El Forjista

Juan Domingo Perón

Capítulo 36 - Terrorismo opositor

La CGT convoca a una manifestación para apoyar al gobierno por los embates de la oposición por la muerte de Juan Duarte y la falta de productos de primera necesidad, la convocatoria se realiza para el 15 de abril de 1953.

Mientras Perón se dirigía a la multitud se escucha una fuerte explosión, no obstante, continúa con el discurso, pero al rato se escucha otra explosión, Perón entonces intenta aplacar los ánimos para evitar corridas y las consecuencias que podrían ocasionarse por tal reacción.

En eso la gente empieza a gritar “¡Leña! ¡Leña!” a lo que Perón les responde “¿por qué no empiezan a darla ustedes?”, mientras tanto las ambulancias socorrían a los heridos, se habían colocado seis bombas, una de las cuales no llegó a explotar, estaban ubicadas en un bar de la calle Hipólito Yrigoyen y en la boca del subte A.  El trágico resultado fue de cinco muertos según Galasso y de siete según Luna, los heridos llegaron al centenar.

Una vez producida la desconcentración hubo grupos que se abocaron a tomar revancha, los objetivos fueron la Casa del Pueblo del Partido Socialista en Rivadavia 2150, la Casa Radical de Tucumán 1660, el local del Partido Demócrata en Rodríguez Peña 525 y el exclusivo Jockey Club en Florida 559, todos los cuales son incendiados.

Galasso sostiene la hipótesis que en los incendios de los locales partidarios participaron miembros de la Alianza Libertadora Nacionalista (ALN) liderada por Juan Queraltó, la policía los dejó actuar, interviniendo solamente para evitar el incendio del diario La Nación y el Petit Café de Santa Fe y Callao. Poco tiempo después Guillermo Patricio Kelly sustituye a Queraltó en el comando de la ALN, en búsqueda de darle un tinte menos antisemita y menos violento.

Luego del atentado se producen varias detenciones de políticos opositores, la mayoría de los cuales son liberados entre los meses de junio y julio.

Grave como fue la quema de esos edificios que eran símbolos de la oposición, aquellos historiadores antiperonistas hicieron hincapié en esos sucesos y no en la pérdida de vidas humanas y la irracionalidad de una oposición que recurría a métodos terroristas para derrocar a un gobierno elegido por una gran mayoría, no debía extrañar que quienes lideraban esos grupos fueran miembros de las tradicionales familias oligárquicas, más algunos provenientes de la clase media, aspirantes a ser aceptados por los sectores del privilegio.

Sectores de clase media se convirtieron en la avanzada de la oligarquía para derrocar al gobierno, apelando a un odio de clase que consideraba que sus lugares podían ser ocupados por nuevos sectores a los que el peronismo había mejorado en su nivel de vida: “Esta pequeña burguesía veía con despecho que mientras los ‘sumergidos’ calzaban zapatos y comían en el centro los sábados (¡esos negritos!) ella debía emplear horas extras para mantener su viejo ‘standard’. En semejante estado de espíritu, se imponía una explicación profunda y simple, directa y evidente, del mal. La causa era Perón; todo el bien residía en su desaparición”.(1)

Félix Luna señala que: “Tanto las bombas de Plaza de Mayo como los incendios que siguieron eran el anverso y el reverso de una misma barbarie”. (2) No fue la misma barbarie para quienes respetamos la vida en general y la humana en particular, si hubo barbarie peronista no fue asesina como lo fue la violencia antiperonista. El odio también ciega a los historiadores.

Según Luna quienes actuaban como terroristas eran jóvenes universitarios de las familias tradicionales con apellidos como Alzaga, Elizalde, Lanusse, pero también aparecían apellidos más plebeyos con militancia radical como Mathov y Carranza.

Desde la primavera del año anterior estallaban en Buenos Aires artefactos explosivos cada 10 o 15 días, el grupo estaba compuesto por activistas universitarios que habían sido adiestrados en el manejo de armas y explosivos.

Así los definía Félix Luna: “pero no veían a su militancia como política sino como un servicio patriótico desprovisto de toda especulación ulterior. La cumplían para hacer sentir, en el país y en el exterior que seguía existiendo una oposición combatiente” (3) . El historiador parece mostrar hasta cierta admiración por los terroristas.

