El Forjista

 

Hernán Benítez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hernán Benítez procedía de una familia dueña de tierras en el norte de la Provincia de Córdoba en la cercanías del municipio de Villa Tulumba, pero extrañamente su padre se cansó de la vida en el campo y terminó cediendo las tierras a los puesteros para instalarse en la ciudad capital de Córdoba donde se estableció con un almacén de Ramos Generales.
Así contaba Benítez su vida en la ciudad de Córdoba en los años infantiles: “Mi padre era el dueño de la Artística en Córdoba, allí se vendían desde cuadros hasta maquinarias. Murió en 1915 de una pulmonía doble, y mi madre me internó en el Corazón de María dos años, el 16 y el 17, como a mis hermanas, que fueron a las mercedarias. En verano no íbamos a Tulumba, porque mi madre era enemiga de la gente de allí. No podía pasar a los tulumbanos, le chocaban muchísimo. Mi abuelita y tía María no decían una palabra, pero debía dolerles terriblemente que a los chicos, quienes nos idolatraban, nos llevasen a Pilar de Río Segundo, quedando la casa solariega vacía de vacaciones”.
Su madre viajaba mucho porque había inventado un método para aprender Corte y Confección, el cual le había dado buenos resultados lo que le permitía un buen  pasar económico.

Los jesuitas

Desde muy chico tuvo la obsesión de convertirse en jesuita, a tal punto llegaba su decisión que a los 12 años escapó de su casa para incorporarse a la Compañía de Jesús, al mes siguiente su hermano Enrique siguió su camino. En tanto su madre y sus hermanas se instalaron en Buenos Aires.
Aún antes de cumplir los 21 años debió enfrentar a su madre en los tribunales ya que ella quiso retirarlo de la Compañía, pero como el Juez decidió de manera favorable a los deseos de Hernán pudo seguir con la que era su vocación, cuando escuchó la decisión en el juzgado se acercó a su madre y le dijo después de darle un beso: “Te gané, vieja”.
Pero a pesar de su disposición a ingresar a la Compañía no tardó mucho tiempo en sentirse desilusionado por el trato estricto que recibía por parte de los sacerdotes, y por la ausencia de la más elemental libertad. Benítez sostenía que los jesuitas no se habían notificado de la Revolución Francesa: “Para la Compañía no había pasado el lema Libertad, Igualdad y Fraternidad, y Mirabeau tampoco ¡no había pasado la Revolución Francesa! Se vivía en mi tiempo como en el siglo XVI. Y si uno lo decía, iba contra las reglas de San Ignacio, que era más que el Evangelio. ¡Le cobré un odio!”.
Varios años después explicó la incómoda situación que vivió con los jesuitas: “Yo nunca le tuve mucho amor a la Compañía, ni a San Ignacio; nunca. Tenía desde niño una repugnancia tremenda a los grados. Pero no podía renunciar porque era renunciar a mi sacerdocio, a mi preparación sacerdotal. Un hecho me entraba por los ojos, que en mi casa no había visto. La Compañía se desenvolvía como cuatro siglos atrás, cuando la sociedad estaba constituida por la corte, los militares y el clero, y el pueblo analfabeto estaba más cerca de la bestia. Hay una regla de la Compañía, normal en el siglo XVI: el hermano coadjutor no debe hacer más estudios porque, de todos modos, ellos serán sirvientes, van a actuar como enfermeros, porteros, sacristanes, roperos. San Ignacio era un hombre de clase y cortesano, así como sus compañeros. Borgia el tercer general de la Compañía, era bisnieto de Alejandro VI, el papa Borgia; tenían antecedentes bastante sucios, ¡pero muy nobles! Los hijos de Borgia, cuando fue papa, no pudieron ser peores, porque fueron criminales”.
Pero a pesar  de su desilusión, fue un alumno destacado al punto que al comenzar  el segundo año le avisaron que ni bien concluyera el año viajaría a Europa a rendir teología y a estudiar historia de las religiones, pero la noticia que en cualquier otro hubiese sido motivo de júbilo en él no provocó ningún entusiasmo. Optó por rechazar la invitación, la respuesta jerárquica consistió en un castigo que le impidió continuar con sus estudios de teología y lo condujo obligadamente al Colegio Máximo en Santa Fe, lo cual significó el primero de sus destierros en la Orden. 
Con la segunda República española y el comienzo de la guerra civil muchos jesuitas españoles llegaron a la Argentina, al concluir el conflicto en 1939 con el triunfo de los falangistas, muchos de ellos regresaron a su país provocando vacantes que debieron ocuparse de apuro, de esa manera cuando no había terminado cuarto año Benítez debió enseñar en el seminario de Villa Devoto.
A pesar de su disconformidad y sus rebeldías, esto no le impidió crecer en el seno de la Iglesia y de la Compañía, así fue que el viernes santo de 1942 en la iglesia del Salvador, Benítez pronunció un sermón que duró tres horas y que fue transmitido por Radio Municipal, esa intervención le hizo ganar prestigio como un gran orador, un tiempo después se enteró que el Coronel Perón escuchó ese sermón. Lo supo por boca de propio militar a quien conoció tiempo después y con quién no tardó en entablar una relación amistosa.
Junto otro sacerdote de apellido Wilkinson fue un activo adherente a la revolución que estalló el 4 de junio de 1943, según el historiador norteamericano Roberto Potash, Benítez fue el redactor de algunos documentos del GOU, que fue una logia militar en la que participó Perón.
El gobierno surgido de la revolución impuso la enseñanza religiosa en las escuelas públicas, Benítez estaba en ese momento de acuerdo con la medida, pero más adelante la consideró errónea.
Una de las actividades que realizó con mayor dedicación fue la de escribir, lo hizo en la revista católica Criterio, había entablado una cordial relación con el director, Monseñor Franceschi, que daba clases de sociología en el seminario, cuando el Monseñor decidió publicar sus obras completos lo eligió para escribir el prólogo, luego estos dos sacerdotes se distanciaron cuando Benítez decidió apoyar al peronismo, en tanto Franceschi lo enfrentó. Benítez comentó risueñamente que seguramente en muchas oportunidades el monseñor hubiera querido arrancar las páginas del prólogo.

