El Forjista

Las convicciones de Erich Fromm

Capítulo 19 - Correr tras el éxito

En las sociedades capitalistas la desesperada búsqueda del éxito se ha convertido en una obsesión, es bastante habitual escuchar, particularmente en las películas norteamericanas que se divide a la gente entre ganadores y perdedores.  Fromm indagó en estas ansias ilimitadas de éxito, que por lo general se las vincula con la obtención de un buen pasar económico: “En la escuela quieren buenas notas, y cuando son adultos desean lograr cada vez más éxito, acumular cada vez más dinero, poseer más prestigio, comprar mejores automóviles, ir a los mejores lugares, y cosas semejantes. Sin embargo, cuando, en medio de la actividad frenética, se detienen a pensar, hay una pregunta que puede surgir en su espíritu: Si consigo este nuevo empleo, si compro un coche mejor, si realizo este viaje… ¿Qué habré obtenido? ¿Cuál es verdaderamente el fin de todo esto? ¿Quiero, en realidad todas estas cosas?”.

La gente suele liberarse muy pronto de estas preguntas que incomodan y continuar su carrera hacia ese objetivo. El hombre actual vive bajo la ilusión de creer que sabe lo que quiere, cuando en realidad desea lo que se supone que debe desear. Saber lo que uno realmente quiere no suele ser tan sencillo cuando se aceptan los fines preparados socialmente a la manera de combos de hamburgueserías, pero suponemos que son el producto de nuestra propia voluntad sin ningún tipo de influencia externa. (1)

De alguna manera perseguimos un fantasma que nos defraudará ni bien lo obtengamos, ese es el éxito, en cambio si cultivamos nuestro yo por medio de la actividad espontánea y creativa, tal vez desaparezcan esas dudas sobre nuestras posibilidades y el significado de la vida, “Sólo existe un significado de la vida: el acto mismo de vivir”, así lo expresaba Fromm de manera sencilla.(2)

Las fórmulas del éxito se expresan en términos como “llevarse por delante”, “ambición”, “agresividad”, que se estampan en el envoltorio de la personalidad del triunfador. La familia, el club, las vinculaciones, las influencias son importantes requisitos que conforman los ingredientes básicos del personaje en cuestión. La religión y su práctica activa también pueden colaborar en el momento de incrementar las posibilidades de éxito. (3)

El hombre convertido en mercancía puede mostrar la etiqueta que le permita destacarse en el mostrador y hacerse merecedor de un alto precio, pero si a pesar de todo el esfuerzo no resultara elegido quedará pensando que es inferior y que carece de méritos, no importa que sus cualidades humanas sean muy altas tal vez simplemente se encuentre pasado de moda.

La televisión, el cine, las revistas muestran los ejemplos a seguir y convocan a emular esos paradigmas, que son la expresión del mercado.  De esta manera se necesita de la aprobación de los demás, pero si no logramos el respaldo buscado nos veremos sumidos en la inseguridad en cuanto a nuestras potencialidades, perdiendo en el camino nuestra identidad mientras nos embarcábamos en esa orientación mercantilista.

Si el mayor valor humano es el éxito y no el amor, la justicia y la verdad, se dejará de prestarle atención a estas últimas y no luchará por ellas porque lo que vale la pena se encuentra en otro lado. En esta carrera quedará vaciado interiormente y deberá recurrir a algún cobijo, que a veces es la religión, en ese intento por llenar semejante vacío.

 Muchos de los males que padecemos son el producto de verificar que la vida se nos escapa y que el final nos encontrará sin haber vivido realmente, es posible vivir en medio de la abundancia que supone haber obtenido el “éxito” pero aún así se puede carecer de alegría.

La idea de clasificar a las personas en ganadores y perdedores implica visualizar a los semejantes como competidores y por lo tanto queda excluida cualquier posibilidad de solidaridad, en este contexto se establece un marco de relaciones marcadas por el egoísmo, la competencia y la agresividad que se convierten en los valores más elevados y que constituyen  los principios esenciales en que se apoya la supervivencia, quedando establecido una especie de darwinismo en las relaciones entre los seres humanos.(4)

El actor norteamericano Michael Douglas protagonizó la película “Wall Street” dirigida por Oliver Stone donde interpretaba a un financista llamado Gordon Gekko que hacía dinero sin reparar en medios, por ejemplo dejar en la calle a miles de trabajadores. Reporteado por el estreno de la segunda parte de la película, Douglas se mostraba sorprendido porque muchos estudiantes de finanzas le habían comentado que para elegir la carrera se habían basado en ese personaje. Este sencillo comentario muestra, además del estado mental de una sociedad, que esos estudiantes sólo habían podido ver el éxito de Gekko sin importarles las consecuencias de sus decisiones.

