El Forjista

La Revolución según Mariano Moreno 

Capítulo 9 -La economía antes de la creación del Virreinato

 

La inexistencia de una industria española, por la despreocupación de sus reyes y nobles, convirtiendo a la península en una simple intermediaria con sus colonias. Aquellas naciones que se desarrollaron industrialmente proveyeron las manufacturas que España conducía a América y las que consumía internamente. Los españoles extraían metales preciosos en las minas americanas y compraban con ellos los productos que necesitaba.

Inglaterra en primer término, Francia y Holanda, fueron por vías indirectas las proveedoras de la América hispánica, aunque el control del comercio estuviera en manos españolas, nunca se pudo evitar plenamente el contrabando ejercido fundamentalmente por los ingleses.

Durante largos años la ruta habitual entre España y América fue Cádiz y Portobelo, en este puerto se cargaban los minerales que interesaban a la Corona y se descargaban las manufacturas que se distribuían por todo el continente. A Buenos Aires los productos importados llegaban desde Perú luego de recorrer miles de kilómetros y con precios sumamente abultados.

Este sistema comercial monopólico beneficiaba a una cuantas familias españolas en cuyas manos se concentraba el comercio de Cádiz, pero también repartía cuantiosas ganancias a los comerciantes americanos, que eran en su gran mayoría españoles autorizados a realizar ese comercio.

Que la potencia dominante no fuera dueña de una industria de consideración, permitió a las colonias desarrollar determinados rubros como artesanías, pequeños talleres y ganadería. Vale decir que por un lado el monopolio, y por el otro, la despreocupación industrial española, permitieron a las colonias desarrollar una economía, aunque a niveles muy bajos.

Debe tenerse en cuenta que el principal interés español era el de extraer minerales, por lo que a la Corona le resultaba, hasta cierto punto, indiferente que los súbditos americanos desarrollaran artesanías. Distinta era la posición inglesa, que en tanto potencia industrial, intentó destruir cualquier foco que pudiera significar competencia.

La ganadería y la agricultura solamente alcanzaban niveles de subsistencia o de un reducido intercambio entre las diferentes zonas que constituyeron más tarde el virreinato. Tan sólo el cuero fue un producto de exportación, cuantitativamente importante hacia fines del siglo XVIII.

La producción de mulas en el Litoral y los paños de Tucumán con destino a Potosí tuvieron cierta prosperidad. El comercio de mulas permitió la creación de algunas fortunas. La cría se realizaba en el Litoral, la invernada en Córdoba y la venta en el gran mercado de Salta.

En el noroeste se producía caña de azúcar, algodón, tabaco y arroz. También se desarrollaron artesanías para la producción de paños de algodón, carretas, muebles y la transformación de productos como el cuero y el sebo. Muchas de estas producciones eran extraídas de las grandes fincas de propiedad de españoles con mano de obra indígena sometida al trabajo servil. Esta era la región que mayor desarrollo había obtenido por estar vinculada a la minería del Alto Perú.

En la zona de Cuyo la principal actividad estaba dada por la producción de la vid y la ganadería. Existían además algunas artesanías textiles y comerciaba con el litoral y el Alto Perú; vino, alcoholes y frutas secas.

tenía en la ganadería la actividad que le producía los mayores réditos, particularmente los animales de carga con destino a las minas de Potosí. Las artesanías existían tan sólo como actividad de subsistencia.

En tanto en el Paraguay, hasta la expulsión de los jesuitas en 1753, había 150.000 indios aproximadamente trabajando en la ganadería y la agricultura para el consumo interno de las misiones y exportaba a otras regiones la yerba mate.

El Alto Perú basaba su economía en la explotación del Cerro de Potosí, en otras partes se producía aguardientes como en Montegua y artículos textiles en Cochabamba.

La mayor parte de la producción del interior era para el consumo propio, existiendo un cierto intercambio entre las regiones. Estas estaban separadas por distancias que hacían dificultoso el comercio, a esto se agregaba la precariedad de los medios de transporte.

Durante buena parte del período colonial la zona litoraleña fue la más débil en lo relacionado a la economía y a la vez, la más despoblada. La ausencia de minerales, principal interés español, y la imposibilidad de dominar a los indígenas como en otras zonas, determinó que durante mucho tiempo, España no pusiera la vista en esta región.