Conociendo a Eva Perón

En 1944 las autoridades eclesiales le pidieron que predicara los sermones de Cuaresma, los que eran transmitidos por Radio Belgrano, la tarde del Viernes Santo una mujer lo observaba desde atrás del vidrio, al finalizar con su sermón se le acercó emocionada, Benítez se enteró que se trataba de una artista que trabajaba en el radioteatro de la radio, la mujer le dijo que necesitaba realizarle una consulta y le preguntó donde podía atenderla, la actriz le dijo que era urgente y quedaron en encontrarse el domingo a las 16 horas en el Colegio El Salvador.
Benítez no se presentó al encuentro y la dejó plantada. A mediados de 1945 Benítez concurrió a entrevistarse con Perón a su departamento de la calle Posadas, cuando se despedía Perón le anunció que su esposa quería conocerlo, Evita entró y le dijo: “Usted me conoce de Radio Belgrano. Me citó al Salvador. Y me dejó plantada ¿No se acuerda? Claro que si yo hubiera sido una Anchorena…”
En repetidas oportunidades Evita le recordó su incumplimiento, sin embargo, siempre lo hizo con amabilidad y como además tenía razón, Benítez nunca respondió, éste recordaba el incidente: “Quien me hubiera dicho que pocos años después, aquella pobrecita niña a la que planté por no apellidarse Anchorena moriría en mis brazos, convertida en figura mundial. Y el día en que muera yo, si alguien publica mi muerte, dirá sólo estos: ‘Ha muerto el confesor de Eva Perón’. La brizna de nombre que deje en el mundo, si dejo alguna, la deberé a quien dejé plantada en el Colegio del Salvador…”
Los mayores problemas para Benítez comenzaron cuando Perón lo designó en 1947 como representante ante el Papa y el general Francisco Franco para organizar el viaje de Eva Perón a Europa.
España tenía varios inconvenientes, si bien se había declarado neutral era evidente la simpatía de su gobierno con el Eje, para acomodarse al nuevo orden le declaró la guerra a Alemania cuando ya se encontraba prácticamente derrotada.
Además la situación económica, luego de la guerra civil y la Guerra Mundial, era desesperante, muchos españoles padecían hambre y el gobierno necesitaba todo el apoyo que pudiera recibir. En ese marco Franco invitó a Perón a visitar el país.
Realizaron una reunión en la residencia presidencial de la calle Austria entre Perón, Eva y Benítez, decidieron que no sería el presidente quién concurriría alegando que se encontraba en el primer año de gobierno y eran muchas las tareas que necesitaban de la atención de Perón y decidieron que fuera su esposa la que viajara. El sacerdote se ofreció para realizar discretas gestiones para que el viaje también se extendiera al Vaticano y Francia.
Benítez viajó antes para preparar el viaje de Eva, en España no tardó en darse cuenta de la gran diferencia que existía entre el peronismo y el franquismo, mientras el primero se asentaba sobre la clase obrera, el régimen español respondía a los intereses de aquellos sectores más adinerados. Franco se cuidó muy bien que las ideas de justicia social que promovía el peronismo no fueran difundidas por la prensa.
Franco lo recibió a Benítez y se sintió aliviado al enterarse que Argentina había aceptado su invitación y que sería la esposa del presidente quién viajaría. Para que Evita pudiera entrevistarse con el papa Pio XII se reunió en Roma nada menos con quién después sería el papa Paulo VI con el cual entabló una amistad. Benítez llevaba una carta de Perón que trataba de cambiar la imagen de su gobierno que era calumniado por los medios de comunicación dóciles a  la propaganda norteamericana. Perón le recordaba al papa que fue su gobierno quién restauró la enseñanza religiosa en las escuelas públicas. También el gobierno argentino ofrecía donaciones para sectores necesitados que serían entregados ahí donde la Santa Sede dispusiera. El papa accedió a recibir que la señora en una visita oficial con protocolo de jefe de estado.
La participación de Benítez en la organización del viaje de Evita despertó una gran resistencia incluso dentro de la institución de los jesuitas. El superior de la orden Jean Baptiste Jassens había autorizado el viaje de Benítez en tanto se limitara a lo social y lo religioso y no incursionara en lo político, le impuso una serie de normas que debía cumplir de manera estricta, entre ellas figuraba la condición que no debía aparecer en público ni escribir los discursos de la primera dama.
Luego de la entrevista en el Vaticano regresó a España desde donde le escribió dos cartas a Perón, el 23 de mayo de 1947 le informaba que la reunión en la Santa Sede había sido muy satisfactoria, aunque en la segunda del 10 de junio le dice que había encontrado en el Vaticano un clima contrario al gobierno argentino por que “Las oligarquías han arrojado espesas nubes de calumnias e injurias”, sin embargo lo tranquiliza señalando que esa atmósfera había sido diluida.
El 9 de junio de 1947 Eva Perón es homenajeada por Francisco Franco quién dio un discurso, a continuación lo hizo la invitada, luego se asomó a los balcones para saludar a quienes se habían congregado para ovacionarla, Eva improvisó otro discurso. El último día del itinerario español Evita le dijo a Benítez llorando de la emoción porque la tocaba muy hondamente: “¡Que a mí, una india de Los Toldos, una bastarda, hagan esos homenajes!”.
Eva siguió con su gira en Italia, Benítez permaneció en Madrid, la esposa del presidente argentino hizo infructuosamente el intento para que se le permitiera al sacerdote  acompañarla, pero su congregación no se lo permitió, sin embargo Benítez recibía un detallado resumen de los sucesos de la gira, de la entrevista que Eva tuvo con el Papa se supo que el pontífice le enviaba saludos al Gral. Perón al que además felicitaba por su obra y por sustentarla ideológicamente en la doctrina social de la Iglesia como el propio Perón afirmaba.
El 28 de junio Benítez le escribía a Eva: “Son en estos instantes las 19 horas y no he tenido noticia alguna de Berna. Esto me hace sospechar  que el Padre General no ha autorizado mi viaje, y acaso no haya querido recibir al embajador”.
Luego de la reunión con el Papa, Benítez le decía: “…Adivino que la entrevista con el Romano Pontífice ha sido fría y prácticamente sin resultado ninguno… No tengo que expresarle todo el dolor que me embarga el alma al no poder ir a su lado, por prohibición de mis superiores. V. E. puede ver qué dura, qué terriblemente dura resulta a veces la obediencia sacerdotal. Sólo por amor de Dios puede uno tolerarla”.
Sin embargo Eva intervino ante el Vaticano para que se le permitiera viajar a Italia, al final Benítez fue autorizado por Jassens para que viajara, pero sólo por un día y con la mayor discreción.
Era necesario realizar unas gestiones para que Eva pudiera visitar Francia, extrañamente quién ayudó a Benítez en esta gestión fue nada menos que el Secretario General del Partido Comunista Italiano, Palmiro Togliati quién colaboró para que el gobierno francés aceptara recibir a Eva Perón, para lo cual Benítez se había entrevistado en Lyon con el secretario general del Partido Comunista Francés por recomendación de su par italiano, cuando el primer ministro francés alegó que la visita de la primera dama argentina no podía ser oficial por la resistencia del comunismo, Benítez extrajo una carta del máximo dirigente del comunismo francés que afirmaba que no tenía ningún inconveniente en que el gobierno recibiera a Eva Perón.
Esta situación muestra hasta que punto Benítez carecía de prejuicios y además que por sus convicciones estaba dispuesto a arriesgarlo todo. La organización de este viaje le costó muy caro, no sólo afectó su carrera en la Iglesia sino también su salud.