Alberto y Ernesto Lanusse y Roque Carranza eran los coordinadores del grupo que mantenía contacto con jóvenes oficiales que les proveían los explosivos, algunos de ellos fueron detenidos y torturados.

Para fines de mayo de 1953 el grupo estaba desmantelado, la mayoría o estaban detenidos o en el exilio en Uruguay, o en la clandestinidad, Félix Luna nos dice que sólo el político Arturo Mathov tenía vinculaciones con los terroristas, pero Roque Carranza también fue un importante dirigente radical que llegó a ocupar un ministerio en gobiernos de ese partido.

En el tradicional acto del 1° de mayo Perón hace referencia al atentado y a su vez realaiza un llamamiento a no actuar por mano propia: “Hace apenas 15 días, la sangre generosa de cinco compañeros fue vertida en esta plaza por la mano traidora de la reacción… Yo les he de pegar donde duele y cuando duele… No actúen ustedes en forma colectiva porque eso les da lugar a decir que vivimos en el más absoluto desorden y que aquí no hay gobierno”. (4)

Y en agosto Perón hace un llamamiento a la conciliación nacional: “Hemos terminado la lucha contra los enemigos de adentro y contra los enemigos de afuera. Nuestras banderas no son ya banderas de lucha, sino de tranquilidad, de paz y de trabajo… Nosotros no hemos de ser insensibles a los deseos de pacificación de toda la república". (5)

Hubo otros sucesos, que sin ser tan graves mostraban la intolerancia de la oposición, en casi todos los partidos surgieron individuos o grupos que intentaron, o bien bajar los decibeles del enfrentamiento entre argentinos, o que veían con alguna simpatía los logros del gobierno, todos esos intentos concluyeron con la expulsión lisa y llana de quienes realizaron el intento.

El 1° de febrero de 1952 el dirigente socialista Enrique Dickman de 78 años que era amigo del ministro Borlenghi, también surgido de ese partido, se entrevistó con Perón, producto de este encuentro el gobierno permitió la reapertura del periódico partidario La Vanguardia, y se autorizó a Dickman para que visitara a los presos socialistas que se encontraban detenidos en la cárcel de Devoto, quienes a continuación fueron dejados en libertad.

Fueron liberados 35 militantes socialistas, la reacción del partido fue la expulsión de Dickman y su hijo, éste dirigente junto a otros grupos provenientes de distintos sectores de izquierda, principalmente del trotskismo, conformaron el Partido Socialista de la Revolución Nacional, considerado como el primer intento de conformar una izquierda nacional que apoyara críticamente al peronismo, a diferencia del resto de la izquierda que tenía una posición claramente antiperonista.

Dickman planteó en un periódico un cuestionamiento a la política del PS: “El Partido Socialista debía haber retomado su marcha de antes, su fondo antioligárquico… su origen histórico y social de partido de clase… pero se embarcó a remolque de un movimiento totalmente absurdo y contraproducente. De ahí empezó a datar mi disidencia con la dirección del Partido Socialista… ¿Por qué los socialistas hemos tratado peor, mucho peor, a este gobierno que al gobierno fraudulento del general Justo?... Estamos viviendo una revolución nacional. Los socialistas argentinos hemos aplaudido a la revolución mexicana y se ha pretendido condenar a la revolución nacional argentina cuando esta resultó mucho más fecunda y menos cruenta que aquella … Debimos haber tenido otra conducta, en vez de ser punta de lanza contra la revolución nacional, llevarla más adelante, profundizarla y ensancharla más. En cambio, se ha pretendido convertir al Partido Socialista en punta de lanza del mundo conservador… Luché para cambiáramos de métodos en el seno del Comité y sólo obtuve el maltrato y el rechazo de mis proposiciones…” (6)

Se dio otro caso en el seno del Partido Socialista, el joven intelectual Dardo Cúneo se encontraba detenido y le solicitó al partido que reclamara ante el gobierno por su libertad por la necesidad de atender a su hijo enfermo, la dirigencia se negó a realizar este trámite, por lo cual Cúneo dirigió directamente su pedido a Borlenghi, quién accedió al pedido y también a la liberación de otros cinco militantes socialista.

