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El Forjista

Juana Azurduy, generala de Bolivia y Argentina

 

Capítulo 9 - El mayor dolor

 

 

Apenas acompañada de dos o tres leales abandona el refugio, buscando otro lugar donde guarecer a sus hijos.

Manuel su hijo mayor cae enfermo de paludismo, mientras Padilla es informado erróneamente que su esposa e hijos fueron detenidos, en compañía del fiel Huallparrimachi se reúne con otros caudillos para pedirles que le ayudaran a rescatar a su familia, pero nadie se ofrece a colaborar en la búsqueda.

Entonces mandó emisarios a pedir la ayuda al cacique Cumbay, pero sin esperar la respuesta partió desesperado en búsqueda de su familia.

Mientras tanto su otro hijo, Mariano, también es afectado por la enfermedad, la tragedia se abate sobre la familia cuando fallece Manuel de siete años, su madre recibe el golpe más tremendo, más aún cuando también su otro hijo muere de la misma enfermedad, la lucha por la libertad de su patria se ha transformado en un calvario que no parece tener fin.

Ella misma cava la tumba de sus dos hijos en la tierra mojada por sus propias lágrimas, con el inmenso dolor de sus partidas y con la incertidumbre de no saber si su esposo aún vive.

Para incrementar su desesperación un colaborador indígena al que le había encargado que llevara a un lugar seguro a sus dos hijas Mercedes y Juliana, no había regresado.

Parte sola en búsqueda de sus dos hijas cuando por casualidad se encuentra con Padilla y Huallparrimachi, a los que debe relatar la inmensa desgracia que castigó a su familia, además debe soportar la primera reacción de su esposo que la culpó a ella.

Padilla no tardó en disculparse y hasta su muerte, una y otra vez, reiteró esas disculpas, aunque ella entendió esa furiosa reacción cuando el desconsuelo impide pensar con claridad.

Con razón la periodista e historiadora María Seoane escribió: “Ninguna perdió tanto ni lloró tanto mientras combatía” y agregó: “Ninguna parió la patria en un parto tan prolongado ni tuvo un destino tan trágico, sólo comparable con el vía crucis maldito del cadáver de Evita, o de las revolucionarias de los años 70, secuestradas, torturadas y sus hijos robados por el Estado terrorista”.

Dionisio Quispe que tenía la responsabilidad de cuidar de las hijas del matrimonio traicionó la confianza que en él había depositado Juana y las tenía prisioneras en complicidad con los realistas.

El matrimonio con ayuda de sus guerrilleros pudo rescatarlas, pero ambas estaban también contagiadas de paludismo y fallecieron para aumentar la despiadada desgracia que caía sobre ese matrimonio que en poco tiempo perdió a sus cuatro hijos.

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