El destierro

Le llovieron críticas de todo tipo, hasta su hermana Lydia se hizo eco de ese hostigamiento, cuando estaba aún en Europa le hizo llegar un periódico argentino que expresaba: “A cuantos se quejaron de la oratoria evaperonista del padre Benítez en España, se los tranquilizó afirmando que, en consecuencia, se le había prohibido hablar. Pero ¿se le ha prohibido actuar? ¡Oh eso no! Y como es difícil tener datos ciertos de lo que Benítez hace en Europa en cumplimiento de su embajada política para exaltar a Perón… ciertos católicos se dan por satisfechos. Benítez muestra, a quien quiera atenderlo, una credencial del presidente Perón, que lo transforma en embajador del país a que se presente. Desde ese instante cesan las funciones y atribuciones del señor embajador para quedar bajo la presentación de Benítez.(!) Esto es anticonstitucional…”
Y continuaba la diatriba: “Hemos tenido cartas de nuestras casas en España. Todas coinciden en que Benítez exhibió ese documento y otros más, privados del matrimonio Perón. Manifestó que estaba en continua correspondencia con el matrimonio presidencial, orientándolo en su política internacional. Se atribuye la dirección y programación del recibimiento otorgado a la señora Eva en España; mostró cartas que esta señora le había escrito contestando a su recomendaciones.”
Estos párrafos son por demás demostrativos de cómo los medios de comunicación al servicio de las clases dominantes son tan puntillosos cuando se trata de medidas de un gobierno popular. La visita de Eva Perón ayudó a incrementar el prestigio de un país pujante que estaba en pleno desarrollo, durante muchos años los españoles estuvieron agradecidos de la ayuda argentina en años de muchas necesidades, además ayudó a mejorar la imagen de nuestro país. Sin embargo los medios oligárquicos no dudaron en detenerse en minucias con el objetivo de denostar al gobierno popular, como no se animaban a cuestionar a la señora del presidente atacaban a este sacerdote que supo jugarse por una causa que era la de los más necesitados. No creemos por otra parte que Benítez se haya excedido en sus atribuciones, sólo hizo aquello que estaba dentro de sus posibilidades para que la gira fuera un éxito.
Le contesta a su hermana contando que también tuvo encontronazos con algunos miembros de la delegación: “… En suma, nadie en Europa ignora que he sostenido una verdadera guerra con ciertas personas adineradas que la rodean, que la comprometen y que han tratado de quitarle a sus visitas a Europa todo sentido trascendente y espiritual. Y este deber sacerdotal mío, cuyo cumplimiento era fundamental en mi vida, me ha tornado antipático no sólo a los que la rodean, sino también a ella”.
Una de las personas adineradas a las que se refería era el empresario naviero Alberto Dodero. Benítez ya avizoraba un tiempo donde sus superiores desatarían un castigo que buscaba ser ejemplificador: “No me extrañaría nada que mis ideas y mis hechos me lleven al martirio moral y que mis hermanos me condenen. Dios permitiéndolo o queriéndolo acaso, para que bañe con dolor lo que otros atrás de mi recogerán con gozo”.
El 7 de agosto de 1947 la máxima autoridad de la orden Jassens le envía una carta donde lo acusa de ser un fugitivo porque no podía encontrarlo en su gira por Europa, por eso lo insta a trasladarse hasta Salamanca en España donde debía esperar que la Orden decidiera sobre su futuro, de esta manera Benítez comenzaba a padecer de un destierro que agravado por  problemas físicos se convirtió en un calvario.
En una carta que le envió a Eva Perón le expresaba todo sus sufrimiento: “La soledad, el confinamiento, el hallarme enterrado en un pueblo sucio, falto de ambiente, sin poder trabajar, me ha acarreado una neurosis tan angustiosa que por momentos me parece enloquecer. Mi hermano ha llegado providencialmente enviado por usted  cuando mi estado  era desesperante. He bajado nueve kilos, padezco insomnios, y una tenaza de hierro parece que me estrangula el cerebro”.
En España conoció a Inés de Jesús que tenía en ese momento 86 años y que era hermana de Teresita de Lisieux, una religiosa que había escrito un libro que tituló “Historia de un alma” en el cual relataba sus padecimientos por la severidad de la madre superiora. Teresita murió a los 24 años de tuberculosis, Benítez encontró en su ejemplo cierto alivio, pues se sintió identificado con las penurias de Teresita y encontró una manera de distraerse escribiendo un libro sobre la vida de la religiosa que tituló “La amada del mundo”.
El febrero de 1948 le pidió a Jassens su secularización es decir su alejamiento de la Compañía fundamentando su solicitud: “Mientras permanezca en la Compañía me amenaza a juicio médico un tercer ataque de fatales consecuencias, y es imposible la medicación necesaria”. Estas palabras mostraban hasta que punto podían llegar las autoridades eclesiásticas en los castigos que disponían, muchos de los cuales parecían propios de la Edad Media.
Le concedieron su secularización y esperó un año para escribirle a Jassens cuestionando el trato inhumano que había recibido: “El 16 de febrero, cuando en Roma la SC de R me otorgaba el decreto de secularización, me hallaba yo en Madrid, fuera de las Casas de la Compañía, en cama, inconsciente, bajo el efecto de las inyecciones, a once mil kilómetros de mi país, absolutamente sólo, bajo persistentes crisis de terror y lágrimas, forzado a abandonar la Compañía a la que había pertenecido por espacio de treinta años, sin una carta de VP ni de nadie que, cuando menos, me diera las gracias por los servicios prestados, sin una visita ni un llamado telefónico de mis ex hermanos. Había caído herido por cumplir una obediencia que VP había previsto sería ‘muy dura y meritoria’… Pero yo aseguro a VP -¡Dios me oye!- que una sola palabra de amor de VP, o una ocupación conveniente o una dilucidación de las cosas habría evitado mi enfermedad… y hubiera podido trabajar alegremente en cualquier rincón de la tierra adonde no se me condenase a inacción, misterio, incertidumbre, aislamiento de mis superiores; al tiempo que algunos de mis hermanos esparcían entre propios y extraños, con toda libertad e impunidad, un vendaval de rumores”.

