada que ver con el espíritu nativo anterior a la era de la inmigración y de la civilización pobladora.

“En los espiritual pasa lo mismo que en lo material,. Compárese un caballo perfilado de raza, de carrera o percherón, con el triste caballo criollo; un toro Durham o Hereford con el novillo criollo de largos cuernos; un perro ovejero o foxterrier con los viejos perros de barrio; un gallo de raza con otro criollo. Lo mismo los hombres y las mujeres. Insistir sería de mal gusto. Esta nueva raza no puede tener, ni felizmente tiene, el mismo espíritu de la anterior. Hay que darle una conciencia de su valer y su significado. Es lo único que le falta a la República Argentina para incorporarse definitivamente a los países civilizados, o mejor dicho, con verdad, a los países en conato de civilización.

“Como dice Sigfried, los descendientes de los inmigrantes constituyen una nueva capa social. A esta nueva fuerza, que es la Nación, hay que explicarle lo que es, y lo que vale para darle la fuerza moral necesaria para desalojar de la dirección política y social del estado a la vieja raza que intenta mantenerse e imprimir rumbos. Esta nueva estirpe argentina debe ir con su contenido ideológico propio, distinto y contrario al anterior, para borrar en lo espiritual, como lo ha hecho en lo material, hasta los últimos rastros de la preconquista, de la conquista y de la colonia. Para esto hay que darle el sentido de su conciencia, de su superioridad absoluta y la voluntad de imponer su predominio material y moral. Este será el verdadero nacionalismo argentino, hacia la verdadera y definitiva nueva argentinidad”.

Sea perdonada la cita y su extensión, teniendo en cuenta que conviene poner en evidencia los extremos a que llegan algunos de los que soñaron transformarse en póstumos conquistadores sui generis, sin arriesgar la vida combatiendo.

Esta categoría de inmigrados llega hasta desdeñar al país que la recibe, interpretando el gesto hospitalario como homenaje rendido a su superioridad. Es, además, por definición en sentido genérico, elemento antinacional, porque con el mismo despego con que miró a la patria de origen de la cual se alejaba, mira a la patria nueva a cuya sombra vienen a prosperar. Por lo demás, hay diferencias fundamentales entre un pueblo y su perrera. Los mejores hombres de nuestra formación nacional fueron a menudo de sangre mezclada. Por grande que sea el deseo de imitar, no hemos de renegar de Juárez, de Sarmiento, de Ricardo Palma o de Rubén Darío.

La cuestión racial no puede ser encarada entre nosotros desde un punto de vista intransigente, como en ciertos países de Europa. El ario puro ha sido vencido en esta guerra. Y en muchos casos ha tenido que retroceder empujado por fuerzas hindúes, malayas o africanas que consideró inferiores. Además, creo haber dicho otra vez que Iberoamérica hay que aceptarla en bloque, cono lo bueno y lo malo que tiene, con sus páramos desiertos, con sus ríos que desbordan, con sus montañas inaccesibles, en su grandeza multiforme y salvaje. Todo lo que tienda a transportar ideologías absolutas o formas privativas de otros pueblos, será empresa desatinada.

Sería inclinarse ante una concepción empírica, más geográfica que humana.

Imaginemos a los hindúes, creyendo descubrir, de pronto, (a pesar del pasado deslumbrante) que la situación subalterna en que ahora se hallan deriva del brillo de sus ojos o del matiz de su piel, deciden importar grandes cantidades de hombres de tez blanca y pupila azul. Es difícil que el expediente redunde en beneficio de los hindúes. Lo más probable es que los nuevos aportes, reclutados a título de ejemplares superiores, prosperen en detrimento del primer ocupante, hasta substituirlo. Esta supuesta decisión de los hindúes sólo establecería que admiten su inferioridad y que entregan, sin beneficio alguno, su territorio a otro grupo de hombres.

He vivido en Francia reuniendo los diversos períodos, más de treinta años. Durante esa larga permanencia nunca intenté opinar, ni intervenir en los asuntos franceses. No me lo hubieran tolerado tampoco. Pero, de haberme naturalizado francés, a pesar de los derechos legales, seguiría siendo tan criollo como ahora. La esencia de mi ser sería la misma. Lo que alcanzan muchos naturalizados es la ficción legal, conservando, en el fondo, su filiación intacta. La médula de la patria sólo la adquieren los descendientes, que obtienen el supremo bautismo de vida, y toman contacto con la tierra al nacer. Y aún en estos casos, hay que formular reservas sobre la educación que reciben.

