El Forjista

Los silencios y las voces en América Latina

Notas sobre el pensamiento nacional y popular

 Alcira Argumedo  



"Es difícil aceptar en los medios académicos que el pensamiento de Tupac Amaru tenga una jerarquía equivalente a la de su contemporáneo Emmanuel Kant; que sea posible comparar a Bolivar, Artigas, Hidalgo, Morelos con Hegel; a José Martí y Leandro Alem con Weber. No obstante, en las actuales condiciones mundiales y continentales, donde se intenta una vez más imponer el desprecio y la marginación a las capas mayoritarias, el legado de Tupac Amaru y los líderes populares latinoamericanos tienen una importancia significativamente mayor en el trazado de ese futuro distinto para América Latina"




"Las propuestas de Bolivar, de Artigas, o de Hidalgo y Morelos entre otros, van a conformar las primeras expresiones políticas de esas otras ideas de América Latina que, hasta entonces se alimentarán subterráneamente en las rebeliones, en las resistencias culturales y en la vida cotidiana de una basta población del continente a quien el esquema colonial les había negado su condición humana"




"Ahondar hasta las raíces de los valores, las identidades, las ideas del tronco latinoamericano, para encontrar alternativas frente al dominio imperial y la expoliación de estos pueblos"




José Martí : "Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra"




José Martí: "Ni el libro europeo, ni el libro yanquee daba la clave del enigma hispanoamericano"




'Si "el primer deber de un hombre es pensar por sí mismo", José Martí buscó la "libertad verdadera", la de los pueblos soberanos y la de todos los hombres de esos pueblos; afirmando que "sólo tienen derecho de combatir por su libertad los que no oprimen la de otros" '




Gabriel García Marquez: "La interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos sólo contribuye a tornarnos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios"




"Lo que sí parece privativo de América Latina, es la existencia de amplias franjas intelectuales férreamente convencidas de que en estos territorios no puede producirse ideas o expresiones del pensamiento que no sean tributarias incondicionales o hijas bastardas de la cultura universal gestada en el Norte"




"Una vez más se enfrentan en América Latina el individualismo egoísta a la solidaridad social; el lucro al bienestar general y la justicia; la competencia a la cooperación y la participación; los privilegios a la igualdad; el desprecio y el racismo al reconocimiento a la dignidad humana de todos los hombres y mujeres que habitan estas tierras; la subordinación neocolonial a la soberanía y la integración continental autónoma"


Entre los años 1968 y 1974 se desarrollaron en la Facultad de Filosofía y Letras, las que se llamaron "Cátedras Nacionales" que significaron un intento por repensar el país bajo una óptica propia contrariando la tendencia a aceptar sin crítica alguna, las ideologías importadas.

Alcira Argumedo formó parte de ese proyecto, en este libro retoma esas reflexiones. Debe aclararse que esta obra está dirigida principalmente a gente familiarizada con la terminología de las ciencias sociales por lo tanto no es de fácil lectura y por lo tanto para gente no acostumbrada a la utilización de dicho lenguaje, como el que esto escribe, puede perderse mucho de los ricos conceptos que se desarrollan.

No obstante lo señalado en el párrafo anterior, esta obra constituye uno de los intentos más serios para sentar las bases para encarar el desarrollo de un pensamiento crítico latinoamericano que tenga como base de sustentación nuestra cultura y a su pueblo.

Aunque la autora no lo diga con estos términos uno de los primeros pasos para el desarrollo de un pensamiento creativo y propio, es la de establecer una especie de "Teoría de la Relatividad" en las Ciencias Sociales donde quede claro que cualquier pensamiento o ideología está afectada por el observador y el lugar del mundo desde donde efectúa su reflexión.

En tal sentido es evidente que uno de los errores más comunes es la querer establecer la existencia de un "pensamiento universal", mucho más peligroso cuando esos supuestos generadores de dichas filosofías no han podido despegarse de prejuicios raciales que los llevaron a despreciar a los habitantes de América, Asia y Africa.