De regreso al país

Al retornar a la Argentina fue designado director del Instituto de Publicaciones de la Universidad y fue consejero espiritual de la Fundación Eva Perón lo que le permitió continuar actuando muy cerca de Eva y continuar siendo su confesor. También se dedicó a escribir el libro “El drama religioso de Unamuno”, en el que dedicó uno de los capítulos a relatar sus padecimientos en el destierro español.
Es ese trabajo expuso su sufrimiento: “¡Terrible es asistir a una agonía del propio yo!... Todo cuanto puede ofrecer al turista de curioso y de interesante una antigua e histórica ciudad desaparece automáticamente para el desterrado, forzado a convertir en propio lo extraño. La calle histórica y la catedral medieval retruécanse en materializaciones del atropello que padece. Por eso acaso entre los romanos el destierro era temido por más cruel que la muerte… Exsul umbra, decían los latinos. Pero no consiste tanto el martirio en ser el desterrado sombra cuanto en sentirse sombra” “…Lo peor es que el desterrado pierde poco a poco la conciencia de su rectitud moral, al paso que van minando su salud terrores, neurastenias, manías persecutorias y angustia, angustia sobre todo… En fuerza de sufrir, llega a creer que acaso sus verdugos están en lo cierto y es justo el castigo”.
Benítez comprendió claramente el sentido de justicia social del peronismo y lo diferenció de la caridad que promovía la Iglesia, ésta última dependía de la voluntad de los sectores pudientes que daban parte de lo que les sobraba para aminorar los sufrimientos de los más necesitados y evitar que se rebelaran, no obstante la caridad nunca resolvía los problemas de fondo como sí lo hacía la justicia social que apuntaba a buscar una solución definitiva que se centraba en el trabajo.
En 1954 escribió un libro que tituló : “La aristocracia frente a la revolución”, ahí decía: “El plutócrata, si por una parte esclavizó a 10.000 obreros, por otra, construyó orfanatos para los hijos de sus esclavos, iglesias en memoria de sus muertos y acaso dotó espléndidamente a la chica de la camarera y con esto se cree redentor del obrero, se cree pobre mártir con relación a nosotros, peronistas deslenguados y encima ciegos para no ver sus filantropías y su mujer, la plutócrata, que empieza por cacarear sus beneficencias, sus horas tejiendo para los pobres, su ‘Asociación del hijo del obrero’ sostenida con tanto sacrificio, sus conferencias sobre mutualidades y si mal no viene su asistencia a congresos sociales. ¿Quién les hará entender que con todo esto no hacen sino engañarse y engañar? Porque todos sabemos, ellos mejor que nosotros, que su obrerismo es de forma y sabemos de su anti obrerismo de fondo y de su odio a la llamada chusma.”
Benítez sintió una auténtica admiración por Eva Perón, dice la historiadora que fue biógrafa del sacerdote, Marta Cichero: “La recordaba siempre emocionado, como la que se abrazaba al pobre y al leproso sin ascos ni distancias, extremando y exasperando esa entrega en lugar de debilitarla, después de alcanzar todo el poder”.
Leamos ahora al propio sacerdote manifestando todo la veneración que despertaba la obra inigualable de Eva: “Los derechos humanos no eran para Eva Perón, un rosario de bonitos apotegmas, ni de quiméricos ensueños. La defensa de esos derechos, cuando va de veras, importa un compromiso existencial, una toma de posición, una lucha cotidiana por un orden más justo. Ella no comprendía que pudieran defender de verdad los derechos humanos quienes usufructúan gozosos los privilegios de la sociedad individualista liberal. La defensa de los derechos humanos, desde la vida fastuosa, la mesa regalada y la mansión suntuosa, le parecía un insulto al pobre, a Cristo y al Evangelio. Su indisimulada enemistad con las castas privilegiadas oligarcas, jerarcas militares, altos prelados eclesiásticos, a Evita le nacía de no poder conciliar en su cabeza y menos en su corazón que quienes con las palabras defienden la igualdad y fraternidad entre los hombres la nieguen flagrantemente con sus vidas. Este comportamiento dual, bifronte, de enmascarar, a Eva la sacaba de quicio provocándole soflamas cargadas de virulencia. Solo un santo supo entenderla y me conmuevo al recordar el hecho de que fui testigo.’Siga, señora, en su lucha por los pobres pero no olvide que esa lucha cuando se emprende de veras, termina en la cruz’. Así le dijo, en agosto de 1947, el Nuncio apostólico de París que sería, años más tarde, el Papa Juan XXIII, El Bueno.”
Se adhesión al peronismo no le impidió señalar algunas discrepancias con el Movimiento, le solicitó a Perón que no limitara el accionar de la oposición pues decía, que la gente sola se daría cuenta de las ventajas del justicialismo y de las vacías propuestas opositoras. También detestaba la obsecuencia y el oportunismo de algunos que rodearon a Perón y Eva y que sólo buscaban beneficios personales. Pero todo esto no le hacía perder de vista lo fundamental, que era el compromiso del gobierno con los trabajadores y con la soberanía nacional.  