Cuando no está controlada, la inmigración diluye al nativo y lo substituye sin guerra en el territorio.

Significa la suplantación pacífica de una composición étnica por otra, dentro de la misma nacionalidad nominal. Bien dosificada, en un bien, no cabe duda. En forma discrecional, como se derramó entre nosotros, constituye uno de los fenómenos más desconcertantes de la historia contemporánea.

Una destinada tendencia a la naturalización en masa para reclutar figurantes de la nacionalidad, llevó a algunos gobiernos a desafiar el conflicto de legislaciones declarando ciudadanos a todo hijo de extranjero nacido en el país. Esto no coincidía naturalmente con la doctrina de los países originarios, y las guerras de 1914 y 1939 pusieron en evidencia el error. Nada gana un país con adquirir ciudadanos forzados, el único sistema razonable es la opción. La nacionalidad no es solamente un territorio; es una conciencia de hombres, una diferencia humana.

En Iberoamérica se ha creído siempre que las dificultades desaparecen no hablando de ellas. Sin embargo, los hechos están ahí y con ellos tendremos que enfrentarnos algún día.

Siendo la nacionalidad una resultante de la fusión de la tierra con el habitante – al punto de que no se sabe cuál de los dos prima o la define mejor -, la nacionalidad tiene que transformarse con el cambio de uno de los elementos constitutivos. Por otra parte, el romanticismo político ha hecho su época. Una nacionalidad no es una empresa de beneficencia. Su fin no es ofrecer fructuosa colocación a los capitales extraños, ni ampara a los desheredados del mundo. Su función es asegurar el bienestar y la irradiación feliz de sus componentes, es decir de los nativos. Si a éstos se les pospone, si se les declara inútiles, si se llama a otros hombres para reemplazarlos, el progreso se hará en beneficio de los recién llegados que utilizarán tierra y riqueza ajena, cuando una nueva nacionalidad, mientras la nacionalidad inicial se borra o, en el mejor de los casos, se modifica fundamentalmente.

4) En cuanto a la que hemos designado en cuarto lugar, bajo el nombre de inmigración captadora, se hizo sentir, más que por el número, por la presión del capital. Los ingleses y norteamericanos que vinieron a Iberoamérica fueron, en proporción, escasos, pero operaban en calidad de representantes o agentes de poderosas instituciones bancarias, de sindicatos, compañías o firmas comerciales que planearon los grandes empréstitos y acapararon los sectores importantes de la vida local. La acción ejercida por ellos pertenece, sobre todo, al orden de la organización económica y ha de ser enfocada en el capítulo siguiente, cuando abordemos el problema de los fundamentos vitales.

Como sólo eran agentes de corporaciones invisibles, cuyo asiento de hallaba en Londres o Nueva Cork, estos delegados se renovaban con frecuencia, manteniéndose distantes del núcleo nacional y de las otras colectividades extranjeras.

No desde el punto de vista étnico, no desde el punto de vista social intervinieron sensiblemente en la composición o en la modificación del material humano. Pero con ayuda de la preeminencia económica, que les permitió absorber en poco tiempo las riquezas del suelo y dominar los resortes esenciales de cada estado, ejercieron acción decisiva sobre los políticos, y, como consecuencia de ello, sobre la orientación de Iberoamérica desde el punto de vista interior e internacional.

Séame permitido establecer aquí con ayuda del fenómeno inmigratorio lo que podemos llamar una escala para la cotización de los pueblos. En la diversa actividad queda marcada su situación. Por razones de su evolución interna y de su potencialidad internacional, unos se expatrían para absorber como agentes de grandes consorcios financieros y otros para ser absorbidos, como masa de trabajo que acaba por desnacionalizarse y confundirse con el núcleo que la recibe. Si hay una balanza para medir el estado en que se hallan las naciones, es la de la inmigración, la que clasifica las jerarquías.

Así quedan definidas las cuatro expresiones de la inmigración: la que se entregó, porque coincidía con el ambiente, la que aceptó el ambiente sin tratar de modificarlo, la que discrepó con ese ambiente, aspirando a crear nuevas direcciones y la que absorbió la decisiva potencialidad económica, tratando de asumir, desde lejos, con ayuda de hilos invisibles, la dirección superior de la vida.