Dardo Cúneo renunció al Comité Ejecutivo porque su partido le había dado la espalda en una situación tan acuciante y a continuación fue expulsado, el intelectual se fue realizando una dura crítica al partido por su alianza con sectores conservadores, tampoco ahorró críticas para el gobierno.

Otra voz surgida del PS fue la de Julio V. González, hijo del escritor, gobernador de la Rioja y ex senador Joaquín V. González, que convocó a los socialistas a reflexionar sobre el carácter obrero del peronismo, pero su llamado fue ignorado.

El dirigente conservador y ex diputado Reynaldo Pastor también osó reunirse con el presidente, luego del encuentro informó al partido de lo tratado, la reacción de la dirigencia fue pedirle la renuncia a la presidencia del partido.

También Federico Pinedo que estaba detenido desde fines de 1952 le envió una carta a Borlenghi reconociendo que el peronismo había triunfado y aunque indicaba el derecho de la oposición de realizar críticas al oficialismo, decía que era hora de guardar silencio por el bien del país y la convivencia entre los argentinos, Luna apostrofa que “Había que ser muy valiente para proponer una posición tan cobarde”, Pinedo fue liberado, al conocerse la carta sus correligionarios prefirieron hacer silencio.

En el Partido Comunista también se dieron casos como los mencionados, Juan José Real era el secretario de Organización del partido, intentó un acercamiento al peronismo en el momento que el máximo dirigente Victorio Codovilla se encontraba en Moscú.

El intento de Real contó con la oposición de Rodolfo Ghioldi, cuando Codovilla retornó de su viaje acusó a Real de oportunismo y desviacionismo, a continuación, fue expulsado del partido, debió ganarse la vida trabajando en pequeños talleres gráficos, haciéndosele difícil conseguir trabajo porque estaba marcado por sus propios excamaradas.

Otra escisión surgida del PC es la liderada por Rodolfo Puiggros que formó el Movimiento Obrero Comunista con una posición nacional, en agosto de 1953 se reunió con Borlenghi para escándalo del PC.

Tanto conservadores como radicales unionistas de derecha fomentaron la renuncia a todos los cargos electivos como forma de mostrar que no había democracia, los intransigentes de Córdoba también llevaban esa posición porque Sabattini sostenía que era la condición que los militares golpistas exigían para animarse a dar una asonada.

Moisés Lebenhson defendió la posición de no renunciar y dar la lucha desde los puestos en que el pueblo los había ubicado, cuando en la Convención Nacional intentó fundamentar su posición no pudo concluir porque el sector derechista le gritaba “judío “ o “comunista”, el 13 de junio de 1953 murió de un ataque al corazón, Luna dice que lo afectó el tiempo que pasó en prisión, pero nada dice en el sentido que lo haya afectado lo ocurrido en la Convención y hace una confesión que no tiene desperdicio: “Moisés Lebenhson  murió desgarrado por un íntimo drama: el sentimiento de saber que las grandes mayorías estaban muy lejos de acampar en sus tiendas, aunque la ‘Argentina soñada’ que profetizaba incansablemente se asemejara al país imaginado en las utopías del pueblo peronista…”(7)

Lo que puede avizorarse de todos estos casos mencionados es que a pesar de que la oposición antiperonista repetía hasta el cansancio que su lucha era para defender la democracia, en el seno de sus partidos no se permitía ninguna voz disonante.

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(1) Jorge Abelardo Ramos. La Era del Bonapartismo. Editorial Plus Ultra. 1973 pag. 230

(2) Felix Luna. Perón y Su Tiempo. Tomo III El régimen exhausto 1953 1955 Edit. Sudamericana 1986 pag 45

(3) Idem pag. 49 y 50

(4) Norberto Galasso. Perón. Formación. Ascenso y Caída 1893 1955. Tomo I Colihue 2011 pag. 636

(5) Idem pag. 639

(6) Idem pag. 596

(7) Félix Luna Tomo III pag. 92 y 93

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