La muerte de Evita

Cuando Eva enfermó de cáncer, Perón le pidió a Benítez que la preparara para la muerte, el apoyo espiritual de Benítez fue constante, muchas veces ella lo convocaba para que rezaran juntos. El sacerdote decía: “Le dije mil veces a Eva Perón la frase de Cristo: ‘Lo que diste a los pobres, a mí me lo diste’, para fabricarle ese estado de ánimo. Yo distinguía muy bien lo que era la religión del cuerpo eucarístico de Jesucristo y la religión del cuerpo bioquímico de Jesucristo, el pobre. El que esté allí va a estar en el Evangelio, el otro estará en una religión puramente eclesial, aniquilada por la misma Iglesia que se ha hecho poder. Se necesitaba una gran fuerza para darse cuenta de que era un mundo que acababa, que iba en declive. Las formas de la Iglesia son pegajosas, inmóviles, la Iglesia siempre ha llegado tarde. No sé en qué términos sensoriales lo traducía Evita, pero lo traducía. Y esa comprensión le dio mucha paz”.
La muerte de Eva Perón provocó una gran dolor entre los sectores más humildes que tuvieron en ella a una defensora incondicional, tal vez por primera vez en sus vidas sentían que había alguien que ocupando una posición de importancia se preocupaba hasta el extenuación por sus necesidades más elementales. Esa movilización imponente determinó que las exequias duraran 16 días, el cuerpo de Eva descansó en la CGT hasta el golpe.
Luego del golpe de 1955 los dictadores además de usurpar el poder, profanaron el cuerpo de Eva Perón mostrando un miedo a su influencia sobre los humildes que los llevó a las aberraciones más detestables. En tanto la casa de Benítez fue allanada en varias oportunidades, en una de ellas los militares realizaron un despliegue impresionante pero logró escapar por los techos y también salvó una documentación importante que fue ocultada en la iglesia de San Patricio donde el 4 de julio de 1976 fueron asesinados tres sacerdotes palotinos y dos seminaristas.
Durante los años de la resistencia peronista publicó el periódico Rebeldía, el 20 de septiembre de 1956 le escribió a Perón, explicando entre otras cosas lo que había padecido por el enfrentamiento entre el peronismo y la Iglesia: “Puede Ud. imaginar mis sufrimientos de estos años al contemplar cómo fue formándose, impulsada desde la sombra, por los enemigos de nuestro movimiento de  justicia social, la tormenta artificial del diferendo entre Iglesia y Estado. El alto clero se dejó envolver por la oposición. Y vistió apariencias de lucha religiosa, la que no fue nada más que intriga política de los sectores de la burguesía, sobre todo la liberal e internacionalista. Hoy, creo, la Iglesia ha comprendido que se usó y abusó de ella, que luego de septiembre se la burló, y que el liberalismo, masonería y ateísmo militante, entronizado en todos los puestos expectantes, descristianizarán a corto plazo las conciencias juveniles, sobre todo en los colegios y universidades”.
Brindaba su homenaje a aquellos que habían caído en la lucha contra la tiranía de los ‘libertadores’: “Todos hemos perdido. La Iglesia, porque ha germinado en el corazón del pueblo un terrible y justo resentimiento contra ella. El pueblo, porque se le ha retrotraído a los tiempos del más furioso individualismo. Pero, como no hay mal que por bien no venga, el justicialismo argentino, al que no pudieron imponer en América la propaganda oficial, las revistas y las embajadas rentadas, lo ha impuesto el dolor de los peronistas de la diáspora o del destierro, lo han impuesto sus perseguidores, lo han impuesto nuestros mártires de Junio, nuestros heroicos mártires, cuya grandeza espiritual asombrará al mundo el día que sea conocida.”
Y mostraba como se mantenía atento en una posición militante, registrando minuciosamente las muchas diatribas contra el movimiento nacional: “He leído todos los libros publicados este año contra nosotros. Excepto uno, ‘El otro rostro del peronismo’ de Ernesto Sábato, hondo y sereno y digno de tomarse en cuenta, todos los demás ¡qué bazofia! ‘Ayer fue San Perón’, ‘Eva Perón la mujer del látigo’, ‘¿Qué es esto?’ deben ser analizados en institutos frenopáticos. Están hechos de odio demencial, de odio patológico. Ni que decir las gacetillas de escándalo de las no pocas revistuchas pornográficas que, tras nuestra caída, salieron enseguida a negociar con la infamia, la calumnia y la inmundicia. ¡Y gozan de absoluta impunidad! El furor de los pasquines, de las ‘Brigadas Investigadoras’, de los intelectualoides y de la prensa en cadena nos puede hacer un gran mal. No el que ellos quieren, el de pulverizamos y raernos de la faz de la tierra, sino el de que no meditemos sobre nuestros errores lo suficientemente o nos demos por muy satisfechos comparándonos con ellos. ¡Pobres de nosotros si la medida de nuestra grandeza es la chatura de nuestros enemigos!”
También aprovechaba la misiva para relatar su situación personal que estaba plagada de dificultades: “¿De mi vida? ¡Qué he de decirle! Me echaron de la cátedra el mismo día que los "libertadores" tomaron el mando. Y me hubieran echado también de mi Iglesia si ésta me reportara la menor ventaja. Como todo mi trabajo en ella lo hago gratis y encima sostengo el templo de mi bolsillo, no me han tocado. Tampoco habrían hallado –creo- un sacerdote dispuesto a aceptar este presente griego ni aun con pingües rentas de capellán. Ardían de ganas ‘los libertadores’ de pegar el grito en los diarios: ‘El Confesor de Eva Perón se robó millones, tiene tantos coches y tantas queridas...’ Durante meses las ‘Comisiones Investigadoras’ lo hurgaron todo en busca de algo suculento. Pero nada, nada. No hallaron absolutamente nada con que barullar. Se dieron con las puertas en las narices. No lo querían creer que jamás hubiera recibido un solo centavo ni de la Fundación, ni de Ud. o de la Señora, ni de nadie. Sin embargo, tenía yo que purgar mi peronismo, mi amistad con Ud. y con su señora, y mis escritos y discursos en favor del pueblo. Para esto proyectaron asesinarme. Como lo oye. Después de haberles fracasado otros medios, asaltaron mi casa en la madrugada del 12 de febrero. Me tuvieron a un paso de distancia. Me escapé de ellos, aquella noche, porque Dios es bueno y ellos fueron unos brutos. Cuatro meses los pasé escondido, jugando al juego del zorro. En mi casa hicieron cuanto quisieron. Una de las veces que la tomaron lo hicieron con dos grandes camiones del Ejército y veinte soldados con ametralladoras”
Sin embargo la persecución de la que era objeto también lo era de un indisimulado orgullo: “Si no hubiera sufrido persecución ninguna, me sentiría avergonzado ante el pueblo. Este lo ha enfrentado todo con heroísmo: las cárceles, incomunicaciones, torturas, hambres y aun el odio de los familiares. Lo peor son las traiciones y delaciones aun entre parientes. Para dividir a las familias de prestigiosos peronistas se está echando mano de todo, de anónimos al marido levantando sospechas de su mujer, o enamorando a ésta para arrancarle secretos y sembrar odios. El clima es de guerra intestina. El Gral. Tanco y el Capitán Bruno, héroes de las jornadas de junio, le habrán detallado todo esto. Los familiares de nuestros mártires están sobrellevando la prueba con gran espíritu. Hace pocos días me visitó la Señora del Gral. Valle y su hijita, ¡qué ejemplos magníficos de entereza moral! No sé qué sea más heroico en estos casos: si afrontar la muerte o afrontar la vida. No podrá decirse de nuestro pueblo que le faltó pecho de héroe por sobra de espalda de esclavo”