Las únicas fundamentalmente favorables para el núcleo iberoamericano fueron las designadas con los números 1 y 2 porque reforzaron la filiación, ampliándola dentro de su misma atmósfera para firmar mejor la trayectoria que ha de dar espina dorsal a la nueva nacionalidad.

La variante designada con el Nº 3 resultó, no cabe duda, valioso agente de prosperidad en muchos aspectos y triunfó ampliamente en el comercio de segunda categoría, que consiste en traficar como intermediario con artículos que otros producen. En este sentido fue utilizada por los anglosajones, porque ofrecía despego acomodaticio y modalidades menos escrupulosas que no tardaron en convertirla en sector adicto a los intereses internacionales. Sin darse cuenta de ello, contribuyó a la desnacionalización, desalojando al nativo en una rápida lucha, en medio de la cual sólo pudieron sobrenadar abogados, ingenieros y médicos con ayuda de trabas opuestas a la revalidación de los títulos de otras universidades. Y hasta cuando instaló fábricas, lo hizo pensando sólo en la prosperidad individual, sin aspirar a rescatar los engranajes supremos que habían sido enajenados.

Fue factor de progreso en lo que se refiere a la fastuosidad epidérmica de las ciudades, a la evolución en los métodos de actividad, a las formas de renovación que se traducen en edificios suntuosos, ejemplar pavimento y calles cuajadas de escaparates tentadores. Pero, pese a la superioridad que se atribuía –como hemos visto por los párrafos citados anteriormente- no intentó nunca restablecer la marcha autónoma del país, ni disputar a los imperialismos las posiciones por ellos retenidas. Por el contrario, pareció admitir como fatal la tutoría, a cuya sobra adquirió desarrollo, sea porque carecía de raíz y seguía siendo de otra parte, sea porque el ascenso en el escalafón, que fue lo que vino a buscar, no se hallaba con ello lesionado.

A esto cabe añadir que, como distintiva, impuso el individualismo estridente. Cada cuál luchó para sí, mientras la idea de colectividad quedaba relegada a la retórica, desarrollando dos sentimientos inferiores: la tendencia interesada, nacida del ansia exclusiva de prosperar y la jactancia, como resultado del rápido provecho conseguido. Subalternizó pues, en ciertos aspectos, la vida, y la hizo aunque parezca paradoja, menos elevada, menos culta, que durante la época de atraso, antes de la caudalosa intervención.

Los ideales del recién llegado solían reducirse a hacer fortuna, a saltar lo más pronto posible de una situación a otra, sin preocuparse mucho por los medios ni por la suerte de la región en que actuaba.

En vez de agricultores, llegaron mercaderes que se hacinaron en las ciudades. La falta de responsabilidad y la clase subalterna de que procedía ese aluvión lo eximían de la orgullosa dignidad que los descendientes del español – y hasta los descendientes del indígena, en las zonas en que éste había alcanzado plena civilización- consideraron siempre como lo más preciado. Un utilitarismo ciego desplazó los valores y el adelanto material, tuvo un reverso en muchos casos de confusionismo disolvente, y arribismo desatinado.

Algunos de los recién llegados no se avenían a ser ciudadanos de una demarcación geográfica, de una procedencia cultural, de una nación, en fin. Seguían siendo ciudadanos de ideas generales, es decir, ciudadanos que no regulaban su actitud según los intereses de su territorio, de su idioma o de las características locales, sino según sus preferencias en sociología o sus simpatías hacia ciertas formas de gobierno, olvidando que si con la política interior se puede hacer fácilmente política internacional y con la política internacional política interior, la dificultad estriba en discernir, haciendo una u otra de estas cosas, cuando se sirve al propio país y cuando se sirve al extranjero.

En cuanto a la categoría 4 que, como quedó dicho, no ejerció acción sobre el grupo desde el punto de vista étnico, aunque influyó sobre su derrotero histórico más hondamente que una ocupación militar, no cabe duda de que corrompió a las colectividades espontáneas, contagiándolas con la hipocresía indiferente, que ejerció sobre muchos hombres una influencia sorda, más peligrosa que la influencia declarada, dado que empujaba a la infidencia.