Las disputas entre España e Inglaterra abarcaron casi todo el siglo XVIII, como consecuencia de la expansión británica en la búsqueda de nuevos mercados para su floreciente industria. América fue escenario de esos enfrentamientos entre ambas potencias.

Portugal sumisa a los dictados de Inglaterra, actuó permanentemente como ariete de la política británica para introducirse en los dominios españoles. El 1680 los portugueses se establecieron en la Colonia de Sacramento con el objetivo de introducir mercancías de contrabando en las colonias hispánicas, pese a que las fuerzas españolas lograron reconquistar la ciudad, por algunos tratados España cedió a Portugal el dominio de Colonia.

El incremento del contrabando perjudicó a las artesanías del interior, algunos telares de Tucumán sufrieron las consecuencias, ante la falta de compradores por la competencia de los productos importados a menor precio.

En 1713 por la paz de Utrech se permitió a Inglaterra establecer asientos para vender esclavos en algunos puertos americanos, entre ellos Buenos Aires, de esta forma los comerciantes ingleses obtuvieron una forma de introducir todo tipo de productos. España capitulaba ante su enemigo, el que año tras año ganaba nuevos mercados y mayor influencia, a costa de la propia España.

Entre 1561 y 1739 el comercio entre España y América se realizaba exclusivamente a través del Caribe. Lugar en que la península centraba su interés comercial. En el Río de la Plata no existían saldos exportables de consideración, lo cuál ubicó a Buenos Aires al margen de la ruta comercial. El aislamiento de la ciudad de reforzó con la instalación de la aduana seca de Córdoba en 1622.

La vida en Buenos Aires era difícil para la mayoría de sus habitantes, para mitigar los problemas económicos de la ciudad, la Corona española permitió una o dos veces al año la salida de navíos de permiso para comerciar con los puertos brasileros. Pero en Buenos Aires, comerciantes y funcionarios participaban del comercio ilegal. Las dificultades para ejercer el contralor y la osadía inglesa, convirtieron a la ciudad en un lugar donde el contrabando era un lugar común.

En la ciudad y en general en todo el litoral la utilización de la hacienda cimarrona tuvo solamente niveles de subsistencia. El cuero y el sebo eran exportados pero la carne solamente se consumía internamente. Sólo los cueros alcanzaron importancia comercial hacia mediados del siglo XVII. Se otorgaban licencias para vaquear, consistentes en permisos para cazar ganado cimarrón, se salía en partidas organizadas para matar el ganado en el lugar donde se encontraba y extraerle el cuero y el sebo, el resto se desperdiciaba.

El 1609 se abrió en Buenos Aires el primer registro de accioneros, es decir de gente autorizada a vaquear, se inscribieron en la oportunidad cuarenta vecinos. Con los permisos empezaron las disputas por la apropiación de las tierras que comenzaron a ser reclamadas por supuestos propietarios con títulos de dudosa autenticidad.

Hacia fines del siglo XVIII creció la importancia política y económica de Buenos Aires y con ello el poder de la clase comercial porteña que logró amasar fortunas de consideración.

Durante el siglo XVIII la mayor parte de la región pampeana estaba en poder del indio, solo el 10 % del territorio de la provincia de Buenos Aires estaba integrado al sistema colonial, esto da una idea de las dificultades de la época para establecer una estancia.

Las vaquerías se autorizaban cuando llegaba un barco de España con permiso para llevarse los productos de la ganadería, los ingleses se entendían directamente con los gauchos o los contrabandistas. Los gauchos acopiadores de cueros mataban al ganado en los campos y los vendían a los contrabandistas. Muchas veces las autoridades estaban implicadas en estas maniobras.

En 1625 la exportación de cueros alcanzó la considerable cifra de 27.000 unidades. A ambas márgenes del Plata, el cuero se convirtió en la principal actividad económica.

En 1695 se trasladó la aduana de Córdoba a Jujuy, y en 1721 se autorizó el tráfico regular de buques de registro entre España y Buenos Aires. En esta ciudad se abrieron varias tiendas de registros que ofrecían artículos europeos, estos registreros estaban autorizados a conducir de regreso frutos del país, así fue creciendo la fortuna y el poder de esta clase comercial cuya influencia perduró más allá de 1810.

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