Un referente para los más jóvenes

Luego de mantener correspondencia con Perón desde 1956 y 1958, se produjo una disidencia entre ellos fundamentalmente por la cuestión de la utilización de la violencia, contra la cual alegaba Benítez el 14 de enero de 1958 en una carta al líder: “Anestesia el ánimo del peronismo subversivo una objeción harto repetida y no fácil de solventar ‘Perón –dicen- asimiló los 300 asesinatos del bombardeo a Plaza de Mayo’. Salió de ellos proclamando paz, concordia, gobierno ecuánime…En las actuales circunstancias, ¿no se da cuenta el general de que la represión no dejará sólo 30 ni sólo 300 víctimas asesinadas, sino 3000, sino ya 30000?”
“La subversión narcotiza la sensibilidad juvenil en forma irreparable. Se abraza como una aventura excitante, pero cuando se escapa con vida, se sale de ella con el alma destruida. La subversión actúa como el más dañino de los narcóticos, aniquilando el carácter y la personalidad. Aridece el corazón, como la peor de las desventuras amorosas”
“¡Qué ha hecho usted, mi general? ¿Cómo ha podido caer en semejante abismo? ¿Usted, precisamente usted a quién aterró el abismo y lo derrocó del poder y lo arrojó al destierro? Convertido usted en pregón de crímenes y muertes, ¡no ve usted que está creando el más profundo e insalvable abismo de toda la historia argentina?”
Esta discrepancia con Perón produjo entre ellos un distanciamiento que nunca más fue superado, sin embargo la opinión de Benítez sobre la utilización de la violencia se fue transformando y dejó de ser tan terminante como lo evidenciaba en la carta al líder exiliado. 
Si bien había dejado de pertenecer a orden de los jesuitas seguía muy de cerca y con interés lo que ocurría en su seno donde se comenzaba a evidenciar un cambio de importancia que marcaba toda una época: “Yo renuncié a quedarme en el Máximo, a vivir en el cogollo de la Compañía en la que me sentía tan mal, porque nunca esperé el cambio que iba a suceder. No sucedió de repente. En el 63 o 64 muere Janssens, el general de la orden que me había desterrado en el 47, y en la Congregación General del 65 eligen a un revolucionario, Arrupe, que ha sido provincial del Japón. En el 74 reúne la nueva Congregación General y revoluciona a la Compañía. Empiezan a cerrarse colegios de niños bien, aquí cerraron el Sacré Coeur de Callao( Buenos Aires), y bajan al pueblo, ¡toda mi tesis! No creía jamás que llegaría a ver eso. Esto iba unido a las críticas al Vaticano. Empezaron a decir que la Compañía estaba en rebeldía. En las congregaciones habían querido borrar las diferencias: elevar a los hermanos coadjutores y eliminar a los profesos. Arrupe quería la igualdad, y el papa creyó equivocadamente que era una forma de evitar el voto de obediencia al papa, y el Vaticano no lo podía tolerar”.
A pesar de estas palabras de cuestionamiento al papado, en líneas generales podríamos decir que con los papas Juan XXIII y Paulo VI, la Iglesia realizó una transformación que la hizo avanzar a posiciones más progresistas, proceso que se estancó y revirtió con Juan Pablo II. La Iglesia comenzó a prestar más atención a la justicia social y a regiones donde la pobreza era un grave problema como en América Latina.
Surgieron en el seno de la Iglesia sectores que fundaron su prédica entre los sectores más empobrecidos y alentaron políticas en defensa de ellos. Benítez ya era un caso extraño en una Iglesia que había colaborado en el derrocamiento de Perón, pero con el surgimiento de sacerdotes comprometidos con los más pobres, muchos de ellos, principalmente aquellos que adhirieron al peronismo, como fue el Padre Carlos Mugica, vieron en la figura de Hernán Benítez a alguien en quién reflejarse.
Benítez admiró al sacerdote colombiano Camilo Torres que dio su vida en la guerrilla y  al Che Guevara, en el comedor de su humilde casa tenía un cuadro con la imagen del Che y un busto de Eva Perón. Cuando estalló la Revolución Cubana se expresó de manera favorable a la misma.
En una carta que el envió Helder Cámara escribió estas palabras que ya no eran tan contundentemente contrarias a la violencia en todos los casos: “Cuando afirmo que sólo la propia conciencia es la que puede dar el trágico sí o el trágico no al llamado de la guerrilla (comparable al trágico si de Abraham) me estoy refiriendo a la orden divina, dictada sólo al oído del guerrillero, para su uso exclusivo, no a las leyes divinas y humanas de imperio universal” “Frente a una decisión como la de Camilo Torres, lo que implica el sacrificio heroico de la propia vida, no cabe sino el silencio y el asombro. No fue a la montaña a matar. Fue a morir…”
Benítez se convirtió en un duro crítico de la cúpula eclesial  a la que acusaba de sus complicidades con el poder en los distintos momentos de la historia nacional, señalaba contundentemente que no se había pronunciado en contra del exterminio de indígenas, como tampoco contra la persecución de los gauchos, ni habían rechazado la proscripción de los trabajadores con el peronismo, ni levantó la voz por el asesinato del Gral. Valle y sus compañeros, ni tampoco por los torturados y asesinados en la última dictadura iniciada en 1976 cuando fueron asesinados varios religiosos incluidos dos obispos.
No se sentía para nada identificado con la llamada “sociedad occidental y cristiana”, en cambio se sentía atraído por lo que llamaba el socialismo de Cristo: “Una sociedad donde el 5% de los hombres acumula más riquezas y poderes que el 95% restante, una sociedad en la que los excesos de lujo y de placeres de una minoría privilegiada condena a las dos terceras partes de la humanidad al hambre, a la desnutrición y a la muerte, esa sociedad constituye la negación flagrante de Cristo y del Evangelio.”
Así expresaba la dicotomía a la que se enfrentaba el mundo, él por su parte no tenía dudas de que lado ubicarse: “Hoy chocan dos ideologías, dos morales, dos mundos: uno caduco aferrado con uñas y dientes a los privilegios, a la injusticia hecha hábito, hecha costumbre. Es el mundo de las minorías emperradas en mantener sumergidas en estado servil a las mayorías y otro mundo nuevo el mundo de los que luchan por la verdadera democracia y la verdadera libertad. El mundo de los que reclaman la abolición del estado servil, el mundo de los que exigen el imperio de la igualdad entre los individuos y los pueblos. Porque éste es el drama de Occidente: que el mundo socialista, con sus más y sus menos, vive en cristiano aunque piense en pagano, en tanto que el mundo capitalista vive en pagano, aunque piense en cristiano. Pero el hombre escuche esto, hijo, el hombre acaba por pensar como vive cuando no es capaz de vivir como piensa.”
El 29 de mayo de 1970 hizo su aparición el grupo armado Montoneros con el secuestro de Aramburu quién había derrocado a Perón primero y a su compañero golpista Lonardi luego, a los pocos días apareció su cuerpo sin vida.
Unos meses después en un enfrentamiento con la policía en una pizzería en William Morris pierden la vida dos integrantes de Montoneros que habían participado en el secuestro de Aramburu, se trataba de Gustavo Ramus y Fernando Abal Medina. Carlos Mugica y Hernán Benítez dieron un responso en la Iglesia de San Francisco Solano en Mataderos en la misa por los fallecidos.
Dijo en esa oportunidad Benítez: "Perdón a Dios por la suerte de ellos, que fueron asesinados por la Nación, que no supo comprenderlos, darles un camino, colmar su sed de justicia. La sociedad los ha juzgado, castigado y destruido, pero si tienen que responder ahora a la inquisitoria del Señor –has dado de comer al hambriento y de beber al sediento– ellos pueden responder que han dado sus vidas para que en el mundo no hubiera hambre ni sed". 
Tres días después fueron detenidos los dos sacerdotes acusados de "apología del crimen e incitación a la violencia", pero a la semana fueron liberados.