No entendemos lastimar a los extranjeros limpios que dentro de todas estas clasificaciones globales o al margen de ellas resultaron eficaces instrumentos de construcción. Por su conducta, ellos mismos se pudieron desde el primer momento al margen de todo reproche y la lealtad de algunos de ellos pueden servir de ejemplo en las luchas nacionalistas de mañana.

Hay que tener también en cuenta que el proceso de integración y evolución de Iberoamérica trae características propias y al referirme, en bloque, al conjunto, debo buscar el término medio. Si las palabras que se aplican exactamente a cada región, traducirán, en síntesis, la situación general.
No valdría la pena escribir este libro si no hablamos con independencia. Juzgada en las dimensiones históricas, la inmigración que llamaremos torrencial determinó perturbaciones cuya repercusión no podemos medir aún.

Hay que tener siempre en cuenta, sin embargo, que el problema de la inmigración lejos de abarcar la extensión de Iberoamérica, es, sobre todo, un fenómeno privativo de ciertas capitales.

Hasta en sus peores manifestaciones, trajo aportes utilizables dentro del marco de la evolución final y el tiempo ha de resolverlo en forma favorable. Sin embargo, para prevenir la intoxicación será indispensable vigilar las compuertas durante los nuevos éxodos que pueden producirse a consecuencia de nuevas hecatombes mundiales. Queden las declaraciones generosas y los sentimientos románticos para los líricos de otras épocas. La misión de los hombres de estado de hoy, no consiste en elevarse hasta las altas especulaciones filosóficas, sino en preservar y defender a los pueblos de cuya suerte son responsables.

Esto podrá desentonar con los sentimentalismos humanitarios. Pero sólo nos atrae la verdad creadora de felicidad, la verdad que puede vigorizar el organismo naciente y favorecer el desarrollo de la nueva entidad que se levanta como un niño, ávido de luz y de alimento, sin más ley imperiosa que la de escapar a los gérmenes nocivos para vivir.

Las naciones se amalgamarán siempre alrededor de particularismos que concentran y no alrededor de generalidades que dispersan. No es posible crear nacionalidades sin nacionalidad. Nuestro punto de partida está en el cruce de caminos de la América autóctona con la conquista ibérica. La realidad étnica es esa. En cuanto a la realidad espiritual no puede ser otra que el idioma dominante y la cultura hispana que se sobrepuso. Así podemos decir: cuanto más cerca de las fuentes, más personalidad; cuando más pasado, más patria.

Desde mucho antes de apasionarme por los problemas de América y de observarlos con predilección fui, desde este punto de vista, nacionalista fervoroso, quizá porque tuve, como los pájaros la intuición del derrotero. Pese a las variantes introducidas, se ha mantenido en el conjunto del continente ibérico la composición de los orígenes, y por encima de los fenómenos esporádicos, con nuestro material tendremos que construir.

Pero no ha de ser tampoco el indigenismo, preconizado por algunos en ciertas zonas, el que pueda servir de motivo inspirador. El indigenismo, o indianismo, significa regresión a la América precolombina y sólo puede tener curso como fantasía literaria. Hasta hace sonreír la simple hipótesis, porque cabe preguntarse en qué idioma se haría la campaña para exhumar ese pasado.

En nuestra América triunfó en todos los aspectos la civilización de España sobre las civilizaciones aborígenes. El castellano se impuso en todos los órdenes como cartabón definitivo. Es al amparo de esa atmósfera, con las inevitable variantes que imponen tierra y época, que se ha de realizar la labor, tal y como la entendieron los iniciadores del separatismo.

Aunque difieran las circunstancias, el proceso de evolución de las antiguas colonias del Sur tiene que ser análogo al proceso de evolución de las antiguas colonias del Norte.

Los Estados Unidos, al separarse de Inglaterra, mantuvieron, con el idioma inglés, las fuentes iniciales de inspiración, los vínculos múltiples que sitúan o caracterizan a las corrientes humanas.

Ellos también tuvieron que contar – en otra proporción, desde luego- con aportes divergentes. Recibieron, como nosotros, caudalosa y variada inmigración. Pero, pese al prurito independiente, de que siempre dieron prueba, continuaron evolucionando en el marco estricto de los orígenes anglo-sajones.