Alcira Argumedo cita a varios filósofos europeos, los cuales no ocultaban su desdén hacia los nativos de América. Kant decía en 1775: "El pueblo de los americanos no es susceptible de ninguna forma de civilización. No tiene ningún estímulo, pues carece de afectos y pasiones. Los americanos no sienten amor, y por eso no son fecundos. Casi no hablan, no se hacen caricias, no se preocupan de nada y son perezosos...incapaces de gobernarse, están condenados a la extinción"

Por supuesto que estas ideas no hacían otra cosa que justificar el saqueo y el exterminio en las regiones periféricas, lo más grave de estos razonamientos se produce cuando logran captar mentalidades en esos lugares remotos, y los propios intelectuales se convierten en denostadores profesionales de su propio pueblo y cultura, anhelando una "civilización" que es sólo posible por la expoliación de su continente.

Argumedo realiza un interesantísimo paralelo, casi simultáneamente a la frase de Kant, en América se produce el levantamiento de Tupac Amaru para refutar las ideas del europeo, combatiendo la esclavitud impuesta por los "civilizadores", los que reprimieron salvajemente la rebelión indígena.

Pero lo que no entendieron los filósofos europeos, sí lo comprendía cabalmente el indio Tupac Amaru cuando en una sencilla fórmula dijo a un funcionario español: "Aquí no hay sino dos culpables: tú, por oprimir a mi pueblo, y yo por querer liberarlo..."

Desde ahí en adelante se confrontarán dos sistemas de ideas, la de los sectores populares que muchas veces se transmiten oralmente de generación en generación, y por otro lado los sectores nativos permeables al pensamiento colonial europeo, conformados por los criollos de mejor posición económica y ciertas capas intelectuales que pudieron vivir al calor de la cultura oficial permitida por el poder.

Hegel fue otro filósofo europeo crítico de las poblaciones americanas: "Los aborígenes americanos son una raza débil en proceso de desaparición. Sus rudimentarias civilizaciones tenían que desaparecer necesariamente a la llegada de la incomparable civilización europea. Y así como su cultura era de calidad inferior, así quienes siguieron siendo salvajes lo fueron en grado sumo; son las muestras más acabadas de la falta de civilización...A los europeos les tocará florecer una nueva civilización en las tierras conquistadas...Mansedumbre e inercia, humildad y rastrera sumisión frente al criollo y más aún frente al europeo, son el carácter esencial de los americanos, y hará falta un buen lapso de tiempo para que el europeo consiga despertar en ellos un poco de dignidad"

Bajo estos conceptos los americanos quedaban al margen del mundo y por lo tanto el colonialismo se justificaba bajo el disfraz de la mentirosa civilización.

A ese proyecto colonial se enfrenta otro que surge desde las mismas profundidades del pueblo americano y la encarnación de ese proyecto en los sucesivos líderes que lucharon contra los intereses imperiales. Bolivar comandó ese proyecto americanista, que se fundaba en la democrática participación de todas las clases sociales y razas interesadas en sacudir el yugo.

En México, Hidalgo y Morelos, lucharon no sólo por la independencia sino también por la igualdad social, esta última fue uno de los objetivos primordiales de José Gervasio de Artigas, convertido por obra de la desfiguración histórica en prócer uruguayo, cuando fue uno de los más importantes caudillos americanos, que realizó una auténtica revolución social y por eso se ganó el odio de la oligarquía porteña.

Artigas comprendió el sentido de la democracia como pocos en su época, siendo mucho más progresista, para usar una palabra actual, que muchos supuestos revolucionarios europeos, democratizó la sociedad no sólo con la integración de indios y negros, sino que delineó una democracia económica con el reparto de tierras, que aún hoy resulta muy evolucionado para los timoratos políticos latinoamericanos.

Aún el pensamiento europeo más avanzado como el de Karl Marx no logró comprender el problema colonial, Marx tuvo expectativas por el rol civilizador que pudiera tener el imperialismo en determinadas colonias, aunque también es justo señalar, que supo modificar algunos de sus puntos de vistas. Lo que no modificó fue su desprecio hacia Bolivar en un olvidable trabajo sobre el gran caudillo americano.

Las primeras décadas del siglo XX también mostraron el ímpetu transformador en las masas populares que tuvieron su más alta expresión en la Revolución Agraria mexicana, liderada por Zapata y Villa. En tanto en Argentina, el yrigoyenismo en tanto expresión de la clases medias introdujo la democracia y las primeras leyes sociales colocando un límite al poder oligárquico. En el Perú, el aprismo daba contención a las rebeliones campesinas con un programa social y antiimperialista. En tanto Nicaragüa mostraba al mundo el ejemplo de Augusto César Sandino en una lucha desigual contra el imperialismo norteamericano.