Cristianismo y revolución

El 25 de julio de 1970 la revista Cristianismo y Revolución publicó una entrevista a Benítez, la misma había sido realizada por la revista comercial Panorama pero sus editores no se animaron a publicarla, algunas de las respuestas fueron las siguientes:
Pregunta: ¿No cree usted, Padre, que los curas del tercer mundo, con su prédica de violencia, son un poco responsables del asesinato de Aramburu? 
H.B.: En el fondo, del asesinato de Aramburu, más responsables que los curas del tercer mundo somos usted, yo, el cardenal Caggiano y el propio Aramburu. Porque, observe usted, los jóvenes señalados por la policía como ejecutores del hecho no son de extracción peronista. No son gente del pueblo. No son ni hijos ni parientes de los 29 argentinos, unos asesinados, otros ejecutados en junio del 56. Huelen a Barrio Norte, católicos de comunión y misa regular. Algunos, hijos de militantes de los comandos civiles, al caer el peronismo contaban de 5 a 10 años. Nacieron y crecieron oyendo vomitar pestes contra el peronismo.
Pregunta: ¿Qué los lleva a reaccionar violentamente contra el medio social en que se acunaron? 
H.B.: A mi entender [...] la convicción de que sólo la violencia barrerá con la injusticia social. Por las buenas jamás los privilegiados han cedido uno solo de sus privilegios. Estos jóvenes sienten, con una fuerza que no sentimos los viejos, la monstruosidad de que un 15% posea más bienes que el 85% restante. Viven en un estado de indignación y de irritación del que apenas podemos formarnos idea. Por eso son fervorosos del socialismo. No por fe en el sistema sino por castigar con él a sus padres individualistas. Por eso ven con buenos ojos al peronismo y reaccionan en contra de las pestes oídas contra él. 
Pregunta: Pero, sólo en la selva se hace la justicia por propia mano. La civilización cuenta con organismos judiciales para juzgar los crímenes. 
H.B.: No, mi amigo [...] Hable de la conculcación de la justicia. No son estos muchachos quienes introdujeron la ley de la selva. El responsable directo del genocidio de José León Suárez fue acusado y procesado. ¿Conoce usted el resultado? Cuando iba a efectuarse su prisión preventiva por orden del juez Hueyo, interviene el fuero militar. Pretexta que el acusado es coronel del Ejército, lo sustrae a la justicia civil, y nunca más vuelve a saberse del proceso. Se diluye en aguas de borrajas. Queda impedido enjuiciar el pasado de los “libertadores” De esta suerte a quien pretenda justicia sólo le queda la ley de la selva. 
Pregunta: Pero, ¿no cree usted que quienes ejecutaron a Aramburu van mucho más allá del peronismo? 
H.B: No me cabe la menor duda. Las ideas revolucionarias de nuestros jóvenes dejan muy atrás los ideales justicialistas. Estos guerrilleros de misa dominical, que juzgaron y condenaron a Aramburu, no conocieron por dentro al peronismo. Conocieron por dentro el antiperonismo. […] Padecieron el galopante deterioro de la economía, la entrega del país, el saqueo que nos están haciendo los monopolios yanquis, la prepotencia de militares que se constituyen en árbitros del destino de la República. Nuestros guerrilleros padecen algo peor todavía [...] la proscripción del 80% de los argentinos, exiliados en su patria, sin representación, sin voz, ni voto. Y, para mayor escarnio, condenados a oír a cada rato a los solitarios del poder arrogarse la representación de todo el pueblo, cuando ese pueblo los abomina.