La nacionalidad se hace, sobre todo, con el espíritu. Hay una fuerza centrípeta que conglomera las voluntades alrededor de la modalidad, la costumbre, el acento, la emoción de un conjunto. Y esa fidelidad la conservaron los Estados Unidos sin tregua, porque comprendieron que al abandonarla se desmoronaba el conglomerado y peligraba, no sólo la construcción, sino toda acción futura en la historia. Asó los vimos en la guerra unidos a la antigua metrópoli, más que por devoción, porque saben que están defendiendo, con el punto de arranque, la existencia misma de su núcleo.
Iberoamérica ha de sancionar también su rotación independiente ajustándose a las leyes superiores del sistema planetario al cual no puede dejar de pertenecer. Renegar del origen y dar un corte en la Historia es imposible, a menos de caer, a sabiendas, bajo la influencia de los interesados en alejarnos de nosotros mismos para atarnos a su dominación.

Claro está que al hablar de España sólo me refiero a los lazos culturales, a la consecuencia con el pasado, a la parte espiritual, equivalente a la que los Estados Unidos cultivan con respecto a Inglaterra. No cabe admitir las tentativas políticas de nueva conglomeración, ni las fórmulas ensimismadas y prescritas que fueron propiciadas en cierta hora desde Madrid. La geografía y el tiempo han creado matices diferentes y la fraternal unión será más efectiva cuanto más alto sea el plano en que logremos afianzarla.

Pero al afirmar nuestra personalidad autónoma hay que volver los ojos cada vez más resueltamente hacia la sangre hispana que, al mezclarse con la sangre indígena, impuso la realidad de la nueva América.

Ciertas prédicas tendenciosas han denigrado a España en todos los aspectos, creando leyendas sobre la crueldad de la conquista sobre el desamparo en que quedaron las colonias, sobre la dejadez de la estirpe, sobre su incapacidad para la vida. Influenciados por esa prédica llegaron algunos a formular la oprobiosa lamentación: ”es lástima que no nos colonizaran los ingleses”, disparate suicida y confesión de pauperismo mental.

Sabemos que los imperialismos nos aconsejaron siempre lo contrario de lo que ellos hacían. (Muy modernos en todo, pero se desarrollaron sin debates de sociología libresca). Nos indujeron a contraer empréstitos en el extranjero, mientras ellos los evitaban desde los orígenes de su fundación. Fomentaron las guerras entre las antiguas colonias españolas, mientras ellos ahogaban sin réplica el primer intento divisionista. En el caso de España ocurre lo mismo. Mantienen y cultivan los lazos que los unen a sus orígenes, pero hacen cuanto es posible para aflojar los nuestros. Para ellos lo que conglomera. Para nosotros lo que disuelve. Aprendamos a hacer lo que nos favorece y no lo que nos perjudica.

La fuerza de un pueblo consiste en sacar partido de las propias distintivas, a veces de las propias inferioridades. Si un oso se empeña en pasar por león, sólo conseguirá perder, como oso, la eficiencia de sus fórmulas de defensa, sin adquirir en ningún modo las particularidades que envidia. Cada especie tiene dentro de su medio, procedimientos especiales de desarrollo, preservación o acometividad que derivan de su composición y que le ayudan a perdurar, es decir, a defender su esencia, sin intentar el imposible de cambiarla por otra.

Claro está que la importancia que hemos de dar al componente hispano como andamiada principal y primer aglutinante en la afirmación definitiva del material humano de Iberoamérica, no excluye el interés especial con que se ha de mirar al componente nativo, cuyo volumen gravita inevitablemente sobre el porvenir.

Es demasiado simplista la concepción de los que borran al indio del mapa y resuelven despectivamente que en ninguna forma puede ser utilizado.

Olvidan que desde hace cuatro siglos se le utiliza y que se le sigue utilizando actualmente. De alguna manera salen de la tierra y llegan hasta los barcos los minerales de Chile o de Bolivia, el petróleo de Venezuela, el café de Colombia o de la América Central. Como en los tiempos coloniales, es el nativo el que hace sudar al suelo sangre de oro. En tan dura faena no participa la inmigración, que se amontona en las ciudades. No intervienen las oligarquías, que sólo aspiran a puestos políticos o empleos en la administración. Si nuestra América exporta millones de toneladas, es porque el indio y el mestizo lo hacen posible. La caña de azúcar, el banano, el salitre, el cacao, las maderas preciosas, cuanto brota de nuestra América por todos los poros, pasa por la manos del nativo, mal pagado y mal nutrido, que extrae, manipula o lleva sobre sus espaldas la riqueza que se va.