Lo que nos muestra la autora que a pesar de la existencia de una ideología liberal y falsamente modernizante adoptada por las clases gobernantes y por cierta intelectualidad de clase media, a lo largo de toda la historia de América Latina, los sectores populares y los líderes surgidos de su seno, lejos estuvieron de aceptar mansamente las imposiciones imperiales. Además de aquellas luchas y de las actuales surge una riqueza de ideas que deben ser el combustible de nuestra presente reflexión y la búsqueda de la identidad.

Alcira Argumedo analizará en profundidad los pensamientos surgidos en los países centrales y que tuvieron una gran influencia en nuestro continente, no nos extenderemos demasiado sobre este punto, donde se explican el liberalismo político, el liberalismo económico diferenciado del anterior, y el marxismo. También se avanza sobre actualizaciones surgidas en tiempos posteriores, el pensamiento de Max Weber sobre el liberalismo político, como reacción y crítica al marxismo y el keynesianismo como actualización del liberalismo económico.

En la década del 80 del siglo XX, donde comienza la denominada Revolución Conservadora con Reagan en los Estados Unidos y Margaret Teacher en Inglaterra, el liberalismo adquirió su perfil más salvaje, se hizo ostensible la cada vez menor participación del pueblo y la mayor influencia de los grupos de poder, es decir las grandes corporaciones participando en las decisiones políticas, en tanto los políticos pasaron a formar parte de la plantilla de empleados de esas grandes empresas monopólicas.

Esta política era acompañada con decisiones que castigan a los sectores de menores recursos, las privatizaciones realizadas no sólo en América Latina sino que también en Inglaterra, desalojaron del mercado de trabajo a millones que difícilmente puedan reinsertarse nuevamente.

Para los que pudieron conservar el trabajo los oligopolios y sus socios en el gobierno le tenían preparada la llamada flexibilización que no era otra cosa que la liquidación de las conquistas laborales.

Este viejo pensamiento, presentado como nuevo, se lo conoce popularmente como neo-liberalismo que también tuvo su ideólogos como Milton Friedman que decían: "La libertad es un objetivo defendible tan sólo para individuos responsables. No creemos en la libertad para los locos o los niños. La necesidad de trazar una línea entre individuos responsables y otros es inescapable, y esto significa que hay una ambigüedad esencial en nuestra meta final de la libertad. El paternalismo es inevitable para con aquellos a quienes nosotros designamos como no responsables"

El neo-liberalismo ha descartado la democracia, sólo basta seguir las decisiones del gobierno de Bush (hijo), o de Blair en Inglaterra, para constatar que existen ciudadanos de primera y de segunda, a los que Friedman llama los no responsables.

En América Latina ese neo-liberalismo en lo económico tomó la forma de sangrientas dictaduras militares que tuvieron en Pinochet en Chile y a Videla en Argentina, dos expresiones del salvajismo al que podían llegar las oligarquías nativas en alianza con los poderes imperiales. En nuestro país como en muchos otros, se conformó un sistema de dependencia a través de la Deuda Externa que hipotecaría el futuro del país a muy largo plazo.

Pero frente a esa confluencia de poderes económicos y políticos se levanta una perspectiva popular latinoamericana que viene planteando desde la profundidad de nuestra historia un proyecto que nos inculca el respeto a la diversidad de razas y orígenes que es propio de nuestra identidad cultural, la justicia social como mecanismo igualitario para superar la diferencias siempre presentes en nuestras sociedades y la defensa de nuestra soberanía nacional, sin lo cual lo demás es impensable.

Para la obtención de los postulados mencionados debe emprenderse un control popular y democrático de los recursos productivos estratégicos, que han sido mal vendidos o regalados en los últimos tiempos, sólo con la democratización del poder económico y financiero es posible revertir la situación de pauperización creciente de la sociedad latinoamericana. Gobiernos que plantean que realizarán "cambios profundos" pero que se resisten a rozar el poder de los grupos económicos nativos y las multinacionales no son más que tramposos mecanismos de politiquería que no tardarán en ser desenmascarados más tarde o más temprano.