El secreto

En 1992 Benítez decidió hacer pública una carta que había enviado el 3 de enero de 1985 a Blanca Duarte la hermana de Eva. Además de poner en evidencia el padecimiento por su terrible enfermedad Benítez mostraba que había un secreto que hacía sufrir aún más a Eva, de esa incógnita sólo participaban sus hermanas y el sacerdote. Sobre este secreto se han tejido múltiples especulaciones en las que nosotros no entraremos.
Benítez encabezaba su carta con un “Querida hermana” explicando que: “¿Podría llamarla de otro modo que hermana, cuando hemos llorado a unos mismos muertos queridos y padecido unos mismos sufrimientos?”
Sobre los últimos instantes de Evita decía: “La veo emitir el postrer aliento. Sin un solo estertor. Sin un solo estremecimiento. La veo quedarse inmóvil. Su rostro refleja serena beatitud. O acaso asombro al comprender, en los umbrales de la eternidad el don inmenso que Dios le hizo en vida al elegirla para servir sin medida a los humildes y para sufrir, asimismo sin medida, padecimientos que jamás se sabrán en este mundo”
Reflexionaba sobre la trascendencia de la obra monumental desplegada por Eva Perón: “¿Sabe Blanca qué sentimientos embargaban mi corazón cuando el frío de la muerte iba enseñoreándose del ser ante mis ojos? ‘¡Gracias Dios mío, por el regalo de Eva Perón a la Argentina, aunque nos la lleves cuando más la necesitamos, gracias!’ Luego sentí sin la menor vacilación que la historia le haría justicia. Algún día el mundo reconocería la pasión casi sobrehumana y, por cierto, carisma de Dios, con que ella había servido a los necesitados, inmolándose entera. Esto era lo sustancial de su ser. Esta su misión. Todo lo demás eran postizos e intranscendencias. Pero le confieso a usted, yo estaba convencido que el reconocimiento histórico tardaría años, muchos años. No lo contemplaríamos nosotros por descontado. Su nombre para imponerse debía atravesar barreras de prejuicios inveterados, de enconos, de infamias…” “¡Qué error el mío! No se me cruzó por las mientes que pudiera entrar en las trazas de Dios sublimarla de inmediato, elaborando su nombradía mundial, paradojalmente, no con la baba de los adulones sino con la bilis de los calumniadores. A esta técnica divina despistante y enigmática la llamé ‘el misterio Eva Perón’ en el discurso del 17-10-1982 ante su tumba. ¿Lo recuerda?”
Desarrollaba ahí la cuestión del secreto que no lo era ni para sus hermanas ni para él, pero que pesaba en el espíritu de Eva, según él, mucho más que todo el padecimiento producto de la enfermedad: “Pero –escúcheme bien Blanca – lo que más me conmovía aquella noche, ante los despojos de Evita, en medio del impresionante silencio de la residencia, era que veía alzarse su corazón ya sin latidos, como una patena, ante el rostro de Dios, brindándole el holocausto de un inmenso dolor. De un dolor que jamás se sabrá en este mundo. De un dolor más meritorios a los ojos de Dios que su lucha a favor de los necesitados, con ser ésta heroica, como no cabe negarlo. Usted sabe muy bien a qué dolor me refiero, Sabe quién lo provocaba y de qué manera. Dolor que, como ningún otro, desgarró su corazón. Más, mucho más que la enfermedad. Lo hemos comentado en nuestras conversaciones, con usted y Chicha, sangrándonos todavía el corazón”
Desarrollaba una idea, por cierto que discutible, sobre cual sería la obra de Eva que merecería mayor respeto por parte del Creador: “¿Con qué ganó más Evita el corazón de Dios, con ese su secreto sufrimiento que ignorará la historia, o con su obra social pública en la que –como no podría ser de otro modo- se mezclaba mucho de vanidad, mucho de éxito mundano, mucho de política y ostentación? Sorprendentemente: lo que de verdad hizo grande a Eva Perón jamás se sabrá en este mundo. Lo ignorarán las gentes. Escapará a la búsqueda de los historiadores. Morirá con la muerte de contadas personas. La de Usted, la de Chicha, la mía, y no sé si de alguien más. Las veces que ella, anegada en lágrimas, me confesaba no aguantar más y estar dispuesta a tomar medidas extremas – bien sabe usted cuáles- yo le machacaba: ‘Evita, nada grande se hace sin dolor. Sin su secreto dolor toda su obra pública, ¿qué sería a los ojos de Dios? Vanidad de vanidades y todo vanidad (Ec. 1.1) Por inmenso que sea el bien, que usted hace a los humildes, por mucho que la aplauda el mundo, sin secretos renunciamientos, todo eso ante la eternidad de poco y de nada le serviría…”
Nos permitimos dudar que haya algo más importante en Eva que la impresionante obra que llevó dignidad a infinidad de personas humildes y los nutrió de esperanzas, palabra que nunca antes había ingresado con cierto fundamento a esos hogares empobrecidos por décadas de injusticia. “Aquella noche, ante los despojos de de Evita, a la congoja por su pérdida se sobreponía en mi alma la satisfacción de saber, como sabía, que ella ante Dios cargada de merecimientos eternos. El purgatorio lo había padecido ya en este mundo. No en su carne cancerada, sino en su corazón acrisolado en la peor de las torturas. Bien sabe usted Blanca a qué refiero. Era ustedes, sus hermanas, las únicas a quienes ella abría todo su corazón”.
Tal vez el sacerdote haya pensado que al dar a conocer otro pesar desconocido, sin explicar de qué  se trataba, engrandecía la imagen de Eva, sin embargo su obra no necesitaba de nuevas explicaciones, por el contrario esta carta de Benítez dio nuevo impulso al odio oligárquico de los enemigos del peronismo que volvieron a dar rienda suelta a especulaciones con el ánimo de dañar el recuerdo de Eva. Sin embargo, en el corazón de los millones de argentinos y sus descendientes que sintieron su reconfortante ayuda social se mantiene vivo ese espíritu indomable que debió enfrentar las injurias de las clases poderosas.
La vida también le puso múltiples obstáculos a Benítez, a los que ya marcamos por sus discrepancias con los jesuitas y a las persecuciones por su adhesión al justicialismo, debe agregarse graves problemas de salud, una polineuritis muscular le inutilizó un brazo y una pierna y lo condenó a una silla de ruedas. Vivió austeramente de la jubilación como profesor y un ingreso adicional que le dispensó haber ganado un Premio Nacional de Filosofía, no recibía sueldos de la Iglesia ni cobraba cuando oficiaba casamientos y bautismos.
Otro libro que escribió y que apareció luego de su muerte llevaba el extraño título “El precio de mi traición”, ¿A quién había traicionado? ¿Quién se atrevería a confesar públicamente una traición? Pues Benítez se refería a la oligarquía, que durante su juventud escuchaba con suma atención sus sermones pero que le dieron la espalda ni bien abrazó consecuentemente la causa del pueblo humilde.
Hernán Benítez se despidió de este mundo el 22 de abril de 1996, su alma regresaba a encontrarse con Eva Perón, después de tantos sufrimientos ambos descansaban en paz.


Fuentes:

Hernán Benítez , el confesor de Evita. Marta Cichero. Todo es historia Nro. 352 : Noviembre 1996

Padre Hernán Benitez –  http://www.discepolo.org.ar/node/12

El Historiador - http://www.elhistoriador.com.ar/entrevistas/b/benitez.php

Carta a Perón 20/9/1956. Educ.ar http://bibliotecaescolar.educ.ar/sites/default/files/VII-%2001.pdf

Olga Wornat – Nuestra Santa Madre http://www.elortiba.org/sm3.html

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