La forma en que es retribuido y el estado miserable en que se encuentra no clasifican su eficacia. Servirán, cuando más, para apreciar la avidez de los que lo emplean. El no ha fijado el bajo jornal, no ha elegido la vivienda malsana, ni se ha decretado a sí mismo la alimentación insuficiente y los harapos en que va envuelto. Sería absurdo que las injusticias que le hieren se trocaran en argumentos contra él. Cabe imaginar, por el contrario, que si con nutrición escasa y salario desalentador ha trabajado como hasta ahora, mucho más puede hacer colocado en situación favorable desde el punto de vista material y moral.

Si hubo degeneración física, ignorancia o descorazonamiento fue como resultado de las circunstancias. Al levantar el nivel de vida, al darle escuelas, al dignificarlo por la estimación, el indígena puede superarse en poco tiempo, incorporándose realmente a la nacionalidad.

Todos sabemos que la conquista encontró un Continente dividido en naciones de cultura desigual. A imagen de las de Europa, estas naciones se hacían la guerra o evolucionaban ajenas las unas a alas otras. En las vastas extensiones, sin comunicación entre sí, los indígenas se habían desarrollado en forma despareja y no existía entre ellos más unidad que la que podemos encontrar hoy entre otros Continentes. En ciertos lugares se hallaban en estado rudimentario, en otros gozaban de altísima cultura. Las ruinas que quedan en México, Guatemala o Bolivia permiten medir el grado de evolución de grandes civilizaciones de tipo contemplativo, evocadoras de misteriosas ascendencias egipcias. Los relatos de algunos descubridores ayudan a juzgar, en otras zonas, el estado primitivo de tribus trashumantes que erraban de región en región. Estos altibajos, dentro del mismo conjunto racial atestiguan, en unos las reservas de evolución y en otros el antecedente de capacidad.

Cuando desdeña al indio, el político de las ciudades olvida que por su desidia se produjo un hecho tan doloroso como incontrovertible que creo ser el primero en señalar. Las dos tareas básicas exigidas por las nacionalidades iberoamericanas en formación las realizaron los anglo-sajones y los indios. Los anglo-sajones, planeando y dirigiendo la valorización de minas, petróleo, comunicaciones, etc. Desde luego en provecho propio. Pero en ausencia de otras iniciativas. Los indios, prestando sus brazos para extraer y transportar los productos.

Los demás componentes de dedicaron a tareas complementarias. El inmigrante explotó el comercio interior y abrió negocios para abastecer a las poblaciones. El oligarca fue abogado, médico, empleado, poeta. Aunque sea violento reconocerlo, la osamenta, lo fundamental, estuvo a cargo del extranjero acaparador –con el cual debemos competir si queremos tener vida realmente independiente- y el indio, que siguió penando como en tiempo de la colonia y cuya situación hay que elevar si hemos de completar alguna vez la organización de la patria.

La preocupación de la inferioridad o de la superioridad de las razas tiene que atenuarse mucho en Iberoamérica, donde no caben más exclusivismos que los que impone la defensa del derrotero inicial. Lo hechos no nacen de los conceptos. Son los conceptos los que derivan de los hechos. Los anglo-sajones exterminaron en el Norte a los indígenas. Los españoles se mezclaron con ellos en el Sur. Criticar éste o aquél sistema, equivaldría a hacer filosofía fuera de tiempo. A nada puede conducir hoy la aprobación o el repudio de lo que no es posible deshacer o remediar. Nos encontramos ante realidades. Nadie sostendría que debemos aniquilar a sesenta millones de indígenas. Nadie se atrevería tampoco a defender la tesis de que cabe mantener indefinidamente en calidad de ilotas a esos mismos indígenas, que en algunas repúblicas resultan la mayoría de la población. Si hay una dificultad, no se ha resolver por eliminación, sino por asimilación, a la manera de México, sacando el mejor partido a las circunstancias.

Por lo demás, este es un problema que sólo se presenta en forma aguda en ciertas regiones y que casi no existe en otras como Argentina y Uruguay. Se funde por otra parte, en el conjunto accidentado, cuando contemplamos la cuestión panorámicamente. Por encima de los diversos aportes y variantes, todos los elementos concurren a la unidad superior que impone el idioma, la religión, las costumbres, la atmósfera espiritual en que nos desarrollamos.