Como dice Alcira Argumedo: "Todo proyecto que pretende alcanzar una redistribución del poder social , de ampliar los márgenes de justicia, integración y bienestar de las mayorías, debe revisar los derechos a la propiedad de los recursos productivos estratégicos y el concepto liberal de propiedad privada inviolable"

Los lineamientos permanentes de la Historia Latinoamericana nos mostró que las aspiraciones de dignidad y justicia de los sectores populares que conforman la inmensa mayoría, se estrellaron con la alianza imperial-oligárquica que impidió el desarrollo de esos anhelos.

En ese conflicto, Alcira Argumedo, señala que no puede afirmarse que las clases populares carecen de una conciencia que les hace aceptar mansamente el dominio de los opresores, por el contrario, a lo largo de la historia han existido épocas de espectaculares rebeliones de masas, seguidos de otros de retracción, pero aún en los momentos de baja es posible detectar conductas lejanas a aceptar el dominio oligárquico. Cabe remarcar que estas épocas de mayor mansedumbre se dieron luego de las innumerables masacres con las cuales los poderosos quisieron acallar los aires de cambio.

En el plano de la educación y la cultura, las minorías gobernantes han conformado un aparato ideológico que abarca la enseñanza en todos los niveles, la distorsión histórica, la compra o alquiler de partidos políticos y los medios de comunicación que buscan ocultar, disimular o distorsionar la resistencia activa, pasada y presente, de las clases populares y de aquellos escasos trabajadores de la cultura que se pusieron al servicio de su pueblo.

La autora es partidaria de la revalorización de la Democracia pero no en el sentido acotado que le otorga el liberalismo, si como mecanismo de la soberanía popular que también implique una real distribución del poder económico, sin lo cual, la democracia se transforma en una farsa que sólo se manifiesta en el clientelismo político, que dejan a los partidos a merced del mejor postor. En esa visión se produce una confluencia donde igualdad y libertad van de la mano, sin contradicción alguna como falsamente plantean algunas doctrinas políticas.

Otro aspecto que no es posible soslayar es el papel del Estado que debe ser el necesario contrapeso que coloque límites a los poderes económicos extranjeros o nacionales, en vez de constituirse como lo fue por largos períodos el garante de las ambiciones desmedidas de los sectores del privilegio. Además el Estado deberá retomar funciones, como la de los servicios públicos que fueron enajenados en momentos de sumisión a los dictados externos. A su vez ese Estado tiene que desarrollarse dentro de una democracia participativa que combata la aparición de burocracias que impiden su actividad.

En la última parte del libro, Argumedo reflexiona sobre el futuro y la perspectivas que se abren, debe tenerse en cuenta que la fecha de aparición de la primera edición del libro fue en 1992, por lo que pueden darse algunas circunstancias diferenciales a partir de los años transcurridos.

Ha concluido la etapa histórica iniciada luego de la Segunda Guerra Mundial, que derivó en un mundo con dos sistemas políticos enfrentados y que estaban representados por los Estados Unidos y la Unión Soviética. Desde hace unos años vienen surgiendo nuevos polos de poder como Japón, Europa y China.

La carrera armamentista que tuvo un particular empujón durante la presidencia de Reagan, llevó a la Unión Soviética a un punto en que no pudo sostener ese despilfarro y colocó en peligro al resto de la economía y al sistema en su conjunto. En esa loca carrera y ante la sorpresa de la mayoría, el sistema comunista se desplomó.

Pero lo que sostiene Alcira Argumedo, al contrario de la posición de muchos intelectuales que hasta vieron el "fin de las ideologías" y un triunfo espectacular del capitalismo, es que los Estados Unidos también se debilitaron, señalando entre otros síntomas, el creciente déficit de su presupuesto, los descontrolados gastos militares y los fracasos en proyectos como los llevados a cabo por la NASA. A estos podríamos agregar algunos aspectos surgidos últimamente como los ataques terroristas, las guerras de conquistas tan impopulares en gran parte del mundo y los desastres naturales que no encuentran la debida respuesta por parte de sus autoridades.

La teoría desarrollada por Alcira Argumedo no deja de ser original e interesante, cuando la mayoría de los intelectuales sostuvieron que la caída del muro de Berlín dio paso a un mundo unipolar, la autora sostiene que se conformó un "nuevo policentrismo internacional".