Si toda la organización social y económica está concebida en la búsqueda de ventajas para uno mismo, si está regida por el principio del egoísmo se hace muy difícil explicar cómo es posible experimentar un sentimiento como el amor, Fromm lo explicaba de manera contundente: “El principio sobre el que se basa la sociedad capitalista y el principio del amor son incompatibles”.(5)

Aún cuando existan sociedades capitalistas que permitan una buena medida de disconformidad y libertad personal, la gente con capacidad de amar es muy escasa, por eso señalaba que: “El amor es inevitablemente un fenómeno marginal en la sociedad occidental contemporánea”.(6) En este punto, Fromm no se refiere a la posibilidad de amar a una o a algunas personas más o menos cercanas, sino a la disposición que nos permite acercarnos y respetar al prójimo aún cuando sea un extraño. Precisamente por eso sentenciaba que: “…la indiferencia por el destino del prójimo caracterizó las relaciones en el mundo burgués”.(7)

Ahondando un poco más en el tema sobre la incapacidad de amar, decía: “Los que se preocupan seriamente por el amor como única respuesta racional al problema de la existencia humana deben, entonces, llegar a la conclusión de que para que el amor se convierta en un fenómeno social y no en una excepción individualista y marginal, nuestra estructura social necesita cambios importantes y radicales”.(8)

En el capitalismo no existen límites para el logro de los éxitos, el principio de libre competencia y de la supervivencia del más apto exigen que los individuos no se encuentren inhibidos por la compasión.(9)

Esta carrera donde está excluida deliberadamente la solidaridad, contamina todas las relaciones entre los seres humanos: “En esta rebatiña por el éxito. Hicieron quiebra las reglas sociales y morales de la sociedad humana; la importancia de la vida consistía en ser el primero en una carrera de competencia”.(10)

De esa manera quedan desvirtuadas muchas creencias, se produce una subversión de los valores, pasando a colocarse en lo alto de la escala aquellas cuestiones que nos dan más prestigio y no la que nos brinden mayor satisfacción: “La gente cree que lo importante es tener éxito, ganar prestigio, conseguir poder, subir por la escala social, servir a la máquina, pero la persona queda estancada”.(11)

Carece de importancia que alguien esté incapacitado para captar la belleza de cualquier expresión artística, tampoco si se encuentra desinteresado por aspectos del ámbito cultural, pero si conoce el valor del dinero será considerada una persona lista, si es insensible a las manifestaciones del espíritu humano de todas maneras estará adaptado para vivir en nuestra sociedad que coloca al dinero en un pedestal.(12)

Esta concepción del éxito a toda costa está fuertemente emparentada con la visión que el fin justifica los medios, si existe un competidor que dificulta nuestra misión, se entiende que hagamos lo necesario para dejarlo al margen de la carrera, pero en esto es muy claro que ambas cuestiones: medios y fines, están indisolublemente entrelazados, si se recurre a medios destructivos las consecuencias transformarán radicalmente también el objetivo.(13)

Los pilares de esta sociedad se concentran en la propiedad privada, el lucro y el poder. Comprar, poseer y lucrar son derechos sagrados y inalienables del individuo, ciertas veces hasta carece de importancia el origen de la propiedad y la posesión no le impone obligación alguna al propietario.(14)

La felicidad no es la ausencia de pena y tristeza, porque estas son inevitables en la vida, hagamos lo que hagamos necesariamente nos toparemos con ellas. Evitar el dolor por un ser querido que sufre, sólo puede ser logrado reduciendo nuestra sensibilidad y la capacidad de amar, es decir endureciendo nuestros corazones y apartándonos de los demás, obviamente ésta no es una solución. Por lo tanto lo contrario a la felicidad es la depresión que es precisamente perder la capacidad de sentir, es una sensación de estar muertos aún cuando sigamos respirando.(15)

Ese éxito que se contrapone de manera radical a la solidaridad humana concluye algunas veces en una profunda depresión, al constatar que la felicidad prometida no era más que otra falsa ilusión, el fracaso sin duda también puede conducir a la depresión producto de las presiones sociales que nos quisieron mostrar metas que sólo eran compatibles con la obtención de una buena cantidad de dinero. Tal vez en establecer metas diferentes pueda estar el secreto de vivir una vida mejor, o al menos una vida propia.

(1) El miedo a la libertad, pag. 278
(2) Ob. Cit., pags. 288 y 289
(3) Psicoanálisis y religión, pag. 135
(4) La revolución de la esperanza, pag. 94
(5) El arte de amar, pags. 125 y 126
(6) Ob. Cit., pag. 127
(7) La crisis del psicoanálisis, pag. 227
(8) El arte de amar, pag. 127
(9) La crisis del psicoanálisis, pag. 228
(10) Psicoanálisis en la sociedad contemporánea, pag. 79
(11) El arte de escuchar, pag. 79
(12) Ob. Cit., pag. 83
(13) Etica y psicoanálisis, pag. 211
(14) ¿Tener o ser?, pag. 77
(15) Psicoanálisis en la sociedad contemporánea, pag. 170

Volver al indice