Hay, desde el punto de vista del carácter, más diferencia entre dos provincias de Francia que entre dos repúblicas nuestras. Quién las recorra todas, de norte a sur, viajará sin cambiar de ambiente y aunque pase fronteras múltiples, tendrá la sensación de no salir del mismo país. Hasta la distancia se encarga de probarlo. Los indoamericanos que se encuentran en Europa descubrirán siempre entre ellos –sea cual sea su república, su matiz étnico o su clase social-, profundos lazos de parecido que los sitúan dentro de un conglomerado propio. Porque por encima de la procedencia y la etiqueta, dando a las palabras el sentido más elevado y más amplio, desde ahora existe un verdadero sentimiento nacional.

Con este material humano, que acaso por su misma diversidad trae floraciones inesperadas, tendremos que trabajar. Hasta ahora el iberoamericano se ha visto en la situación del español o el italiano de ciertas épocas, cuando, sin dirección ni amparo, tenía que expatriarse para dar la medida de lo que era. El sometimiento al extranjero y la política sin ideal nada hicieron entre nosotros para preparar, dirigir, aprovechar a la masa ciudadana. Sin embargo, el hombre de nuestra tierra es emprendedor, ingeniosos, sufrido, dotado hasta de cierto espíritu de aventura como lo atestiguaron los chilenos que partieron para California cuando descubrieron las minas, y los argentinos que salían en los barcos conduciendo ganado en pie y se quedaban en todos los puertos del mundo. Hasta ahora el iberoamericano del pueblo sólo pudo manifestarse al servicio de otros, anemiándose en los feudos del gran terrateniente o haciéndose matar bajo bandera extraña en guerras ajenas. Esta misma utilización los absolvería del reproche que se le quiere hacer. Porque no ha de ser, como material tan deleznable, cuando lo utilizan otros.

A la masa iberoamericana hay que darle educación eficiente, oportunidades para manifestarse, y sobre todo, una mística.

La tristeza de la ciudades el pesimismo, la pereza el alcoholismo, el instinto demoledor – cuyas consecuencias se notan en todo, porque nada se construye con negaciones- son consecuencia de la desilusión, y especialmente del necio individualismo que no favorece ni al individualista mismo, porque el hombre sólo adquiere la felicidad, que es plenitud, cuando sale de sus límites y se expande, identificándose con otros, en el curso de una acción de conjunto que va mas allá de la vida.
En vez de la vanidad lugareña y disolvente llegaremos a tener con ayuda de un ideal, el orgullo de pertenecer a un conjunto que extiende sus raíces hasta momentos victoriosos de la humanidad. Libertados de errores emprenderemos la obra fecunda en los territorios más ricos y hermosos que Dios ha entregado a la especie.

Hay que abandonar la visión tímida y humilde de nuestra cosas, el “complejo de inferioridad” de que hablaba la pseudo ciencia de la Europa decadente. Desde los orígenes, la moral de la vida internacional se hizo sobre la base de honrar al fuerte y despreciar al débil. Los seres humanos tuvieron que avergonzarse de ser esclavos y pudieron enorgullecerse de ser piratas. Estos últimos eran los triunfadores. Aquellos, los vencidos. Los clasificadores de la jerarquía fueron la supervivencia y el poder.

Por su misma diversidad y hasta, diríamos, por su truculencia, Iberoamérica constituye, como fuerza latente un conjunto imperial. La identidad racial es el aglutinante de las naciones. Pero el aglutinante de los imperios es, sobre todo, la unidad espiritual. A esa unidad espiritual que indiscutiblemente tenemos, hay que darle conciencia y decisión. Urge anclar en la mente de la juventudes que nuestra civilización (la civilización no se valora por la perfección del pavimento, el ancho de las avenidas o el lujo de las instalaciones higiénicas) es equivalente, a la civilización de cualquier otro pueblo, y que cada uno de nosotros vale individualmente, tanto como cualquier otro hombre. De la certidumbre íntima han de nacer los medios para hacerla invulnerable históricamente.

En este orden de cosas, si algo nos ha perjudicado, no ha sido una inferioridad racial, sino la falta de plan o de concepción superior, la mala utilización, o la inadecuada utilización del material humano.

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