Pero paralelamente los países coloniales y semi-coloniales sufrieron una embestida de las naciones centrales tendiente a liquidar cualquier proyecto soberano, mediante mecanismos viejos y nuevos, a través de los golpes militares, la deuda externa, las privatizaciones y la imposición de políticas que beneficiaban a las minorías y perjudicaban a las inmensas mayorías, las cuales eran sostenidas por los organismos internacionales como el FMI, convertido en policía mundial.

Muchas de las políticas implementadas en los países periféricos se sostenían bajo la promesa que en el futuro se produciría una supuesta mejora de las condiciones generales de los pueblos. La experiencia Argentina mostró a un país obediente por más de una década a las "sugerencias" de estos organismos internacionales, las consecuencias fueron nefastas y explotaron en diciembre de 2001, donde la mentira quedó expuesta con toda crudeza. El capitalismo que nos proponían destruyó el país y sólo unos pocos fueron invitados al festín que se llevó a cabo entre las ruinas del país.

El capitalismo salvaje condujo a una "feudalización" de nuestras sociedades, donde un grupo minoritario y privilegiado vive rodeado de un inmenso mar de masas hambrientas sin sistemas educativos, ni sanitarios. Estas condiciones provocan inexorablemente un incremento alarmante de la inseguridad que llevan a esas minorías a intentar amurallarse y aislarse del resto de la población, y consecuentemente a pedir a las autoridades "mano dura".

También los países periféricos expulsan a su población al no garantizarles mínimas condiciones de subsistencia, por lo que se produce un traslado hacia los países centrales, los cuales han desarrollado nuevas formas de discriminación para evitar que esos "extraños" ingresen en su mercado laboral.

Y así se produce en los países centrales, también una forma de feudalismo donde tratan de encerrarse ante la invasión de millones de desesperanzados que buscan un sitio en el mundo donde poder mantenerse. Esta discriminación creciente es silenciada por gran parte de los medios de comunicación, y muchas veces deriva en formas de neo-fascismo que muestra todo su odio al extranjero, particularmente hacia africanos, asiáticos y sudacas.

Cualquier proyecto futuro que tenga por objetivo el mejoramiento de la situación de los desprotegidos y de la población en general debe ser diseñado democráticamente y mediante el consenso de la mayor cantidad de sectores posibles. Es necesario contemplar nuevas formas de propiedad que permitan la participación de cooperativas, la autogestión y cogestión, las universidades y las asociaciones de profesionales, de igual forma que los sindicatos, que también deberían democratizarse.

La producción debe atarse a la investigación, a la vez que deberá elegirse aquellas ramas donde convenga al país iniciar un desarrollo sostenido, es indispensable la existencia de un consolidado mercado interno con capacidad de compra, para lo que es importante mantener como meta constante la redistribución de la riqueza que ponga límites a las desigualdades sociales.

Pero los proyectos económicos por más justos que sean no serán eficaces si no se desarrollan en un marco general que contemple como objetivo primordial la educación, garantizando su gratuidad y excelencia. Sólo la inversión en educación dará sustento al resto de las políticas.

Estos lineamientos deben integrar el concepto de Unidad Latinoamericana: "Un nacionalismo latinoamericano diverso y solidario, respetuoso de las peculiaridades y las autonomías de las naciones y de sus culturas, etnias y regionalismos internos. Una integración sustentada sobre el reconocimiento de la dignidad de los otros, capaz de respetar y enriquecer las disímiles memorias y tradiciones populares en una nueva identidad que no las niegue"

Pensar el país es un ejercicio que deben hacer los intelectuales, como maravillosamente lo hace Alcira Argumedo en este libro, especialmente por parte de aquellos que tienen sus oídos atentos a los reclamos de la mayoría de un pueblo sumergido que busca horizontes de mayor justicia. Muchos otros, sólo dirán lo que los poderosos quieran escuchar, convirtiéndose, más allá de los premios y dádivas que puedan obtener, en mercenarios a sueldo de las minorías privilegiadas responsables del sufrimiento de nuestro continente.

El pensamiento nacional y popular debe llegar a todos los rincones de nuestra educación, nuestros niños y jóvenes deben aprender de él, antes que de la televisión y su mensaje individualista y carente de solidaridad. Debemos enseñarles a pensar por sí mismo y a desconfiar de los mensajes de los poderosos de turno, sólo así lograrán la auténtica libertad y construirán un país más justo.

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